Un fantasma útil (Ratchapoom Boonbunchachoke)

Hay películas que utilizan el concepto de fantasma como elemento de terror. Otras lo utilizan como metáfora. Un fantasma útil pertenece al segundo grupo. La propuesta es sugerente: los muertos no desaparecen mientras alguien los recuerde. La memoria es lo que les da forma, lo que los mantiene presentes, lo que evita que el olvido los disuelva definitivamente.

En un país atravesado por heridas históricas como lo es Tailandia, la idea no es menor. La película plantea una reflexión interesante sobre la culpa, la responsabilidad y el olvido colectivo. Pero también sobre cómo el olvidar las luchas colectivas es olvidarnos a nosotros mismos. Hay un momento especialmente revelador en el que uno de los personajes, sacudido por el peso de lo que ha ocurrido, decide leer sobre la guerra para no olvidar. No es un gesto grandilocuente, pero sí simbólico: frente a la comodidad del presente, el recuerdo como acto moral.

En ese instante, la película parece encontrar su centro. La memoria como resistencia. También resulta potente la idea de que los fantasmas regresen mientras haya alguien que los nombre, que los evoque, que mantenga viva su historia. Cuando la lucha se olvida, el fantasma desaparece. No porque deje de existir, sino porque ya no importa. Hay aquí una reflexión clara sobre cómo las sociedades seleccionan qué recordar y qué enterrar.

Y, en ese sentido, la película acierta al conectar lo íntimo con lo histórico. También su capacidad para tratar problemáticas históricas y actuales y que ambas coexistan sin crear disonancia, me resulta muy interesante. No define a sus personajes por sus orientaciones o identidad. Lo da por hecho, lo normaliza. Y ahí destaca por encima de muchas otras que pecan de centrar todo en la identidad y no en la importancia de la lucha.

El problema surge en el tono. Un fantasma útil oscila constantemente entre la solemnidad y el absurdo estilizado. Su puesta en escena recuerda por momentos al universo de Wes Anderson, mientras que ciertas decisiones narrativas y formales remiten a un cierto caos autoconsciente. La mezcla no es ilegítima en sí misma. El cine contemporáneo ha demostrado que el humor, el surrealismo y la tragedia pueden convivir, pero aquí la convivencia no siempre encuentra equilibrio. Hay escenas de carga simbólica y emocional que quedan interrumpidas o diluidas por secuencias que parecen pertenecer a otra película.

El uso del sexo explícito o de situaciones deliberadamente excéntricas no escandaliza tanto como desorienta. Cuando el relato quiere hablarnos de culpa histórica y memoria colectiva, la ruptura tonal no enriquece necesariamente el discurso; en ocasiones, lo desarma. La solemnidad, cuando aparece, no termina de sostenerse y, sin esa gravedad, el mensaje pierde fuerza. No se trata de pedir solemnidad permanente ni de exigir un tratamiento austero, se trata de coherencia interna. Si la película aspira a que el espectador salga interpelado por la responsabilidad de recordar, necesita jerarquizar emocionalmente sus escenas.

Cuando todo es igual de disruptivo, nada termina siendo verdaderamente trascendente. Eso no convierte a Un fantasma útil en un fracaso. Al contrario, es una obra ambiciosa, inquieta, dispuesta a arriesgar. Tiene ideas valiosas y momentos que apuntan a algo mayor, pero su voluntad de ser muchas cosas a la vez acaba limitando el alcance de su mensaje y el peso de sus ideas.

Es como una bala que se queda a mitad de recorrido: sale con intención, pero no termina de atravesar. Quizá ahí esté su mayor paradoja. Habla del peligro de olvidar, pero en su intento de romper las formas termina dispersando la fuerza de aquello que quería preservar. E, irónicamente, convierte un mensaje interesante y que debería recordarse para no ser olvidado cual fantasma en una sátira social que peca de ser una macedonia de conceptos potentes.

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