Fwends (Sophie Somerville)

En una época en la que el cine independiente parece debatirse entre la precariedad asumida como estética y la ambición formal, Fwends elige la primera opción y es ante todo una obra pequeñita, juguetona y deliberadamente menor. Ópera prima de la directora australiana Sophie Somerville, la película —rodada con lo que describe como ‹nanobudget› y con diálogos 100% improvisados— sigue a dos amigas veinteañeras que deambulan por Melbourne durante un fin de semana de reencuentro. No hay grandes giros narrativos ni clímax dramáticos, solo paseos, cafés, tranvías y muchas reflexiones que van de lo cotidiano a lo absurdo pasando por la profundidad de forma natural, entre confidencias a medias y bromas que a veces funcionan y a veces no (tal vez por una pérdida contextual por mi parte).

La etiqueta ‹mumblecore› y el fantasma de Las Margaritas de Vera Chytilová planean inevitablemente sobre la película, aunque en ambos siempre a medias, entre esa nueva ola (checa y francesa) y el indie “dosmilero”. Es como si Sophie Somerville no terminara de decidirse entre un tono o estilo concreto más allá de la improvisación, pese a la voluntad de recrear un estado de ánimo similar al del cine ‹millennial› y de invitarnos a pensar en que va a haber algo de esa locura arriesgada más propia de los 60.

Em (Emmanuelle Mattana), joven abogada en Sídney, visita a Jessie (Melissa Gan) en Melbourne. Intuimos que fueron inseparables en la adolescencia y que ahora las separa algo más que la geografía: expectativas profesionales, heridas ocultas, formas distintas de abrazar la madurez. La película parece construirse sobre un único planteamiento inicial: cuando la amistad pasada ya no garantiza la comodidad presente, ni siquiera en la intimidad. Las actrices, quién sabe si actuando o representándose a sí mismas, resultan carismáticas y naturales hasta cuando no hay quien las entienda (hablando), y lógicamente sostienen buena parte del metraje gracias a una química intermitente que, paradójicamente, juega a favor de obra, porque a veces la falta de ritmo es parte de su relación.

Formalmente hablando, Fwends es sobre todo sensaciones, en muchos momentos de que vamos a la deriva. La cámara, a menudo distante, sigue a las protagonistas a lo lejos, entre la gente, como quien rodara en una ciudad de forma improvisada. Hay planos especialmente logrados que revelan un ojo sensible para el espacio, pero en su afán experimental o al menos de intentar hacer algo con poco, la improvisación es un problema a largo plazo —virtud por la frescura; lastre por la duración—. Cuando funciona, genera chispazos de verdad, silencios incómodos, risas nerviosas, digresiones absurdas propias de una amistad de tanto tiempo (relativo). Cuando no, da la impresión de estar llenando el tiempo, tanteando ideas que no terminan de cuajar, aunque tuvieran potencial.

Supongo que es propio de una directora primeriza, pero al final se cumple aquello de que quien mucho abarca, poco aprieta. Aunque en diálogos improvisados, la película intenta abordar un montón de temas actuales —cambio climático, capitalismo, sexismo— que aparecen como ráfagas en conversaciones dispersas. Más que desarrollarse, se enuncian, como si la película temiera tomarse a sí misma demasiado en serio. Lo cual tampoco está mal , aunque quede la sensación de que no quiere arriesgar del todo.

Como ejercicio ‹DIY› premiado en la Berlinale con el Caligari Film Prize, Fwends confirma que el cine puede hacerse con pocos medios y mucha convicción. Entre la estética de lo mínimo y las formas más rigurosas y ambiciosas, si algo demuestra la película es que el talento está ahí, y que la naturalidad con que ha sido rodada ofrece algunos momentos de alegría incontestable y en el fondo, aunque recuerde a cosas del pasado, bastante generacional.

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