
Hace unos días, en Estados Unidos, concretamente en Nueva York, tuvo lugar una manifestación propalestina en un barrio predominantemente judío de Queens en la que se escucharon cánticos en apoyo a Hamas entre buena parte de los manifestantes. No había pasado ni un día desde entonces, pero no tardaron en aparecer mensajes de figuras consideradas progresistas en el país condenando esas palabras. Dos de ellas, para mí las que más destacaron, fueron las del nuevo alcalde de esa ciudad, Zohran Mamdani, y las de una de las mayores esperanzas jóvenes del Partido Demócrata estadounidense, Alexandria Ocasio-Cortez. En ambos casos, aseguraban que «encabezar una protesta con el lema «apoyamos a Hamás» era algo repugnante y antisemita», y que, aunque seguirían garantizando el derecho constitucional a protestar, «los cánticos en apoyo a una organización terrorista no tienen cabida en nuestra ciudad».
Palestine 36, el quinto largometraje de la palestina Annemarie Jacir, se sitúa en un momento histórico de Palestina que se conoce como la Gran Revuelta Árabe de 1936-1939 contra el dominio colonial británico. La película, que narra hechos previos a aquel levantamiento, da contexto al momento y se centra en sus inicios desde la huelga general hasta la insurrección armada del primer año, pone especial foco en el trato dado a los nativos por parte de los militares durante el Mandato Británico y en los tejemanejes de los grupos sionistas para ir ganando terreno en la zona, ya fuera mediante el tráfico de influencias o a través de la compra de suelo ya habitado aunque “legalmente” sin propietario, para dejar clara una cuestión que quizás responde en parte a las voces Demócratas de Nueva York antes mencionadas: el derecho a la violencia frente al opresor, o como mínimo de la resistencia frente a opresión.

Tirando de épica espiritual, algo más modesta visualmente —seguramente comprensible al ser el único largometraje filmado en Palestina en los últimos dos años—, y con un claro tono de drama histórico clásico, Palestine 36 desarrolla un discurso marcadamente anticolonialista que resulta incontestable y que inevitablemente se extrapola al momento actual. El genocidio en vivo del que somos testigos desde octubre de 2023 y que ya antes era una realidad (Nakba y ocupaciones mediante), tiene buena parte de sus orígenes en lo que Jacir aquí cuenta, dejando claro que lo que en los medios de Nueva York o de la UE llaman radicalización en algunos casos o polarización en otros se consideraría revolución o reconquista si los protagonistas fuesen ellos.
Y aun con todo, Palestine 36 es sobre todo una carta de amor, un homenaje y una reivindicación del espíritu de todas y todos los palestinos, de su capacidad para resistir y de su lucha. Jacir no justifica explícitamente el lanzamiento de piedras contra balas, pero su retrato del colonialismo empuja al espectador a preguntarse si, tras años de llevar en una mano la rama de olivo y en la otra un fusil, la violencia sistemática hacia el pueblo palestino no da legitimidad a lo que actualmente se denomina terrorismo. En el fondo, la película es bastante clara y hasta didáctica sobre lo que pasó entonces, sobre lo que pasó más tarde y sobre lo que está pasando ahora: el imperialismo siempre deja caer la rama de olivo y, cuando la mayoría de la sociedad considera la lucha justa, se cambia el discurso y a algunos protagonistas para volver a empezar de nuevo, permitiendo que discursos equidistantes e inocuos ganen peso para que hablemos de “conflicto” en lugar de limpieza étnica o acabemos diciendo aquello de «dispara, yo ya estoy muerto» porque tanto árabes como judíos fueron la consecuencia de las acciones y decisiones de las potencias que en su momento marcaron el destino de ambos pueblos y del mundo y desde entonces no ha pasado nada nuevo que pudiera permitir cambiar el curso de los acontecimientos.

Ahora que las redes sociales nos permiten ver lo que ocurre cada día en Gaza, la violencia ejercida por los colonos israelíes en Cisjordania e incluso cómo muchos gobiernos europeos reprimen las protestas de sus ciudadanos y los intentos de boicot a toda empresa con intereses sionistas, puede parecer que una película como Palestine 36 no va a aportar demasiado, pero vaya que sí, pues además de ser casi un milagro desde su concepción a su rodaje, usa los tópicos del cine épico occidental que tanto gustan —rebeldes sometidos por imperios fascistas— para que hasta el más racista o sionista tenga empatía por los protagonistas sin necesidad de manipulación de ningún tipo. Porque, al contrario de lo que hacen muchos titulares en la prensa últimamente, Annemarie Jacir humaniza al pueblo palestino con una película para todos los públicos, a pesar de la violencia, pues peor fue la inventada con cabezas de bebé que nunca fue verdad, aún peor la real que se justificaba con que había túneles con terroristas bajo los hospitales bombardeados, peor incluso la de los niños y mujeres que se usaban como escudos, y mucho peor es la que no ha parado en el ‹ceasefire›.
Ojalá poder ver una segunda parte también basada en hechos reales llamada Free Palestine.





