El musical regresa a nuestra sesión doble con grandes cineastas a los que atender: por un lado con una de las grandes obras de un cineasta como Jean Renoir y su French Cancan, y por el otro de la mano de un cineasta siempre reivindicable como el italiano Ettore Scola y su particular incursión en el género con La sala de baile.
French Cancan (Jean Renoir)

Decía Pedro Costa que una cámara cinematográfica es un aparato simple, que sirve para filmar personas, perros quizás. Yo añadiría que, puestos a filmar a gente, qué mejor que verlos bailar y sin duda para eso hay un género por encima de todos: el musical. Para rizar el rizo, y ya que estamos danzando, uno de los bailes más divertidos posibles es el cancán, y esto lo digo yo, pero el eterno Jean Renoir con su French Cancan parece darme la razón.
De un tiempo a esta parte siento que las películas excelsas, como esta, son difíciles de comentar. Cuando el filme es realmente extraordinario, las palabras suelen sobrar y la lista de virtudes que la cinta ofrece son exclusivas para el visionado de la misma, no un comentario escrito. Con esto quizás estoy traicionando mi labor de crítico, pero siento que no hay nada que pueda decir de French Cancan, o de la filmografía de Renoir en general, que no quede en ridículo ante el propio acto de ver las películas. Ante las imágenes las palabras suelen ser banales. Aún así, voy a intentarlo, aunque lo que siga sea solo deshacerme en aplausos y halagos.
Este musical francés es una película entrañable, es parecido a un recuerdo colorido, de una época pasada y, quizás mejor, un sueño de bailes y canciones. Esto, por supuesto, se consigue siendo estrictamente cinematográfico, con mucho oficio a las espaldas y no poca medida de genialidad; pero claro, hablamos de Renoir. La cámara, antes que ser un bailarín más, sabe impersonar a un integrante hábil del público, que consigue observar la danza de los integrantes de manera precisa, llanamente: está en el lugar adecuado en el momento adecuado. Aunque lo anterior, como siempre sucede, está cosido por el trabajador más discreto del cine, el montaje, que en esta ocasión sabe saltar con los bailarines a la vez que dirige la atención a escenas paralelas entre bambalinas (de esto es ejemplo el final de la cinta, de cualidades antológicas).
Este encanto francés no es exclusivo a las secuencias musicales y esta pequeña historia sobre la apertura del famoso Moulin Rouge está plagada de personajes simpáticos a la vez que tragicómicos. Todo el mundo en French Cancan parece ser interesante a la vez que ordinario y las lavanderas, los panaderos, los viandantes, no tienen nada que envidiar (y más de una vez se convierten) a los bailarines y artistas sobre el escenario. Por supuesto, nadie es perfecto, e incluso el encantador Jean Gabin, protagonista del filme y maestro de ceremonias, tiene decisiones de carácter cuestionable que Renoir enclava como la naturaleza de la gente en el mundo del espectáculo; esta imitación a la vida, este baile que salta entre las vidas personales y las vidas impostadas en el escenario, la película es en sí una danza mucho más allá del cancán.
Queda poco que decir, sin caer en comentarios obsoletos, de esta obra que encuentro, sinceramente, encantadora; pero uno no puede irse del cancán sin apreciar los colores. El trabajo cromático es precioso, equivalente a ver una acuarela en movimiento, con un carácter y un preciosismo que le hace a uno sentir la nostalgia que Renoir le dedicaba a este periodo de la historia, de Francia, al que ni nosotros ni él podremos volver. Pero el baile es cíclico y, en alguna de las vueltas, consigues echar la mirada hacia ese momento y verlo con todos sus vibrantes colores.
Escrito por Robert Gómez
La sala de baile (Ettore Scola)

Un cineasta como Ettore Scola no requiere a estas alturas de ninguna presentación. En todo caso, me remito a las palabras que le dediqué en este mismo espacio cinéfilo al hilo de su magnífico film La familia. Su legado cinematográfico de incuestionable calidad, se construye sobre una mirada y una sensibilidad socio-políticas radicalmente marcadas por sus convicciones personales, por un ideario político que aspiró a transformar genuinamente nuestras sociedades. Como en Una mujer y tres hombres (1974) —aquí es imprescindible recuperar el título elegido por Scola, C’eravamo tanto amati—, en la que enarboló una crónica sentimental muy amarga de la evolución socio-política italiana desde el idealismo antifascista de los años de la guerra hasta la vacuidad más desesperanzadora —y con esa secuencia memorable en los alrededores de la Fontana de Trevi, con los mismísimos Federico Fellini y Marcello Mastroiani en pantalla, certificando el final de una gran ilusión, tal y como fue precisamente La dolce vita—, o en Brutos, sucios y malos (1976), reconocida con la mejor dirección en el Festival de Cannes, otra vez con un inconmensurable Nino Manfredi (Giacinto), en la que nos contaba sobre la miseria material y moral más desoladora de una familia chabolista de los arrabales romanos, sin olvidarnos de la maravillosa Una jornada particular (1977), sobre el encuentro apasionado de Gabriel (Mastroianni, de nuevo) y Antonietta (Sofia Loren), una mujer y un hombre desconocidos y antagónicos, mientras toda Roma ha salido a la calle para vitorear a Adolf Hitler.
Sin embargo, hay una singularidad formal en la película que hoy recuperamos del maestro italiano. Scola nos sitúa en un mismo escenario, una sala de baile francesa, a lo largo de cincuenta años del pasado siglo XX, para contarnos a través de sus entrañables bailarinas y bailarines sobre acontecimientos esenciales de la historia de Francia. Y esta trama etérea, sin personajes convencionalmente definidos, la cimenta sobre un musical sin diálogos, de una frescura encantadora que la aleja de cualquier tipo de ínfula historicista. Desde su mismo comienzo, cuando el viejo camarero enciende las luces y pone en marcha el proceso, en el que asistimos a los respectivos rituales de acicalamiento y cortejo, los romances o los amargos desamores, siempre a través de los bailes, muchos bailes, que por supuesto se acompañan de mucha música magnífica que la limitación de este artículo me impide enumerar en su gozosa extensión.
Desde una mirada genuinamente nostálgica, las consecutivas transiciones, marcadas por una fotografía fija final que termina colgada en la pared a modo de testimonio, nos traen géneros musicales de diferentes épocas, indumentarias, peinados y maquillajes, escenografía y sonidos incidentales, por medio de los que recorremos con los bailarines el triunfo del Frente Popular de 1936, la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi, la victoria aliada, el auge de la influencia cultural estadounidense y la explosión del rock and roll, los Beatles y la revolución juvenil del Mayo del 68, hasta llegar a la época disco. Y, paralelamente, Scola nos muestra las profundas transformaciones en la relación entre clases sociales, los diferentes modos de comportamiento de cada generación y sus circunstancias, para componer un retrato socio-cultural y humano tremendamente elocuente de unos tiempos.
En el plano formal, las interpretaciones rayanas en el mimo —recordemos no hay un solo diálogo— intensifican el aura melancólica del film. Y la utilización expresiva de la saturación del color enmarca a la perfección los trances trágicos y tristes frente a aquellos de carácter épico, festivo o rebelde. Hay también un factor especial de autenticidad, de verdadero cariño por sus personajes, como esa chica solitaria, lectora de una revista de cine que se actualiza con los tiempos, y que aun alberga una última esperanza de que la saquen al fin a bailar, tan propio del discurso artístico del director italiano, que consigue emocionar con su original y ciertamente arriesgada propuesta.
Escrito por María Verchili Marti





