
Estos días, alguno de los múltiples algoritmos que deciden lo que quiero ver cuando accedo a internet insistió en mostrarme repetidas veces al “fantasma” que ¿convive? ¿persigue? a Cate Blanchett en TÁR y aparentemente pasó desapercibido entre algunos espectadores en el momento de su estreno en cines. Spoiler: no he visto TÁR, pero tampoco fui ajeno a algunas de las reflexiones de sus espectadores una vez terminado su visionado, y en especial de las relativas a si el abuso no es cuestión de género, sino de poder, y si por tanto el poder es inherentemente corrosivo.
La criada (2010), ‹remake› de la película homónima dirigida por Kim Ki-young en 1960 —posiblemente uno de los títulos más conocidos del cine coreano antes de su expansión internacional a finales de la década de los 90 y sobre todo desde principios de los 2000— es, a su manera, una reflexión más sobre ese poder, en esa misma zona oscura, aunque en un territorio mucho más íntimo: el hogar. En él, las jerarquías sociales, económicas y de género se condensan en un microcosmos que imita, reproduce y deforma las violencias externas. Quién gana el dinero, quién depende de quién, qué implica ser “mantenida”, qué supone ser “la criada”, cómo nos relacionamos en una sociedad machista incluso en lo doméstico: todo está presente y todo pesa, pues el poder aquí a veces es más voluble o maleable, pero difícilmente cambia el orden establecido.

La película simplifica y complica al mismo tiempo una cuestión clave: en el caso del artista —véase TÁR—, existe el debate de si se debe o puede separar al artista de su obra. El artista, desde su atalaya o desde su sofá, juzgado por seguidores y detractores, para bien o para mal, ¿se enfrenta a su propia conciencia? ¿Abre en algún momento el armario donde esconde todos sus muertos? ¿Reconoce haberse equivocado, haber maltratado o humillado, aunque sea internamente? No importa, porque es el fan quien decide si se separa de él o no; no hay convivencia. En el hogar, en cambio, no cabe el debate: el artista y la obra son una misma entidad. Si reflexiona o se arrepiente de sus actos, en general, no cambia nada salvo cuando busca el perdón de los que le han “abandonado”, y seguramente entonces caiga más cerca del victimismo que de sentirse avergonzado (aquí sí, coincidiendo con la reacción de muchos artistas que se sienten cancelados pese a mantener sus altavoces).
Desde el erotismo que ocupa principalmente la primera mitad de la película, La criada intenta ser un estudio sutil —a ratos ligero en su superficie, pero amplio en su trasfondo— sobre la importancia que tiene la clase social en el desarrollo vital y sus repercusiones en las relaciones personales y laborales. La erótica del poder, la ingenuidad, la ostentación, el deseo y la humillación conviven en un mismo espacio y bajo una misma lógica jerárquica. Im Sang-soo —director de este ‹remake›— filma todo ello con una puesta en escena fría y geométrica que sugiere, con simbolismos y segundas intenciones (quién domina, quién obedece y quién se cree más libre de lo que realmente es), mucho más de lo que explicita (tetas y culos, principalmente).

En ese paisaje pulcro y aséptico, irrumpe la mirada ocasional de una niña —hija de los señoritos de la criada protagonista— hacia el (demencial) mundo adulto en el que habita, para dejar claro su punto de vista y dónde se posiciona respecto a la obra y sus personajes. Y esto, teniendo en cuenta que no he visto la original y desconozco si se muestra igual, me ha parecido un acierto abierto a debate sobre las posibilidades del aprendizaje temprano de la desigualdad, la naturalización del desprecio y la reproducción o evitación futura de las mismas jerarquías. Pues, dentro de la premisa simple y muchas veces vista —una familia con una esposa embarazada que necesita una criada, el marido, flipado del vino y de sí mismo, enseguida se siente atraído por la criada, el padre y la criada tienen varios encuentros bien tórridos—, la importancia que tiene el aislamiento de esa familia adinerada y todos los que orbitan sobre ella resulta relevante incluso 15 años después de su estreno, con el aumento constante de las urbanizaciones teñidas con el desasosiego de las malas conciencias y el peso que tiene “performar” últimamente en muchos ámbitos sociales.
Como la vida en esos hogares que incorporan piscinas o pistas de pádel entre otros elementos en su interior para evitar enfrentarse a una realidad que los rebaje o los asuste, La criada es un entretenimiento discreto con algo de sexo (problemático en ocasiones) y personas que o bien no se soportan, o bien se aprovechan de otras o bien directamente ni se enteran de lo que va la vaina hasta que ya es tarde… aunque desconozco si en la vida real se mantendrá el tono de melodrama de telenovela elegido por Im Sang-soo.






