Crimson Gold (Jafar Panahi)

Jafar Panahi se bañó en oro en la última edición del festival de Cannes de la mano de Un simple accidente. Detrás de esa Palma de Oro se esconde, sin duda, un reconocimiento a toda su trayectoria, o más bien epopeya, como cineasta. La primera de sus películas con un pase exitoso por el festival fue Crimson Gold, ganadora en la sección Un Certain Regard en la edición del 2003. Escrita por Abbas Kiarostami, ni más ni menos, se trata del cuarto largometraje dirigido por Panahi, tras la magnífica El círculo y, sin embargo, permanece el más desconocido, inaccesible y oscuro hasta el día de hoy, conteniendo, paradójicamente, el lenguaje más destilado y esencialista de toda su obra. Aunque probablemente sea ese el motivo del corto recorrido de Crimson Gold, que nunca se llegó a estrenar en salas españolas. No contiene los mecanismos llamativos que propulsaron el resto de su cine a nivel internacional. Es directa y diáfana con su mensaje, sin demasiadas piruetas o artificios estructurales y está destripada de todo dramatismo, muy cercana al primer cine de Kiarostami.

Tras encontrar un bolso con recibos de una compra de cifras desproporcionadamente altas en una joyería, Hussein, un repartidor de pizza con una vida precaria, empieza a ganar conciencia de la distancia abismal que existe entre clases sociales. Su trabajo le lleva por los barrios altos y ricos de la ciudad donde vislumbra una vida ostentosa y privilegiada, aparentemente inaccesible. Tras catar brevemente, por una noche, la comodidad y extravagancia de la vida burguesa, Hussein decide robar la joyería, decisión que inevitablemente culmina de forma violenta. Se trata de una película resuena en la memoria. Rápidamente aparecen referencias y conexiones con otras cintas, a su vez, muy alejadas a nivel formal y contextual de la de Panahi. Con esto en mente, ¿qué elementos la identifican como una obra singular y independiente?

Para empezar, la cinta prolonga los emblemas cuasi rituales de buena parte del gran cine iraní. La sencillez de la premisa, personajes eminentemente sociales que transitan sus conflictos —interiores u exteriores— mediante la interacción con otros, la presencia del coche, furgoneta o, en este caso, motocicleta, también entendidos como habilitadores de conexiones humanas, y la forma de dotar de importancia objetos aparentemente banales como un cuaderno de estudio, un traje o un bolso. Es breve en duración y en significado, pero tiene una verdad que permanece, como mucho cine iraní. Personajes que parecen robados directamente de las calles de Teherán y implantados en la película, una capacidad para encontrar elementos extraordinarios en lo cotidiano u cotidianidad en lo extraordinario y una intención de convertir la película en sí en un acto de protesta o denuncia. Esto último se adhiere más al cine de Panahi que al de Kiarostami.

La película se compartimenta y estructura mediante diferentes encuentros con personajes episódicos, que ayudan a conformar una idea compleja de sociedad. Se entiende, paralelamente, que esa diversidad se diferencia de forma marcada en dos grupos bien delimitados. En ese juego de contrastes se articula Crimson Gold. La unicidad del individuo frente a un sistema binario, las diferencias entre clases sociales y genero e incluso entre las personalidades opuestas de Hussein y su propio Sancho Panza, Ali. Panahi y Kiarostami encuentran formas más y menos finas para expresarse. Por un lado, la sutilidad del gesto del joyero al cerrar la puerta consigue evocar sin ser demasiado textual. Por el contrario, el cliché de las escaleras como transición entre clase alta y baja, se evidencia mediante un plano ascendente de seguimiento.

El gran acierto de Crimson Gold es su personaje protagonista. Hossain Emadeddin como Hussein consigue una de esas actuaciones que solo un ‹outsider› puede ofrecer. La ingenuidad y autenticidad de sus gestos, su forma de respirar, de hablar y de tambalearse, su manera de existir delante de la cámara, ajeno a la auto-percepción existente en los actores por oficio, hace que se sostenga y se eleve una premisa que de por sí no excede en ideas memorables. Pero, aunque ponga todas las cartas en la mesa desde el primer acto y no plantee una lectura particularmente original, la magia de esta, y muchas otras películas de Panahi y Kiarostami, radica en un aspecto mucho más difícil de concretar en palabras, que sobrevive a los spoilers y a los intentos de resumirla: su humanidad.

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