El último trabajo de la directora húngara Ildikó Enyedi (1955) se estrena en salas de cine españolas el 15 de mayo, después de su paso por la 70ª SEMINCI, donde se alzó con la Espiga de Plata y con el Premio Espiga Verde, además de hacerse con el Premio FIPRESCI y Premio Marcello Mastroianni por la interpretación de la actriz Luna Wedler en el Festival de Venecia, así como el premio a Mejor Fotografía en el Festival de Chicago. A pesar de la escasa filmografía de la veterana directora, no es la primera vez que recibe galardones en festivales internacionales, ya que en el pasado ganó la Cámara de Oro a mejor ópera prima por Mi siglo XX (1989) en Cannes y el Oso de Oro por En cuerpo y alma (2017) más recientemente en Berlín.
La directora y docente vuelve después de La historia de mi mujer (2021) —una adaptación de una novela que le marcó en su adolescencia y que dio a luz a su película más académica y con menor riesgo visual— al cine filosófico, sugerente y con matices científicos que ya iniciara en su primer largometraje. En El amigo silencioso se adentra en la relación de la naturaleza callada y latente con el ser humano atravesando tres épocas distintas vertebradas por el nexo común de un ‹ginkgo biloba›. La longeva especie de árbol de origen chino considerado un fósil viviente e imagen de la perseverancia, representa el eje silencioso, eterno y, por qué no, observador, de tres historias en diferente tono y estilo visual. En la de principios del siglo XX opta por el blanco y negro (muy próximo en estética a la de Mi siglo XX) inmaculado y sobrio, en la ambientada en 1972 discurre por imagen en 16 mm acompañado de su granulado y color vivaz, así como en la más actual, la de 2020, justo en el confinamiento mundial, donde se inclina por la frialdad y nitidez de espacios interiores, al igual que en la definición de los colores de la naturaleza y las imágenes científicas con presencia de planos inquietantes con la naturaleza nocturna como protagonista.
Decisiones plásticas que se amoldan a cada época, al contexto sociocultural y la situación individual de los escasos personajes que aparecen en las tres etapas. Todos adoleciendo de soledad, atonía y melancolía, temática muy recurrente en el cine de Enyedi (en especial en En cuerpo y alma), y necesitados de la calidez de la comunicación que no saben verbalizar. Tenemos a la chica joven (Luna Wedler) en 1909 que quiere entrar como primera estudiante universitaria de Botánica en la Universidad de Marburgo, sufriendo obstáculos de índole machista en la entrevista con el numeroso tribunal masculino. El joven incrédulo que lee a Rilke al que le cuesta conectar más íntimamente con la investigadora de las reacciones de las plantas, y el neurocientífico (Tony Leung) estudioso del cerebro de los bebés que queda atrapado en esa misma ciudad alemana, entre lo aséptico y frío de los interiores de la residencia, lo insondable del jardín botánico que lo rodea y la incomunicación sólo alimentada por la conversación telemática con una investigadora botánica (Léa Seydoux) con la que tiene especial sintonía, aun desde la lejanía.
Ildikó Enyedi siempre apuesta por una mirada feminista en su cine. Y aquí lo hace como una prolongación de Mi siglo XX, donde expresaba la dualidad y difícil comprensión hacia la nueva mujer que se abría paso entre sus ideales y luchas políticas, así como el hedonismo y libertad absoluta en un contexto de explosión de descubrimientos científicos que marcaban una nueva era. En El amigo silencioso recupera a la mujer (en este caso científica) en su evolución social junto a la de la ciencia que traspasa tres épocas. Desde las dificultades para abrirse camino entre un mundo mayoritariamente masculino en 1909 con esa jerarquía y control absoluto, rigidez taxonómica y nula presencia femenina en la clasificación de especies, a la libertad indagatoria en su tesis de la estudiante de los 70 (tiempos de expansión para luchas feministas) que se centra en las respuestas de los seres vivos, y la actual de 2020 por medio de esa investigadora segura de sí misma que da conferencias sobre los “sentimientos” de las plantas, asesorando la investigación abierta del neurocientífico que se desvía a otros caminos obligado por sus circunstancias en reclusión.
En esta película su propuesta se ve afín al ecofeminismo que, si bien tiene sus aciertos, también le hace divagar por derroteros que hacen perder la dirección que tan brillantemente expone en sus conjeturas para decaer en el tramo final. La directora pone encima de la mesa la falta de conexión interpersonal, pero también con la naturaleza, a la que también sometemos a una soledad forzada con ese símbolo de los ‹ginkgos› machos en los parques, privados de las hembras, cuyas semillas lanzan un olor insoportable para los viandantes.
Su tesis circula sobre la interconexión de las tres generaciones (salta constantemente de unas a otras como si fueran una) a través de libros de Goethe sobre naturaleza, la foto de la primera estudiante universitaria y el árbol con su ficha de 1832 que “vigila” desde su resistencia y eternidad, ayudando a entender el tríptico como un todo, a la progresión que toma el ser humano con respecto al entorno. Aludiendo al experimento del neurocientífico del inicio con la esfera de luz que se pasan los estudiantes —que tanto recuerda a la fascinación del invento de la bombilla de Mi siglo XX— donde la concentración en un solo foco hace descartar o excluir otros elementos que nos impiden valorar la totalidad de los fenómenos, la directora propone una visión donde nada se apague y se capte de forma íntegra lo que nos rodea.
De ahí que la historia más actual transcurra por el entendimiento y simbiosis con el gran árbol al que se somete a una investigación justo cuando el mundo se paraliza por la COVID-19. Momento de urgente salto atrás y reflexión sobre nuestra intervención negativa en la naturaleza, centrándose en la observación y sentir lo que sienten los seres vivos. Enyedi apela a la dimensión biológica de ésta mediante formas visuales impactantes, haciendo visible su respiración, procurando que sintamos el “aliento de su observación” hacia nosotros y que percibamos su soledad.
Las imágenes nítidas, ya sean en blanco y negro o en color, de diferentes texturas, aristas, volúmenes y estructuras celulares consiguen ese efecto orgánico y con un “ruido visual” tan sugestivos bajo música inquietante, que nos interpelan intensamente. En ese plano es donde su mueve mejor la cineasta, al crear momentos de gran interés bajo una magia perturbadora que ni siquiera la ciencia puede atender ni entender, brotando en esas ramas tortuosas, la sombra de las hojas en la piel, las raíces, la rugosidad de una corteza, la lluvia o los silencios nocturnos.
Las plantas desde un plano tan cercano mutan a seres “monstruosos” que recuerdan a los cortos mudos de Jean Painlevé, donde esa belleza extraña proponía un acercamiento de vanguardia y de asombro hacia la ciencia, no como algo sólo clasificable, sino maravilloso y onírico, que puede escapar a la ciencia.
La estudiante de principios de siglo se hace fotógrafa para intentar comprender las plantas, ofrecer otra cara más parecida a lo que proponía el libro que leía con mimo de Goethe, La metamorfosis de las plantas, uniendo la tecnología punta del momento a sus inquietudes. También esa cámara le servirá para ascender en su trabajo y sumarse a expediciones que amplíen su horizonte y explorar su identidad femenina con fotos menos comunes de su cuerpo que le otorguen el protagonismo que le privan en su entorno.
La película comienza con una semilla en alta definición germinando a gran velocidad brotando y abriéndose paso con fuerza de forma “monstruosa” entre un sonido enfatizado, aportando ese concepto orgánico que repite muchas veces la directora. La naturaleza es lenta, paciente y no puede medirse con nuestra percepción temporal. Llamada de atención sobre el nacimiento de una nueva visión científica que resulte de un mejor engranaje entre ser humano-naturaleza que conduzca a la armonía del plano final general que se aleja entre colores dorados de ese ginkgo solitario complementado con el femenino que recuerdan la conexión incluso desde el silencio, la permanencia frente a nuestra fugacidad.

Profesora de Secundaria. Cinéfila.
“El cine es el motor de emoción y pensamiento”









