Un último adiós al maestro Andrzej Wajda

El pasado domingo por la noche me fui a dormir con una sensación de elegía que hacía tiempo no sentía. Y es que recibí la triste noticia del fallecimiento de uno de mis referentes. Alguien sin el que su imprescindible aportación, siempre honesta y sincera, jamás hubiera amado tanto al cine como lo hago. Porque la pérdida de Andrzej Wajda supone no solo un duro golpe para la cinefilia, sino igualmente para ese último reducto de filosofía humanista puesta en práctica a rajatabla y sin fisuras a lo largo de sus noventa años. Años vividos en plenitud, que convirtieron a Wajda en un testigo fidedigno de buena parte de los acontecimientos más importantes sucedidos en la Vieja Europa durante el transcurso del siglo XX.

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Personalmente el fallecimiento de Wajda me afecta en un doble sentido. Por un lado en el nostálgico. Allá por finales de los noventa, servidor era un bisoño adolescente que aparentaba saber algo de cine guiado por la imprudencia de la juventud, sin duda. Sí, había visto buena parte de las grandes obras del movimiento neorrealista italiano, cierta cantidad de clásicos franceses, a Dreyer, a Bergman… así como las imperecederas obras del cine negro, melodrama y de aventuras del Hollywood clásico. También devoraba los estrenos de la época en aquellas míticas sesiones de cine sabatino en esa lejana Gran Vía madrileña aún no destrozada por centros comerciales y olor a madreselva. He de admitir que ello quizás potenciaba en mí algo de pedantería al observar que mis amigos y compañeros de clase no seguían mi ritmo de visionado cinematográfico. Pedantería que pronto se rompería en favor de la humildad, algo de lo que me siento muy orgulloso pues odio las posiciones prepotentes y petulantes en cualquier esfera personal. Ello fue posible, entre otras cosas, a que cierto día un viejo profesor de literatura comentó en clase cierto pasaje de una película para mí totalmente desconocida. ¿Cómo era posible que alguien supiera más de cine que yo? Que cosas tan estúpidas encierra la inocencia de la juventud… La cinta se situaba en una Polonia devastada por las bombas y las heridas de guerra, pintada con cierto aire neorrealista, protagonizada por un joven radical encargado de asesinar a un líder político comunista haciendo brotar su vacío entre ruinas, colinas y bares de mala muerte buscando el consuelo de un amor imposible como última cura a su dolor. Y en este paraje dantesco, bajo una intensa lluvia, este paria hallaba resguardo junto a su adorada en una iglesia destruida por los efectos de los bombardeos y los saqueos, donde un cristo boca abajo, situado en un intencionado primer plano, adornaba una triste conversación dialogada entre la pareja de amantes simbolizando el fin de la fe en el ser humano. El fin de la fe en el amor.

Sí, se trataba, como ustedes conocerán, de una de las escenas clave de Cenizas y diamantes, cinta cumbre en la historia del cine polaco, una cinematografía que resultaba absolutamente desconocida para un servidor en aquellas fechas. Así, de este modo, dicha cinta se convirtió en la primera película de esa nacionalidad que descubría. Mi enamoramiento fue instantáneo, de hecho a Wajda debo buena parte de la pasión que siento en la actualidad hacia el arte cinematográfico erigido en Polonia.

Por otro lado, desde el punto de vista doctrinal, siempre he tenido a Wajda como un referente. Por su sensibilidad, por su fe en el ser humano, por su apuesta por el riesgo como bandera, por su humildad, por su independencia, por su compromiso con la libertad entendida en su vertiente más amplia, por su capacidad auto-crítica, por su carencia de sectarismo partidista y en cierto sentido por su experiencia personal con la que me siento plenamente identificado.

Wajda fue protagonista de los principales sucesos de la Historia de Polonia, y por tanto, de los de la propia Europa. Así, antes de que el cine conquistara la mente y vida del viejo maestro, el autor de Kanal se enroló en las filas de la guerrilla anti nazi que surgió en Polonia en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Pero sin duda el acontecimiento que marcaría la vida de Wajda fue la muerte de su padre, siendo aún un adolescente, en los bosques de Katyn, crónica que al final de su carrera daría lugar a uno de sus más personales y enriquecedores alegatos, en la magnífica película titulada con el nombre del bosque donde tuvo lugar la sumarísima ejecución que segó la vida del progenitor de Wajda.

Finalizada la contienda mundial, un veinteañero Andrzej decidió ingresar como estudiante en la Escuela de Bellas artes de Cracovia, donde estudió pintura y donde en paralelo empezó a sentir una innata atracción hacia las artes escénicas, fundamentalmente por el teatro —arte del que siempre fue un fiel admirador—. Sin embargo, un aún inestable Wajda abandonó la Escuela, para viajar a Łódź. Allí conoció e hizo migas con una serie de jóvenes alumnos de la legendaria Escuela Nacional de Cine Televisión y Teatro de la citada ciudad, entre los que se encontraban Roman Polanski, Wojciech Has, Jerzy Kawalerowicz, Tadeusz Konwicki, Andrzej Munk y a los que posteriormente a finales de los cincuenta se uniría otra luminaria como Krzysztof Kieślowski.

Andrzej Wajda

Todos ellos, bajo la protección del profesor y alma máter de esta generación Aleksander Ford, a quien el cine polaco debe la docencia en las artes cinematográficas de su generación más esplendorosa, aprendieron el oficio de hacer películas con una clara influencia del cine neorrealista italiano, así como de los principales influjos de Ford, que no eran otros que los originarios del cine de la Europa del Este capitaneado por cineastas como Vertov, Eisenstein o Vsévolod Pudovkin.

De este modo, Wajda comenzó a rodar una serie de cortos documentales de tono neorrealista a principios de los cincuenta —en la línea de los noveles cortos de su compañero y amigo Munk—, así como algún trabajo menor inspirado en las obras de Antón Chéjov, hasta que en 1955 dio el salto al largometraje, iniciando lo que yo denomino la trilogía de la posguerra. Y es que con Generación Wajda no solo cambiaría la historia del cine polaco, sino que igualmente sembró la semilla que irradiaría posteriormente el aura de toda su carrera. Generación no parecía la película de un principiante. Con una puesta en escena que evocaba sin sonrojo a la magistral Roma, ciudad abierta de su adorado Roberto Rossellini, en ella encontramos ese tono fatalista, lúgubre, aniquilador de libertades, y por otro ese contrapunto asociado a un grupo resistente que pelea contra viento y marea en contra de las injusticias y en favor de la libertad. Además, la cinta es famosa por la participación de Roman Polanski en un pequeño papel como miembro del grupo de resistencia protagonista en uno de sus primeros roles dentro del ambiente audiovisual.

Tras este inicio deslumbrante, Wajda tardaría dos años en sacar adelante su siguiente proyecto, con la segunda parte de la trilogía titulada Kanal, otra obra maestra, asfixiante, filmada con un tono enfermizo ciertamente aterrador, donde Wajda daba rienda suelta a su forma de entender la vida como una lucha continua para escapar de esas cárceles impuestas por los poderosos en aras de mitigar la libertad individual. Sin duda, Kanal demostró su pericia y talento para rodar escenas claustrofóbicas gracias a una puesta en escena enrarecida que encerraba una bella metáfora de la existencia como una lucha continua por escapar de las garras de los aniquiladores de la libertad, lanzando un bello canto en favor de los oprimidos, en una cinta que recuerda asimismo a lo largo de su metraje a ese montaje final de El tercer hombre de Carol Reed.

Gracias al éxito de sus dos primeras obras, Wajda no tuvo muchas dificultades para erigir el cierre de su trilogía con la magistral y anteriormente mencionada Cenizas y diamantes, sin duda la guinda del pastel y la película que abrió las puertas al polaco de los circuitos internacionales de cine, merced a los galardones logrados por esta obra maestra, entre los que se incluyen el Premio FIPRESCI en el Festival de Venecia de 1959.

Convertido en el principal referente de lo que se denominó Nueva Escuela del Cine Polaco de los cincuenta, Wajda decidió rendir un sentido homenaje a Aleksander Ford con su siguiente película. Y es que con Lotna, el autor de Katyn no solo ofrecía una sincera ofrenda a las paletas de colores y ambientes cincelados por Aleksander Ford, con clara influencia del cine soviético, sino que asimismo erigía un perverso relato que manifestaba la maldición que persigue a Polonia desde tiempos ancestrales simbolizada a través del caballo blanco que condena el camino de sus diferentes dueños y cuyo nombre titula la cinta.

Entrados ya en los años sesenta, Wajda continuó desarrollando una envidiable y fértil carrera, destacando títulos como la kafkiana Los brujos inocentes, la extraña e inclasificable adaptación shakesperiana yugoslava Lady Macbeth en Siberia, su participación en la cinta de episodios El amor a los veinte años, o la mesiánica y mastodóntica Cenizas, obra quizás algo fallida versada alrededor de las guerras napoleónicas que en sus casi cuatro horas de duración trataba de plasmar esas obsesiones fundadas en la lucha en favor de la libertad que acompañaron a Wajda a lo largo de su trayectoria. Esta obra igualmente fue importante, puesto que supuso el encuentro entre el cineasta y el que se convertiría en su actor fetiche, el magnético, algo histrión y camaleónico Daniel Olbrychski.

Los años setenta fueron un punto de inflexión, tanto en lo referente al cine como al posicionamiento ideológico del maestro. Así, la década arrancaba con la surrealista, confusa, lisérgica y amorfa Paisaje después de la batalla, obra protagonizada por un desatado Daniel Olbrychski que trataba de denunciar la falta de libertad existente no solo en el ámbito de la ocupación nazi, sino que igualmente dejaba entrever la preocupación de Wajda por la deriva que estaba tomando la administración comunista en su país. De este modo, el respeto y la independencia con la que el gobierno comunista siempre observó al maestro Wajda empezó a resquebrajarse, en virtud del apoyo que el autor de Cenizas y diamantes comenzó a demostrar en los setenta en favor de la oposición democrática y sobre todo del sindicato dirigido por Lech Wałęsa Solidaridad.

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Con su siguiente película, titulada El bosque de abedules, Wajda retornaba al melodrama clásico de la Europa del Este, adaptando la novela de Jaroslaw Iwaszkiewicz, reintegrando en su cine de este modo una rubrica más clásica, pero no haciendo ascos a introducir ciertos guiños al cine de François Truffaut, con quien había coincido en El amor a los veinte años. En 1973 Wajda dirigía una de sus obras más sorprendentes. Y es que La boda se erigía como otro experimento estrafalario y dopado que huía de los dogmas tradicionales del cine de Wajda. No obstante la cinta se alzaría con la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, permitiendo al polaco conservar el favor de la crítica internacional.

Pero sin duda 1975 fue el año de Wajda. Fue el año de La tierra de la gran promesa, su obra más aclamada y premiada, y con todo merecimiento, toda sea dicho, basada en la novela del premio Nobel de literatura polaco Wladyslaw Reymont. Con una garra fuera de lo normal, Wajda retrató las miserias y mezquindades de la Revolución Industrial polaca, situando la trama en la ciudad que le cultivó cinematográficamente, Lodz, mostrando la total carencia de escrúpulos, dignidad y decoro de un ser humano absolutamente contaminado por el culto al dinero, a la maximización de beneficios y la traición a su prójimo. La cinta contenía algunas escenas ciertamente delirantes y obscenas para su época, como la amputación del brazo de un operario por las entrañas de una desbrozadora textil, adoptando una grafía rompedora, cuasi expresionista, que permitía retratar con mucho tino y acierto la pérdida de fe en ese ser humano cegado por el capitalismo y conquistado por la insidia.

Este éxito rotundo vendría acompañado de otro trío de películas inolvidables que cerrarían esta década. Con El hombre de mármol arriesgaría su carrera construyendo un alegato valiente y comprometido que retrataba la caída en desgracia de esos ídolos de barro del estajanovismo polaco de los cincuenta. Obra espinosa, compleja y fascinante que fue capaz de sortear la censura en virtud de una puesta en escena muy estilosa, que adoptaba los patrones de Ciudadano Kane de Welles para reconstruir unos hechos ciertamente vergonzantes para la administración comunista.

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En la línea de El hombre de mármol, la notable Sin anestesia igualmente lanzaba, bajo la máscara de un melodrama familiar, una para nada soterrada denuncia en contra de los movimientos liberticidas que estaban teniendo lugar en la Polonia de la época. Finalmente los setenta se cerrarían con la magnífica Las señoritas Wilko, película de estilo Chejoviano protagonizada por un omnipresente Daniel Olbrychski.

En los ochenta, el cine de Wajda continuó declarando la evolución de la sociedad polaca de ese decenio con un discurso siempre atractivo. Así cintas como El director de orquesta (una de las obras cumbre de Wajda que exhibía un espléndido duelo generacional esbozado a través del amor hacia la música en contraposición con las ansias de ascenso a toda costa de esa juventud ambiciosa y sin escrúpulos ávida de codicia), la secuela de El hombre de mármol titulada El hombre de hierro (Palma de Oro en Cannes y cinta que exploraba en las entrañas del sindicato Solidaridad con mucha valentía y poesía), la coproducción con Francia y protagonizada por un inconmensurable Depardieu Danton, la melancólica y fatalista Un amor en Alemania o ese retorno al cine de sus orígenes que supuso Crónica de los accidentes amorosos recorrieron en paralelo los acontecimientos que pusieron final a la dictadura comunista y a la celebración de las elecciones de 1989 donde Wajda fue elegido como Senador, cargo que ejerció durante un par de años.

El paso de los años y las obligaciones políticas y reconocimientos no desgastaron a Wajda. Así en los noventa su nivel de producción cinematográfica no se vio lastrada. En esta década dirigió la fantástica Korczak, cinta con aroma a la vieja Escuela del cine polaco pro recuperación de la memoria histórica. También se atrevió a adaptar el último pasaje de El idiota de Dostoevsky en Nastasja. 

Así, Wajda siguió su línea de apostar por la memoria en sus mejores películas de su última etapa como realizador con Semana Santa, Pan Tadeusz, La condena de Franciszek Klos, la casi autobiográfica Katyn y Walesa. Y es que Wajda, como los buenos viejos rockeros, murió con las botas puestas, finalizando este mismo año la que es a la postre su película póstuma: Afterimage.

Se nos ha ido pues un artista que ha desempeñado una parte muy importante en la evolución de la historia del cine europeo, sin cuya aportación el séptimo arte sería sin duda diferente al que conocemos hoy en día. Un humanista que hizo gala de una independencia admirable y envidiable, que supo labrarse el respeto dentro de la dictadura comunista incluso en los momentos en los que su compromiso y simpatías conectaban con los de la oposición, que como esos partisanos de los que formó parte durante la contienda mundial, luchaban por la libertad y en contra de la injusticia. Porque las muchas películas que dirigió Wajda siempre contenían esa esencia y mensaje que gritaba con pasión ¡Viva la libertad! ¡Abajo la represión! Un grito valiente que vamos a echar en falta en estos oscuros y corruptos momentos que nos ha tocado vivir. Gracias por todo maestro. Descanse en paz.

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Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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