Un amor inmortal (Keisuke Kinoshita)

A diferencia del cine de otros cineastas que están más consolidados en occidente como Yasujiro Ozu, Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi o Mikio Naruse, las obras de un maestro del séptimo arte nipón como fue Keisuke Kinoshita se hallan en un inmerecido segundo plano. Solo basta echar un vistazo a las mejores cintas de este maestro del cine para demostrar que el arte emanado por Kinoshita nada tiene que envidiar a las mejores obras de los grandes maestros del cine japonés, a lo que se une el hecho de que Kinoshita no solo fue un afamado director de cine, sino que además legó alguno de los mejores guiones cinematográficos del cine oriental para beneficio de otros compañeros que supieron aprovechar el talento de Kinoshita para plasmar en el frío papel intensos y magnéticos melodramas que confrontaban ese tema central del cine japonés de los cincuenta que fue la pelea entre tradición y modernidad representado por la lucha de la mujer por desembarazarse del yugo opresor de la machista sociedad japonesa de posguerra.

Un amor inmortal

Un amor inmortal es otro de esos milagrosos melodramas orientales surgidos antes de que la Nueva Ola del cine japonés devastara todo halo de clasicismo cinematográfico. La cinta fue candidata al oscar a la Mejor película de habla no inglesa en el año 1961, por lo que junto a La balada de Narayama supuso el mayor éxito internacional del curtido cineasta nacido en Hamamatsu. Aquellos aficionados al cine conocedores de la obra de Kinoshita, reconocerán en la misma alguna de las tramas y obsesiones habituales del cine ideado por este maestro japonés. Así tal como sucedía en Veinticuatro ojos, Keisuke narrará la epopeya (como si se tratara de una ejemplar novela río) vivida a lo largo de más de treinta años por una sacrificada mujer (interpretada por la musa tanto de Naruse como de Kinoshita, Hideo Takamine) en su lucha por defender un amor convertido en imposible tanto por las circunstancias como por los convencionalismos sociales que obligaban a la mujer a someterse a las dictatoriales decisiones de sus amos (los hombres), los cuales castigaban la libertad individual femenina por medio de matrimonios de conveniencia ideados por los terratenientes que oprimían la existencia de los sacrificados campesinos (casta a la que pertenece la protagonista).

Sin duda magnética resulta la hermosa fotografía en blanco y negro de la cinta, que mezcla con soltura y virtuosismo planos pausados con potentes travellings y tomas en grúa que embellecerán el paraje natural que sirve de escenario argumental a la historia. Así, a nivel técnico la cinta es un auténtico portento visual que engalana con elegantes secuencias una historia terriblemente dolorosa y melancólica, y es que no puedo quitar de mi cabeza ese maravilloso travelling en el que el sufrido personaje de Hideo Takamine corre sin consuelo por un desértico camino lunar rodeada de escarpadas montañas en busca del cuerpo de su hijo, plano de una belleza descomunal que emana una lírica incomparable en el momento en el que este personaje chocará en su camino con el de su añorado enamorado de juventud en una secuencia para el recuerdo de los buenos aficionados al cine.

Un amor inmortal

La cinta se estructura en cinco capítulos que sirven de elipsis temporal, narrando la historia de Sadako (Hideo Takamine), una joven perteneciente a una familia de campesinos cuyo enamorado, perteneciente igualmente a otra humilde familia de campesinos, Takashi (Keiji Sada), se halla en el frente de Manchuria luchando en el heroico ejército imperial japonés. Inicialmente, la cinta se sitúa a principios de los años treinta, mostrando el regreso a casa de Heibei (interpretado por el siempre magnífico Tatsuya Nakadai), el hijo del terrateniente del lugar que retornará tullido tras haber sido herido en combate. Heibei es un hombre rencoroso que se halla enamorado perdidamente de Sadako, quizás no tanto por su deseo platónico hacia ella como por la envidia que siente hacia el valeroso y aguerrido Takashi. A pesar de los deseos manifestados por Heibei por Sadako, ésta rechazará al hijo de su señor ya que su amor únicamente pertenece al bondadoso Takashi, hecho éste que no será acatado por la adinerada y absolutista familia del resentido tullido, la cual amenazará a la familia de la joven con la desamortización de sus tierras en caso de que Sadako no se someta a los apetitos de Heibei.

Sin embargo la resistencia de Sadako será ultrajada una noche por Heibei en la que tomará sin su consentimiento el cuerpo de la joven. Avergonzada por este acto Sadako intentará suicidarse tirándose al río que baña las orillas del pueblo, siendo salvada de su intento. El resultado de este violento acto llevado a cabo por Heibei será que Sadako quedará embarazada de su primer hijo, por lo que se verá obligada a contraer matrimonio con el cruel Heibei, renunciando pues a su felicidad y amor verdadero Takashi.

Un amor inmortal

A partir de este punto, la cinta narrará en paralelo la triste y sufrida existencia de la familia compuesta por Heibei y Sadako y sus tres hijos así como la experimentada por la familia de Takeshi, quien contraerá matrimonio con una joven a la que no ama que terminará haciendo labores de criada para la familia de Sadako. Kinoshita aprovechará la oportunidad que le supone narrar esta epopeya para dibujar los cambios acontecidos en Japón desde el inicio de la historia en 1932 hasta su culminación en 1961. Inspiradoras serán las metáforas emanadas de las personalidades de los hijos de Heibei y Sadako, de modo que el mayor y favorito de Heibei vivirá atormentado por el hecho de ser conocedor de las circunstancias bajo las que fue concebido su nacimiento lo cual traerá consigo un desgraciado incidente, mientras que el rebelde hermano intermedio terminará convirtiéndose en un estudiante revolucionario de ideología comunista que luchará contra la vergüenza que le supone pertenecer a una familia aristocrática y latifundista que ha oprimido a lo largo de los años a los trabajadores, y por último la pequeña de la familia contraerá matrimonio con el hijo de Takashi, lo cual servirá de nexo de unión a la desgraciada historia de amor experimentada por sus respectivos padres que emanó bajo el influjo de una rígida tradición que impidió que se consumara un matrimonio que hubiera traído la felicidad, en lugar del vacío y la desgracia impuesto por las ancestrales costumbres del Japón imperial.

Un amor inmortal

El carácter desgarrado que brota de la trama en la que la frustración y la infelicidad campan a sus anchas a lo largo del metraje se adorna con una sorprendente banda sonora de reminiscencias flamencas que hace las veces de una especie de narrador omnisciente que acompañará la tormentosa existencia de los personajes. Kinoshita empleó así la garra y fuerza trágica desatada por las melodías flamencas de guitarra golpeadas por un atronador ruido de castañuelas para enardecer las soterradas pasiones y aversiones con las que pintó este exquisito y nostálgico cuadro histórico y étnico que es Un amor inmortal. Y es que la cinta es sobre todo un profundo melodrama que pone de manifiesto la capacidad de una sociedad irracional y dictatorial para destruir las vidas de sus moradores a base de sentar los mandamientos fundacionales de la misma en el odio y el resquemor. Así una vida amparada en estas doctrinas únicamente estará abocada a un gris final en el que la aceptación de la derrota será el único camino para seguir adelante sin caer en la depresión irrefutable.

Nos encontramos pues ante una película de primera categoría rodada como los ángeles por un Keisuke Kinoshita en pleno esplendor artístico y dialéctico que a pesar de poseer numerosos vínculos comunes con gran parte de los complejos melodramas japoneses filmados en los años cincuenta y sesenta por otros grandes autores como Mikio Naruse o Yasujiro Ozu mantiene la frescura que otorga el descubrimiento de una obra capital y singular del cine procedente del lejano oriente. Una cinta que no defraudará a los amantes del gran melodrama clásico japonés que ofrece un perturbador retrato de las miserias y sacrificios que tuvieron que padecer las clases menos pudientes del Japón Imperial para que sus vástagos pudieran disfrutar de la ansiada libertad que vendría tras la ruptura de las cadenas de la tradición con el advenimiento de la modernidad aterrizada en el país del Sol Naciente en los años sesenta.

Un amor inmortal

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



2 Comments

  1. Rémy wrote:

    ¡Me la apunto! Un director que desconozco bastante y debo remediarlo :)
    Gran reseña, me encanta vuestra página web donde he descubierto más de una joya gracias a vosotros.

    • Rubén Redondo wrote:

      Gracias a ti. Kinoshita es un grande del cine japonés del que poco a poco están saliendo a occidente sus películas. Seguramente habrás visto el original de La balada de Narayama (peli que reseñamos también en la WEB) y Veinticuatro ojos, sus dos películas más famosas. Esta Un amor inmortal particularmente me gusta mucho por su maravilloso ropaje visual de una envoltura ciertamente magnética, como por la fluidez narrativa mostrada por Kinoshita para describir la historia reciente del Japón de su época con una trama desgarradora y melancólica. Si te gusta (seguro que sí), prueba con estas otras pelis que también están muy bien: The River Fuefuki y Tiempos de alegría y dolor. Estate pendiente esta semana que vamos a reseñar una obra cumbre y muy desconocida del cine japonés de los cincuenta que creemos vamos a ser de las primeras web a nivel occidental de reseñar. Un abrazo!

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