Uberto Pasolini… a examen

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El italiano Uberto Pasolini es uno de esos personajes a los que realmente se les nota el amor por el cine más allá de consideraciones comerciales (las cuales, obviamente, casi siempre han de existir, sea en mayor o en menor medida). Merced a su prosperidad socioeconómica como individuo, que él mismo reconoció cuando le entrevistamos y en cualquier caso se trasluce por su título de conde, ha podido ejercer la tarea de productor en numerosas películas. Algunas han tenido éxito de taquilla y crítica, como aquella Full Monty que rompió barreras al conjuntar crónica social con comedia. Otras han pasado sin pena ni gloria, como la descafeinada versión de Bel Ami con Pattinson como protagonista. Pero quizá por su ascendencia cinematográfica en la persona de Luchino Visconti, que era hermano de su abuela, tiene el instinto de saber en qué proyectos debe dar un paso adelante e involucrarse más profundamente, desempeñando la tarea de un verdadero autor. Estos días se estrena en España Nunca es demasiado tarde, su segundo proyecto como director y guionista, que cuenta la gris existencia de un individuo que se dedica a contactar con los allegados de aquellas personas que mueren solas para que acudan al funeral. Un relato que llama la atención por centrarse en alguien fuera de todos los focos, alguien de quien la sociedad no sabe de su existencia, un tipo sin amigos ni familiares cercanos y que, como los fallecidos con los que trabaja, atraviesa una terrible y larga época de soledad.

Sin embargo, no es la primera vez que Pasolini dirige su mirada cinematográfica hacia un personaje de estas características. Por desgracia, seguro que muchos de nuestros lectores no conocen la ópera prima del cineasta afincado en Inglaterra, ya que se trata de una obra inédita en nuestro país. Hablamos de Machan, film basado en la historia real de un grupo de individuos de Sri Lanka que, tratando de huir de la pobreza de su país hacia un futuro mejor, se hicieron pasar por jugadores de balonmano para disputar un torneo en Alemania. Una historia que golpeó tanto el corazón de Pasolini que sintió la necesidad de tomar los mandos del proyecto y debutar en el terreno de la dirección. En 2008, la película dio a luz en el Festival de Venecia, donde fue ovacionada por los que estaban frente a la pantalla. Algo que en otro caso no sería muy a tener en cuenta, pero que en esta ocasión otorga la razón a quienes juntaron las palmas de sus manos para reconocer la valía de la obra.

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Los primeros planos de Machan ya muestran perfectamente lo que pretende transmitir Pasolini. En la primera secuencia vemos a un perro escarbar entre la basura mientras unos policías advierten a una mujer y su hijo de que no se puede dormir en la calle. Acto seguido, el can hace sus necesidades en la pierna de Stanley. Éste corre raudo a limpiarse, pero su amigo Manoj le advierte de que puede ser un signo de buena suerte. Tras una conversación, descubrimos lo que pretenden nuestros protagonistas: huir de Colombo, capital de Sri Lanka, para inaugurar una nueva vida en Europa Occidental.

A través de ese punto de partida se desarrolla el argumento de Machan que, como en Nunca es demasiado tarde, no escatima en ofrecernos una crueldad tamizada, en el sentido de que pretende golpear desde una perspectiva creíble y sin hacer uso de situaciones que muchas veces desnaturalizan el propósito de la obra. No nos encontraremos, pues, violencia, villanos o situaciones de extrema necesidad que intenten forzar la lágrima del espectador, sino que intenta reforzar sus intenciones desde un punto de vista calmado y haciendo ver la realidad del país de la manera más auténtica posible. Y la mejor manera para conseguirlo no sólo es rodar en el propio lugar de los hechos, sino también hablar con la gente de la ciudad para intentar reflejar lo mejor posible el nivel de vida y las esperanzas que de cara al futuro tienen sus habitantes. Como consecuencia de ello y salvo algún caso excepcional, la gran mayoría del reparto tuvo aquí su primera y prácticamente única experiencia actoral. Gente de la calle para interpretar a gente de la calle, en pocas palabras. Garantía de éxito para la credibilidad de su mensaje.

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Ambos proyectos comparten más nexos de unión que la mera conducción del relato. Por ejemplo, el tema de la soledad también se trata de un cierto modo en Machan. Pese a que casi todos los personajes principales residen en sus respectivos domicilios con familiares, llama la atención la ausencia de un matrimonio sólido. Ni siquiera el propio Priyal, que trabaja como gigoló al servicio de turistas germanas y que mantiene una relación con una joven a la que pretende llevar al altar, puede constituirse como un individuo socialmente próspero. Y si atendemos al propósito último de la cinta, como es el de la emigración para buscar una nueva vida, el factor soledad se incrementa todavía más: sólo uno de los personajes (el más solitario de todos, para más inri) se plantea en un principio quedarse en Colombo para renunciar a irse del país. Todos saben que allá donde acudan serán ciudadanos de segunda, sin familia ni amigos, vivirán apartados del mundo social. Pero, como el protagonista de Nunca es demasiado tarde, ponen sus principios y lo que se debe hacer por encima del interés personal de uno mismo. Generosidad frente a egoísmo, una vez más.

El resultado final que arroja Machan es el de una película notable, realizada con mimo, que sabe transmitir una historia de manera noble y sin artificios, que pese a lo oscuro de sus protagonistas sabe, a base de trabajo, lograr empatizar con el espectador. Pasolini no busca huir de algunas fórmulas argumentales típicamente cinematográficas (personajes a los que les sale mal una cosa, lo intentan mil veces y al final con un golpe de suerte o de ingenio consiguen su objetivo), pero sabe manejarlas para evitar caer en lo irreal. Tal y como sucede con su última película, el italiano toma un punto de partida de poco interés para transformarlo en una película más que interesante, bien dirigida y, sobre todo, aunando estilo dramático con un argumento de base casi documental. Lástima que, como hacíamos referencia al principio, no podamos disfrutar de esta cinta en nuestro país. Máxime cuando se podía haber vendido perfectamente desde la óptica del balonmano, deporte con el que España ha cosechado muchos éxitos tanto a nivel de selección como de clubes. En cualquier caso, cualquiera que pueda acceder a esta película de una u otra manera se encontrará con un producto honesto y cuidado hasta el límite, una historia real tratada con realismo. Una película injustamente olvidada.

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