Tom of Finland (Dome Karukoski)

Touko Laakson militó como teniente finlandés durante la Segunda Guerra Mundial, casi fue un héroe condecorado por su país, perdedor y aliado temprano de la Alemania nazi. En su oficio de profesional publicitario demostró buenas dotes como ilustrador, pero ante un gobierno que prohibía las libertades para los homosexuales, trató de pasar bajo el radar y no militar como un estandarte de la lucha por sus derechos. Pudo ser el gran ilustrador de los gays. De hecho, observando mucha iconografía posterior relacionada, probablemente ese estatus sí que lo consiguió.

La cartelera cada vez se hace más pequeña para lograr estrenar la cantidad de producciones que se acumulan una semana tras otra. Es gracioso que Tom of Finland aparezca en las salas tras la resaca por los festejos del orgullo de días anteriores. Pero lógicamente, con la fiesta que había en las calles ¿quién se iba a meter en un cine a verla? Así que por azares circunstanciales llega estos días a las pantallas el séptimo largometraje de Dome Karukoski después de El gruñón, primer film suyo que se vio por España comercialmente. Aquella era una producción de 2014 que sorprendió porque se trataba de un film descompensado entre el drama y la comedia un poco negra. Porque tenía detalles brillantes dentro de un tono convencional. Y tal vez por parecer un homenaje involuntario a Paco Martínez Soria, o tal vez a sus personajes desde La ciudad no es para mí, con cincuenta años de retraso, a miles de kilómetros de distancia y temperaturas bajo cero.

El realizador demuestra su profesionalidad, pericia cinematográfica y respeto por llevar a imágenes un guión interesante. De esta manera aborda la biografía del dibujante finlandés con un tratamiento distinto al de su obra precedente. Con una trama verídica que, tal vez, habría hecho las delicias de Rainer Werner Fassbinder o Ken Russell, dos cineastas que abordaban la cultura homosexual, junto a las manifestaciones eróticas de sus personajes, con unas miradas libres, desinhibidas e incluso delirantes. Aunque ahora no sea esta la vía escogida, un poco de los dos realizadores sí que se halla en el retrato del artista finlandés, con cierto tono existencial y lúdico sobre su vida.

El director se lanza con un film biográfico de otra época, como los que hacía Oliver Stone con su tono épico enfocado a figuras de la cultura popular norteamericana, gente como Jim Morrison o Ron Kovic. Elementos que se suman a la mirada respetuosa, ligeramente moral y sentida de Clint Eastwood, acerca de genios decadentes como Charlie Parker. Unido al músculo visual de Paul Verhoeven. Es obvio que por ser un cuarentón reciente, el aprendizaje cinematográfico de Dome Karukoski pudiera proceder de la visión de esas películas producidas a finales de los ochenta y primera mitad de los noventa. De aquellos maestros adquiere una dirección con actores entregados, de los que destacan el protagonista Pekka Strang, espectador y motor de la narración. Apoyado por Jessica Grabowsky en el papel de su hermana. Entre los dos sustentan la mejor relación de personajes contenida en el guión, un relato familiar que evoluciona con sus encuentros y disputas.

La cinta paga su peaje al asumir la condición de abarcar una vida, desde los años cuarenta hasta el fin de los ochenta. Pero mantiene en todo momento el interés con dos partes diferenciadas. La primera durante la contienda bélica, quizás más oscura, libre, siguiendo a Tom con una progresión humana creíble en sus pensamientos y acciones. Rozando la genialidad y sutileza dentro del aspecto marginal de las incursiones nocturnas en parques. Junto a esas secuencias directas y apasionantes cuando aterriza el paracaidista abatido. O la visita a un bar que —supuestamente— parece ser apropiado para clientes homosexuales.

A continuación transcurre un interludio en Berlín que añade nuevas relaciones personales y una crítica certera contra las sociedades alemana y finlandesa. Después el tono del film resulta más cercano al modelo estricto del biopic, cuando toda la acción se traslada a Estados Unidos aunque, curiosamente, haya sido rodado en otros lugares, como Pozuelo de Alarcón. Esta segunda parte cumple su cometido para informar de la importancia cultural de Tom of Finland, pseudónimo con el que firma las ilustraciones de hombres musculosos, vestidos con prendas de cuero y en actitud lúdica. Revisando sus dibujos es como se percibe la influencia publicitaria, cinematográfica, musical y en medios como el comic, sin olvidar a dibujantes españoles como Nazario, Gallardo y colaboradores de Makoki o El Víbora. Una expresión artística marginal en su difusión, destrozada por el SIDA durante su primera etapa letal. Una tendencia estudiada ahora con justicia, por haber supuesto una ayuda en esa salida mundial del armario.



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