The Square (Ruben Östlund)

The Square es un espacio geométrico donde se respeta el pacto social colectivo al igual que en un paso de peatones, asumiendo todos y cada uno de los componentes de la sociedad los mismos derechos y obligaciones. Digamos, un lugar de confort y seguridad, que representa la máxima expresión de un temperamento escandinavo en esa seña de identidad tan suya: la corrección política. El desapasionamiento. La fuerza incontenible de nuestra naturaleza, como animales que somos, no se liberará sino en circunstancias límite, ante la perpetración de la violencia sobre un miembro de nuestro grupo.

Pero esta sociedad, que cacarea mucho sobre confianza en el prójimo, humanidad y derechos, no integra en esa colectividad al común del género humano, sino únicamente a los socios de una élite burguesa urbana e intelectualmente potente. Indigentes e inmigrantes no son reconocidos por el clan ni tampoco aceptados dentro del cuadrado, ese espacio blindado que protege al estamento de la progresía. Tampoco son aceptadas personas con determinados trastornos neuropsiquiátricos —síndrome de Tourette— en un mundo donde no hay lugar a la improvisación o a lo espontáneo e impredecible.

Los discursos del director del museo de arte contemporáneo, el X-Museum de Estocolmo, dan cuenta de ello. En apariencia, una presentación desenfadada, una reunión informal entre iguales, implica detrás todo un trabajo de concreción milimétrica de cada gesto, palabra y expresión. Es lo grande de la película de Östlund. Retrata al ser humano como individuo absolutamente mediocre en su intimidad, reconocido como genio en sociedad, en una sátira sobre el esnobismo artístico como tapadera de nuestra propia vulgaridad.

Claes Bang, el conservador y director del museo, interpreta a Christian. Un triunfador según todos los parámetros. Guapo, inteligente, económicamente sobrado, seductor. Representa en cierta medida el morbo del poder. Pero su poder sólo radica en sus etiquetas. Porque Christian es en realidad un ser patético. Todo el público, el del patio de butacas, se reirá a su costa. Incapaz de expresar emociones, dentro de las fronteras de la corrección social, su naturaleza animal entra en conflicto con sus reflexiones morales y sus prejuicios. Los prejuicios que todo su linaje, sus iguales, ocultan, pero que determinan muchas de sus conductas. No hay nada que pueda desacreditar sus refinadas formas. Otra cosa es lo que les ocurre a los personajes detrás de bambalinas. Las apariencias son la coraza de estos individuos, sometidos a la tiranía de la corrección, que es en definitiva en lo que se basa la película.

De eso es de lo que no se percatan. De sus propias limitaciones. De que esa falsa sensación de libertad está amordazada por sus prejuicios y por la manera en que deciden repartirse roles y convivir en sociedad. Y al final, resultará que el arte en sí —y el desenfreno de fiestas privadas de techno insoportable— será el único vehículo que encuentren para expresar realmente lo que les dé la gana, traspasar tabúes e infringir límites. ¿Cómo lo hacen? Revelando su propia naturaleza egoísta: todo vale, a costa de lo que sea, del daño al prójimo si acaba monetarizándose —en esa jerga tan de Youtube—, con tal de que el éxito sea total, inmediato, viral, aunque efímero. A sí mismos, incluso, se reconocen como buitres de la cultura. Pero han de dar apariencia de lo contrario. El arte contemporáneo, donde no valen censuras, solo es una excusa donde refugiar lo peor de la humanidad, pero engañando al público y convenciéndole justamente de lo opuesto: el arte os humanizará.

En el desarrollo del guión de The Square, una palabra difícil se me viene a la mente. Disquisición: «examen o explicación minuciosa, detallada y rigurosa sobre una materia, especialmente si se aparta del tema principal del que se está tratando». Porque el guión parte de una idea central, representada en una figura geométrica que da nombre tanto a la película como a la exposición de arte que preparan los responsables del museo, pero que se detiene además en todo lo colateral, desde lo más insignificante en sí para la argumentación de la propia trama, como en lo más mundano. La película no se pierde en derroteros. No es esa la idea. Pero sobrevuela toda una serie de situaciones, la mayor parte de ellas muy absurdas, hilarantes, que no prestan contenido a la historia principal, sino que se utilizan para radiografiar a unos personajes —de ahí esos primeros planos tan incómodos— repetimos, muy mediocres e inseguros en realidad, pero protegidos bajo un falso ceremonial, la del burgués liberado y cosmopolita de una ciudad, Estocolmo, cuna del bienestar, las libertades y derechos.

Es mordaz, es divertida y por momentos abochorna por lo ridículo de situaciones, una detrás de otra absurdas. Desternillantes.

Su actor principal está soberbio. Los otros dos grandes nombres, Elizabeth Moss y Dominic West en realidad no hacen más que un par de cameos en una cinta cuyo peso reposa sobre las espaldas de Christian, un pobre diablo, muy bien vestido, que predica lo contrario de lo que hace: no ayuda sino daña al prójimo y además, al más débil, un niño excluido del cuadrado. Somos muy civilizados, pero en definitiva animales.

La secuencia del actor del museo imitando el comportamiento de un orangután es rompedora. Incomoda y violentísima. Pero necesaria: explica muchas cosas.

Una gran película y una brutal crítica, tremendamente irónica, que nos sacará los colores.



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