The Prodigy (Nicholas McCarthy)

Miles es un niño con dotes especiales para su edad. Dice algunas palabras a los seis meses de nacer. Resuelve juegos de construcción complejos con apenas dos años. Se comporta con sus padres a los ocho igual que si fuera un adulto. Es un chaval con altas capacidades, aunque su comportamiento con otros compañeros de la escuela, en ocasiones, sea agresivo, amenazador e incluso violento. Sus padres, John y Sarah están superados por sus reacciones, pero ¿a quién se le ocurriría pensar que pudiera tener maldad el pequeño Miles?

Un film de terror como The Prodigy necesita mantener intacta la sensación de sorpresa una vez sea estrenado, por esta razón es más provechoso no leer la sinopsis e informaciones promocionales acerca del tercer largo dirigido por el realizador norteamericano. Las piezas del guión se remueven para formar un rompecabezas simple compuesto por una pareja de treintañeros y el inquietante hijo de ambos. Estos elementos principales son los que articulan la evolución de una trama que remite a numerosas influencias genéricas de clásicos del terror, suspense y producciones dramáticas. En distintas críticas ya se han hecho alusiones a Shock de Mario Bava, aunque podrían buscarse otras fáciles como ¿Quién puede matar a un niño? o La profecía. Menos conocidos serían el cortometraje Harpya —de Raoul Servais— o El otro, sobre todo por sus ambientes enrarecidos y la reflexión sobre la infancia. En cierto modo las influencias pueden rastrearse lejanamente en un éxito de taquilla como La mano que mece la cuna. Porque a favor de The Prodigy se puede deducir que los modelos que la inspiran son interesantes, sobre todo por el reciclaje de unos referentes que mutan en la pantalla para ofrecer una película distinta, con entidad propia. Incluso una secuencia de tensión como aquella en la que Miles juega al escondite con su niñera es deudora de la reciente Un lugar tranquilo de John Krasinski. En esta, la bajada por la escalera de Emily Blunt al sótano supone un pico de suspense funcional, debido al peligro que supone hacer ruido para ser descubierta por los seres del exterior que los amenazan. Esa misma escena, rodada en The Prodigy con una escala de encuadres muy cercanos a los pies descalzos que bajan los peldaños, se transforma en algo más terrorífico en esta ocasión, puesto que ya intuimos el peligro por la cadencia en el corte de un plano al siguiente y vemos con antelación lo que sucederá, un motivo que nos deja tan indefensos como a la mujer que sufrirá en breve el accidente.

The Prodigy no destaca por el guión de Jeff Buhler, escrito con aplicación para situar todos los sustos, guiños y situaciones comunes del terror en su acercamiento a niños diabólicos. Son resortes genéricos que funcionan en su cometido para un público que busca el entretenimiento, al mismo tiempo que unos productores que desean un nuevo filón monstruoso para continuar la historia con sucesivas secuelas. Lo mejor del largo es que tiene un director con personalidad propia, visión del oficio y ganas de inquietar al espectador. McCarthty demuestra estilo en el montaje paralelo con el nacimiento del niño. Es capaz de crear un par de sustos memorables al principio para enganchar a la audiencia que busca el espectáculo de feria prometido, antes de pasar por la taquilla. Domina el tempo narrativo junto a sus montadores Tom Elkins y Brian Ufberg. Planifica las secuencias de acuerdo a la intensidad, número de personajes, escenarios y refuerza la sensación desasosegante según las necesidades, y textura de la fotografía. Sin embargo, lo más importante es cómo nos conduce al lado de unos padres que pasan del amor total a la desconfianza en el menor, sin forzar el retrato malvado de Miles, más allá de sus miradas desafiantes. Con cumbres como el juego de manos con la madre o la desaparición del perro. Todo suena familiar pero se ve diferente bajo el prisma del cineasta.

En el apartado de reclamaciones habría que notificar la imposición comercial de un final que rebaja la fuerza de la penúltima secuencia. O algún momento cómico involuntario que causó carcajadas en la sala. Pero se agradece el distanciamiento del subgénero zombis que ya cansa por repetición, para entrar en un terreno de terror puro, sin gore ni trampas descriptivas, el mismo en el que se mueven otros cineastas como James Wan o André Øvredal.



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