The Levelling (Hope Dickson Leach)

Uno de los tópicos más manidos en la valoración de una película, esencialmente cuando esta no acaba de convencer, es el recurso de la glosa de la fotografía. Ya saben, aquello de «Qué fotografía más bonita tiene», como si con ello se pudiera tapar todo el resto. The Levelling vendría a ser el caso contrario a todo esto, no porque la fotografía sea fea (en todo caso es feísta) sino porque en este caso este es un recurso cuya utilidad dota de sentido global a todo el film en lo que esencialmente respecta a la atmósfera a crear y su vinculación entre lo paisajístico y lo personal. Una puesta en escena pues, que quiere cuidar al detalle lo poético como eje principal para dejar que, lentamente, el simbolismo se infiltre en cada parte de la película.

Sí, el film de Hope Dickinson, transcurre dentro de los parámetros del drama íntimo, con silencios, pausa, estallidos emocionales, pero sobre todo se ampara en una investigación que no solo intenta esclarecer una muerte sino que, a través de ella intenta buscar luz personal en la oscuridad, la reconstrucción de un mundo destruido, la reconciliación familiar. Es por ello que la construcción de un páramo, de un (casi) no lugar post-apocalíptico es indispensable para dar verosimilitud al conflicto emocional. Y efectivamente, el paisaje arrasado, el clima gris continuo funcionan como losa y catalizadores de toda la tensión acumulada y ya de paso como retrato perfecto de los interiores atormentados de sus protagonistas.

The Levelling funciona a ritmo diésel, tomándose su tiempo para asentar las bases del drama, usando incluso para ello códigos del cine de terror, y elementos que bordean la abstracción visual. Sí, buscando deliberadamente transmitir la confusión emocional de la protagonista se incide en el plano simbólico, obviando la narración clásica, y recalcando continuamente en primeros planos expresivos todo el torrente emocional que se está conteniendo. Y así, como la indundación referencial de la película, Hope Dickinson nos prepara para, precisamente, esa inundación emocional de su desenlace, una explosión climática que no tiene tanto que ver con la pirotecnia visual como el soltar amarras interiores, el dejarse ir de una vez por todas.

Así pues The Levelling funciona como un reloj en tanto que su maquinaria formal está afinada como un artefacto de precisión para envolver con un manto turbulento a su intrahistoria. Un film pues que, amparado en su modestia, sabe jugar sus cartas cosiendo un discurso narrativo coherente, haciendo que la forma y el fondo no sean elementos a juzgar por separado sino haciendo de ellos un mix perfecto. Un film que trata ante todo de sentimientos, de la dificultad de gestionarlos y convivir con ellos tanto interiormente como en lo que a la relación familiar se refiere y que, si bien no da un halo de esperanza gratuito si trata de aportar algo de luz, ni que sea a través de la redención por el dolor. Sí, esta es una película dura, pero nadie dijo que superar la(s) pérdida(s) fuera fácil y, The Levelling, sencillamente está ahí para recordárnoslo.



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