The Dreamed Path (Angela Schanelec)

The Dreamed Path se estructura a partir de una premisa muy simple: el inglés Kenneth y la alemana Theres pasan unas vacaciones en Grecia, donde Kenneth averigua que su madre ha tenido un accidente, y se marcha dejando a Theres. Años más tarde, en Berlín, un hombre que acaba de divorciarse se instala cerca de donde vive Kenneth, ahora un vagabundo.

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Digo premisa simple porque, aunque esto podría complicarse y entrelazarse de muchas maneras, no lo hace. Hay otros personajes, sí, como el padre de Kenneth o la esposa y la hija de este hombre divorciado, pero lo cierto es que bien podrían ser personajes de películas distintas y aisladas, donde ninguno tiene que ver con los otros. Al final, el único nexo común parece ser Berlín, que es la ciudad donde todos los personajes acaban habitando.

A esto habría que añadirle que los personajes son fríos, hieráticos y teatrales hasta un punto sospechoso, tal vez en aras de conseguir un naturalismo extremo que ha resultado fallido, tal vez con el propósito de que así sean: callados, sin alma, que no sangran ni sienten, que no tienen altibajos, siempre tristes, desamparados, rectos, conformes e insensibles. Debido a esto, es imposible establecer cualquier tipo de vínculo con ellos, cualquier tipo de interpelación, y es por eso que todo acaba resultando tedioso y sin ninguna gracia. Tanto es así que no hay ninguna sonrisa a lo largo de toda la película, aun estando esta llena de niños en varios momentos. Incluso en una escena donde multitud de ellos están bañándose en una piscina, donde lo normal sería que hubiera gritos, chapoteos y risas, y lo único que hay es orden y silencio.

Como digo, tal vez sea este el propósito, el tedio. Porque definitivamente no es el humor, como podría serlo en los personajes desolados y tristes de Roy Andersson, por ejemplo, donde todo adquiere un tono tragicómico que nos hace sentir incómodos a la vez que nos saca una sonrisa. No, aquí el tedio es el propósito, y está acompañado solo por un filtro de nihilismo y unos personajes que, aunque se rencuentren después de 30 años después de haber sido amantes, solo se miran en silencio y pasan de largo.

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Porque, exceptuando este propósito, y aceptándolo si fuera el caso, no hay otros aspectos lo suficientemente fuertes que inclinen la balanza hacia el otro lado (o hay muy pocos). No hay altibajos, pero tampoco una voluntad y espíritu contemplativo donde se refuerce un paisaje o unos personajes fuertes, una imagen que sea envolvente y se baste por sí sola. No: la voluntad de hacer que esta película haga sentir al espectador como sus propios personajes parece que baste por sí sola, y parece haber necesitado una hora y media para hacerlo, cuando tal vez se podría haber contado en mucho menos tiempo. Porque existe esta creencia, muy arraigada desde siempre y no menos en estos tiempos, de que un largometraje tiene que ser siempre más importante o interesante que un corto, y esto tiene como resultado muchas películas que no saben a dónde van.

Y repito: tal vez sea ese su propósito. Pero lo cierto es que al final ya no importa lo buena que sea la fotografía, lo cuidados que estén los encuadres y la posible sutilidad de cada plano (porque, a pesar de todo, hay un trabajo delicado y preciso detrás), sino que todo esto se va rezagando detrás para que solo podamos quedarnos con unos personajes ajenos a nosotros y a ellos mismos, que dentro de un formato 4:3 usado de manera tan estructurada y alemana, no nos permite ni disfrutar de un momento. Incluso cuando creemos que esto va a ser posible por unos instantes, nos corta las alas y nos deja otra vez en el suelo, y otra vez hasta el final.

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