The Dirties (Matt Johnson)

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Con sólo 27 años, Matt Johnson irrumpió en el panorama cinematográfico con su ópera prima The Dirties, que hace acto de presencia en la sección de largometrajes de este IBAFF 2014 tras haber recorrido a su vez diversos festivales de todo el mundo y cosechar muy buenas críticas. No es para menos, ciertamente, pues estamos ante un proyecto de lo más sólido, por mucho que a más de uno pudiera despistarle la edad del director, aquí también guionista, montador e incluso actor… él se lo guisa, y él se lo come. Lo cierto es que sorprende la osadía y el desparpajo de este hombre no sólo tras la cámara, sino delante de ella, en lo que es una revisitación de las típicas comedias de instituto americanas donde los papeles de buenos y malos quedan perfectamente definidos: por un lado, los matones (los llamados “dirties”); por otro, los pringaos de toda la vida aficionados a los videojuegos y amantes de la cinefilia. No obstante, esto sería acotar muy mucho el campo de tiro del infatigable Johnson, y es que su juego pretende ir bastante más allá de una comedieta para adolescentes (aclarando, eso sí, que como tal funciona a la perfección y las risas están aseguradas gracias a la mordacidad y naturalidad de los diálogos y a la ingente cantidad de homenajes que se marca el director).

Decíamos, por tanto, que los objetivos de la cinta sobrepasan el mero entretenimiento. The Dirties no es buena por ofrecer un buen rato al espectador, que lo hace, sino por proporcionar al mismo tiempo un interesante caldo de cultivo para la reflexión o el entendimiento. En este sentido, la cinta apunta a otras dos obras de las que es deudora consciente o inconscientemente, y que son Benny’s Video, de Haneke, y Elephant, de Van Sant. Con la primera comparte el interés sociológico, por modesto que éste sea, por desentrañar las posibles razones que explican un acto de violencia puntual; con la segunda comparte contexto e incluso camiseta (¿recuerdan el toro negro sobre fondo amarillo?). Sin embargo, de la primera se desmarca en su reflexión final —no formulada, por otra parte—, al no conformarse con ese «quería saber cómo era» tan austriaco y dibujar una suerte de respuesta mixta ante un problema tan común en los EEUU como el «bullying». No se trata de justificar a nadie, sino de recordar que no son pocas las personas, especialmente entre los jóvenes, que se ven perseguidas por el simple hecho de ser como son (véase la escena de la confesión frente al fuego, donde los dos amigos charlan sobre sus circunstancias y uno de ellos recuerda hasta el apellido de sus hostigadores, sin rencor alguno).

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Así, las fronteras entre el bien y el mal se difuminan, de la misma manera en que la realidad y la ficción se entremezclan tanto en el montaje y edición de la cinta (rodada con un estilo cámara en mano semi-documental muy acertado) como en el desarrollo de una trama donde el personaje principal aspira a definirse a sí mismo a través del único lenguaje que conoce: el cinematográfico. “You’re always acting” —le espetará su amigo, no sin razón; y es que el protagonista, cínico para con los éxitos de The catcher in the rye entre los psicópatas, acabará por preguntarse acerca de su propia cordura, especialmente debilitada tras la única conversación en pantalla con su núcleo familiar, donde su madre le pondrá frente a un espejo y, sin proponérselo, le hará ver que está más solo y desvalido de lo que pensaba. En la cultura del eterno éxito social, profesional o del tipo que sea, el precio a pagar por ser quien uno quiere puede salir demasiado caro. Que se lo digan, si no, al protagonista de esta obra, otro Holden Caulfield que busca su sitio y fracasa estrepitosamente. Para desgracia de las víctimas colaterales de su sufrimiento.

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