Sitges 2018: De festival a experiencia

Ante un panorama como el que presenta Sitges edición tras edición en los últimos años, resulta difícil no rendirse ante la evidencia de que el festival presidido por Ángel Sala se ha ido transformando, cada vez más, en una experiencia. Y no hablo de la experiencia que supone poder ver de cerca ciertas personalidades —y no, tampoco hablo de verlas en la lontanza de un Auditori lleno hasta la bandera, más bien de encontrártelos por la calle como quien no quiere la cosa: desde aquellos que vienen a presentar óperas primas, hasta nombres de la talla de Álex de la Iglesia o Gaspar Noé—, lo hago de cómo el cine de género se transforma en un bastión irreductible durante poco más de 10 días, transitando en toda dirección posible —hasta en ocasiones apenas sugiriendo aspectos— y dejando nombres célebres y por descubrir en algo que se alza como más que una recopilación de títulos: termina sintiéndose una aclamación al género desde todos los puntos de vista posible.

Sí, cierto, querer abarcar todo aquello que se desea, incluso con errores palpables de programación —desplazando títulos muy interesantes a horas intempestivas, y ya no hablamos de films que llegarán a cines como In Fabric High Life, ambos de reputados cineastas, sino de pequeños títulos como LuzO clube dos canibaisPossumMay the Devil Take You—, es un imposible se mire como se mire, pero tan cierto es como que la variedad que propone acaparando tantísimos frentes permite dotar de una diversificación bastante estimulante al marco del propio certamen.

Más allá de todo ello, Sitges ha sido, un año más, espacio para la polémica. Una polémica menor al fin y al cabo —nada que ver con aquella querella archivada por la proyección de A Serbian Film—, pero que alude a aspectos proclives al debate, y es que el ya manido ‹affair› Bocadillo debería hacer replantear al festival qué uso quiere darle a sus salas y a sus espacios —sobre todo teniendo en cuenta que uno de tantos cineastas que desean estar en Sitges sí o sí, bien podría haber ocupado ese hueco horario en el Retiro—, aunque en ningún caso ello justifica las quejas de espectadores que acudieron a susodicha proyección: debe haber, de una vez por todas, una responsabilidad por parte del espectador en las sesiones a las que acude —eso es como si servidor se quejase de cuando fue a ver esa abyección llamada Martyrs—. Por otro lado, aunque más ligado a esa faceta de festival-evento, tampoco ayudan acontecimientos como el concierto de John Carpenter en Auditori, que tuvo durante más de medio día la sala ocupada —con, en efecto, la posibilidad de realizar menos proyecciones—, aunque no será servidor quien se queje demasiado sobre este tema, cuando a primerísima hora ya estaba esperando a que abrieran las puertas.

Dicho lo cual, uno se queda con la multitud de perspectivas propuestas —y es que en Sitges cabe todo, desde films que parten de cierta abstracción como FonotuneMandy, hasta títulos más festivos como The Night Comes For UsNación salvaje—, con el reencuentro que suscita Sitges —y el hecho de conocer a gente que llevan siendo malditos desde el primer día, como nuestro Reverendo Dani Rodríguez— y con poder compartir junto a grandes cinéfilos y mejores personas —como el acompañante en esta cobertura, Don Àlex Lascort— la algarabía que supone el festival. Y ahora, cómo no, antes de poner el reloj con la consabida cuenta atrás, vamos con un par de tops imprescindibles de este, nuestro Sitges Film Festival.

 

Top 5 — Imprescindibles

Mandy (Panos Cosmatos) — Lo de un cineasta como el autor de Beyond the Black Rainbow sonaba prácticamente a confirmación en toda regla, y es que tras levantar el ánimo de Cannes, esta oda a un Nicolas Cage desenfrenado (más que de costumbre, sí, más) partía como uno de los títulos de la temporada, y así fue. Lo mejor es como el italo-canadiense es capaz de modular un cine que en ningún momento se deja llevar por la icónica figura del actor, componiendo un universo tan quimérico como personal e imperdible.

Dilili à Paris (Michel Ocelot) — Poco podemos decir a estas alturas de un cineasta ya consagrado en el terreno de la animación como Michel Ocelot, pero lo cierto es que su último trabajo supone una de esas sorpresas inesperadas del año; y no porque no conozcamos sobradamente el talento del galo, sino por el hecho de que en Dilili à Paris rebasa expectativas con una refinadísima animación que se erige como una magnífica oda (de odas parecía ir Sitges) a la ciudad de París: un París por el que perderse definitivamente durante 90 minutos, sin querer despegarse de la pantalla por un solo momento.

Un couteau dans le coeur (Yann Gonzalez) — El responsable de Les rencontres d’après minuit volvía a Sitges con lo que parecía la ocasión perfecta para reencontrarse con su cine: un ‹giallo› de autor conducido por el talento de Vanessa Paradis, que se encuentra con un personaje ideal para ella. Pero más allá de las constantes del género, Gonzalez compone un film que sabe implementar los suficientes temas y capas como para crear un híbrido tan estimulante como enriquecedor para el género.

Climax (Gaspar Noé) — El gran vencedor de esta última edición del Festival de Sitges es un Gaspar Noé que continúa indagando en esa Francia cada vez más irónica desde su ácida perspectiva, pero además vuelve a escenarios consabidos sin que su nuevo trabajo se pueda resentir por un momento. Solo un cineasta así podría ser capaz de coger de nuevo su propio sello, aplicar apuntes que enriquecen su visión, y sumergirnos en otro viaje asfixiante que vuelve sobre sus propias perversiones. Climax es, en esencia, el epílogo destructivo de Noé. Ahora, eso sí, toca dar un paso al frente.

An Evening with Beverly Luff Linn (Jim Hosking) — Ser fan de Aubrey Plaza no está pagado, y es que si bien de vez en cuando uno se encuentra con ciertas sorpresas, también hay que lidiar con según qué cosas. Una de ellas era enfrentarse a un cineasta, Jim Hosking, que venía de rodar The Greasy Strangler —que en su día deseché por ciertos motivos—, y que se confirma con la comedia de 2018, esta An Evening with Beverly Luff Linn donde el ‹timing› cómico es su mayor aliado, y hay que ver ni que sea por el esperpéntico personaje interpretado por un Sam Dissanayake imperdible, de antología.

 

Top 5 — Purrusalsa

Pig (Mani Haghighi) — Encabezando un top ya mítico Sitgesiano —desde aquel no menos mítico tuit que nos descubría el palabro por allá en 2014— nos encontramos con un iraní con ganas de sumergirse en tantos frentes, que termina por estrellarse irremediablemente. Ni la comedia funciona, ni el misterio (o thriller, o lo que sea) tampoco, ni mucho menos un discurso que se cae por bobalicón y obvio. Todo ello sin olvidar a uno de los peores actores (en efecto, mejor actor escogido por el jurado) que hayan podido ver estos ojos en años de certamen.

Buybust (Erik Matti) — No sabría decir en este caso si nos encontramos ante una purrusalsa, o una anti-purrusalsa, porque al fin y al cabo no es que el mezcladillo de Erik Matti resulte demasiado indigesto, pero sí cabe destacar la prueba irrefutable de que algo no funciona en Buybust: durante su abultado metraje repleto de escenas de acción y ¿coreografías? apenas se oyeron aplausos en un certamen como el de Sitges, donde todo es festividad y jaleos en cuanto un puñado de gente decide zurrarse la badana (más, si son orientales). Para olvidar.

Nekrotronic (Kiah Roache-Turner) — Tras el debut tan divertido que supuso un film como Wyrmwood, Roache-Turner regresaba junto a una actriz indispensable como Monica Bellucci. En efecto, el ‹aussie› vuelve a reformular mundos ya conocidos, pero lo hace sobreexplicando, hastiando y dedicando demasiado tiempo a definir los lindes de algo que no interesa. Porque, en el fondo, lo que le falta a un film como Nekrotronic es su vertiente más lúdica, más festiva, y eso apenas aparece en un par de momentos que son insuficientes en el cómputo global.

Suspiria (Luca Guadagnino) — No es que en la nueva versión de Suspiria uno buscase comparativas absurdas con el icónico film de Dario Argento, e incluso sabe mal ver que un cineasta que sabe cómo y dónde colocar la cámara con tanta firmeza termine fuera de sí ante un film que pervierte constantemente su tono, no sabe encontrar el equilibrio necesario y, para más inri, lo remata todo con un clímax donde la empanada mental se concreta en una secuencia con ínfulas ‹arty› que es para, directamente, exigir dimisiones.

The House That Jack Built (Lars Von Trier) — Como dijo acertadamente un colega tras verla en Cannes, «que se busque un cura el amigo Von Trier». Porque puede que The House That Jack Built sea (en parte) lo que se pedía, pero al final se termina perdiendo en un autoexorcismo que sólo interesa por su pretendida provocación, que al fin y al cabo, a aquellos que tenemos el culo pelado de ver cosas así en Sitges, no nos da para más que alguna que otra sonrisa inocente. Lo dicho, agota y termina resultando un mezcladillo que no va a ningún lado… que no sea afianzar el sempiterno ego del danés. A otra cosa.



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