Silvio – y los otros (Paolo Sorrentino)

La 19ª edición del DRAE de 1970 definía el término esperpento como el «género literario en el que se deforma sistemáticamente la realidad, recargando sus rasgos grotescos y absurdos, a la vez que se degradan los valores literarios consagrados; para ello se dignifica artísticamente un lenguaje coloquial y desgarrado, en el que abundan expresiones cínicas y jergales». A priori, LoroSilvio (y los otros) en España—, el último relato alucinado de Sorrentino, podría contener todos y cada uno de los elementos de esta definición si cambiamos, como es lógico y ‹mutatis mutandi›, literario por cinematográfico: en dicho relato presumiblemente se deforma sistemáticamente la realidad recargando sus rasgos grotescos y absurdos, se degradan los valores cinematográficos consagrados, se dignifica artísticamente un lenguaje coloquial y desgarrado, y en él abundan expresiones cínicas y jergales.

Todo esto podría ser así si no fuera porque del personaje retratado es imposible hacer una sátira. Podría parecer una burla con ánimo crítico, un esperpento, pero no lo es; resulta que ni siquiera se lo propone.

Silvio no se deja atrapar, impone su simulacro, su verdad mentirosa, su líquida posverdad. Quien pretenda retratarlo acabará siendo víctima de un modo u otro de su puesta en escena, de su caleidoscópica representación cambiante a su antojo en la que no le importa hacer el ridículo (siempre a los ojos de los otros) y en la que es imposible ofenderle porque verdaderamente lo que opinen los demás nada le importa: la inmediatez de sus impulsos es lo único que prevalece. Se mueve el ex ‹Cavalieri› como pez en el agua en la virtualidad actual de esos negocios, finanzas, medios y política, que, como él, y en palabras de Baudrillard, son ya hoy por hoy sistemas inasibles y que maneja casi también virtualmente desde su edén sardo. Y el retrato de Sorrentino, interpretado por un genial Toni Servillo, no es sino otro reflejo más del juego de pantallas espejo en el que cuando parece que vislumbramos al auténtico Berlusconi más allá del personaje se vuelve a deformar una y otra vez, una y otra vez, dejándonos siempre con la misma sensación de que jamás podremos conocerlo verdaderamente más allá de esa fábula impostada, de esa continua peripecia hiperreal casi circense. El director lo tiene claro y él mismo declara que su película «no es un ataque a Berlusconi». Consciente en todo momento de la naturaleza del objeto representado afirma: «No es un film ideológico. No tenía sentido hacerlo».

Nadie, por otra parte, tan apropiado como el a veces frívolo y siempre esteta director napolitano para reflejar esa no-realidad intangible tan posmoderna y ese mundo tan barroco y tan pop, trepidante y fastuoso, tan grandioso y tan hortera, tan lleno y tan vacío al mismo tiempo, tan de videoclip, de anuncio publicitario de Dolce&Gabana, de programa de Mediaset. Sorrentino parece recrearse en un derroche desenfrenado de medios, de localizaciones insólitas, de personajes extremos.

En declaraciones a la prensa defendió su acercameinto al empresario y político italiano como una aproximación a sus sentimientos, «desprejuiciado y articulado a través de la ternura». De hecho, nos da la sensación todo el tiempo de que Berlusconi es como un niño. Todos los personajes (Loro, los otros) son en realidad como niños desesperados deseando formar parte de algo, deseando poder conectar con algo, llenarse de algo. Todos esos seres decrépitos tan “sorrentinianos” drogados hasta las cejas bailando al son de una trepidante música electrónica son cadáveres exquisitos de eternos ‹teenagers› que nunca crecerán, incapaces de asumir las demandas de una vida adulta y responsable, perdidos en el laberinto de su dolor de criaturas heridas, tratando desesperadamente de ser reconocidos, de sentir cosas, de sentirse vivos. Pero sólo Lui (Él) lo consigue, sólo él, movido por una fiebre imperial desmedida cual Tiberio, Calígula o Nerón contemporáneo, tiene todo el poder, la fama, el dinero en cantidad desmedida; sólo él se puede permitir tener un tiovivo en su jardín, y la réplica de un volcán que estalla en fuegos artificiales a golpe de mando a distancia. Queda patente su superioridad cuando le espeta a su proxeneta particular: «Ah, y no quiero drogas en mi casa, nada de drogas, no las soporto». Lui no las necesita.

El propio Sorrentino califica el escenario en el que transcurren los acontecimientos como «amoral, decadente, pero extraordinariamente vital». Berlusconi fue, en medio de la voracidad desesperada y chanchullera de una Italia a la deriva y aboslutamente corrupta, el ídolo de esa masa de zombis hambrientos, un superhombre que ejerció sin contemplaciones su voluntad de poder, y hay en ello realmente una vitalidad furiosa y desmedida, aunque esa vitalidad vaya en contra de todo principio ético.

Lo que el director planteó en su país como un díptico compuesto por dos películas diferentes: Loro I y Loro II, estrenadas con apenas unas semanas de diferencia, se convierte para la distribución internacional en un sólo largo de 150 minutos. Ignoramos cómo funcionan las dos partes por separado pero en efecto en la versión única es evidente el salto entre ambas. Hay una primera mitad en la línea de La Gran Belleza pero si cabe más eléctrica, de relato deslavazado, hecha como de pequeños fragmentos sin demasiada articulación entre sí, de narrativa dispersa y sensacionalista, casi pornográfica. Es en la que durante algo más de una hora Silvio se hace esperar y acompañamos en su búsqueda, en su ansioso deseo de llegar a él, a Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), proveedor de prostitutas de lujo inspirado en el empresario del entorno de Berlusconi, Gianpaolo Tarantini, encarcelado en la vida real por tráfico de cocaína. En la segunda parte, el ritmo se sosiega y el relato gana peso, como queriendo profundizar centrándose en el personaje.

Y cuando parece que lo tiene contra las cuerdas y por fin vamos a verlo caer, en ese momento que relata el film en el que parece que se le resiste su vuelta al gobierno (además de alguna veinteañera con más cerebro que silicona) y se le complican los procesos judiciales y a través del personaje contrapunto de su esposa parece que no va a poder evitar confrontar sus pecados y sus debilidades (las que ella cree ver), el gran Silvio se revuelve evitando su desnudo, riéndose de sí mismo en su propio reality y recordándonos que todo en él es impostado, que no hay tales quiebres, que la vida hay que vivirla y es un espectáculo. Que no hay persona detrás del personaje, o más bien, que en este caso persona y personaje no se diferencian.

En sus notas el laureado realizador recurre a una frase de Hemingway para describirlo: «No hay nadie que viva su vida hasta el fondo, excepto los toreros». «Quizá», sugiere, «la imagen más verosímil que se pueda tener de Berlusconi sea esa, la de un torero». El regidor napolitano resucita así al ex mandatario, casi retirado de la escena pública en la vida real, y le devuelve al ruedo, un protagonismo que por naturaleza le corresponde. Y no importa si es verdad o no lo que cuenta. Importa menos que nunca. Ya lo advierte al principio: «Todo documentado. Todo arbitrario».

Como si fuera cierto el famoso determinismo teconológico de McLuhan («Somos lo que vemos»), uno se queda tras el visionado de Loro con la sensación de haberse prostituido también, como las ‹scorts› que acechan a Silvio, como los senadores que se cambian de bando. Hipnotizado por los trucos de un Sorrentino en estado de gracia, uno se siente sucio por haber sucumbido al casposo pero al fin y al cabo fascinante universo del cínico magnate que parece sin medida conseguir todo lo que se propone, incluso hasta caernos simpático, a pesar de saberlo patético y deleznable, y sale de la sala de cine entre eufórico y de bajón, como después de una noche de drogas de síntesis y sexo sin amor.

Junto a ciertas píldoras de realismo mágico aparentemente absurdas pero de un claro simbolismo, únicamente los últimos minutos de la película —los mejores por cierto, en los que el director demuestra definitivamente su maestría y se sacude la duda de haberse prodigado en frivolidades innecesarias que no derivaran estrictamente de una perfecta conjunción de forma y fondo—, podrían salvarnos moralmente, salvan de hecho a Sorrentino de una complicidad reprochable en un gesto señalador de los verdaderos “otros”… Pero nos acecha la tentación de hacer como si no los hubiéramos visto, como cuando uno todo ‹fancy› sale de un local vip embriagado de ginebra cara y polvo blanco y se sube divino a un taxi haciendo que no ve la mierda que ha estado a punto de pisar con los zapatos relucientes made in Italy. Y si el mojón está en los jardines de Silvio y le avisa su adorable nieto de haberlo pisado siempre puede ser un montón de tierra. Nada es vedad o mentira, todo depende de la convicción con que se diga: «Il nonno non ha pestato una cacca, è solo una zolla. La verità é frutto della convinzione del tono con cui la stai affermando…».



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