Shadow (Lorenzo Recio)

Shadow

Shadow emerge como una pequeña sorpresa dentro del más que trillado marco del cortometraje. A pesar de su nacionalidad francesa, su envoltura tanto externa como interna resulta más próxima al cine oriental gozando pues de todo ese magnetismo que su exótico caparazón segrega a los ojos de un espectador occidental. Así, la obra arranca explorando un crepuscular y decadente espectáculo de sombras chinescas, sin duda un arte arcaico cuya poesía carece de atractivo en las modernas y tecnológicas culturas contemporáneas. A pesar del poder de hipnosis que las marionetas desprenden, apenas unos pocos espectadores acuden a su cita con este arte milenario. Empero al escaso éxito que parece albergar esta apuesta, el joven Xiao Shou no renegará en su empeño de triunfo artístico y por este motivo decidirá acometer una nueva obra con la esperanza de alcanzar ese triunfo que parece rehuirle. Inmerso en el diseño de su nueva protagonista de papel y cartón, Xiao tomará un pequeño respiro saliendo a comprar unas viandas para reforzar su vacía nevera. Y en este impás algo sucederá de repente. La mirada del artista cruzará su destino con el de una joven de cabello rubio y piel pálida como la nieve. El imberbe maestro ha encontrado a su musa de carne y hueso… así como ese aroma que el amor platónico proporciona justo a partir de ese fugaz instante.

El titiritero seguirá los pasos por tanto de esta diosa de rasgos orientales hasta una lujosa perfumería en la que trabaja la bella deidad. Tras una breve presentación los novicios quedarán para tomar al día siguiente un refrigerio. Pero la mala suerte se ceba con la creación. Y es es Xiao Shou inmerso en su éxtasis sufrirá un violento accidente una fría y enigmática noche mientras conduce su moto. En el suceso una barra de hierro atravesará su cabeza y, sin embargo, a pesar de lo aparatoso de la vicisitud, el joven permanecerá con vida aunque con una cicatriz sanguinolenta adornando su cráneo. ¿Cómo puede sobrevivir un ser humano a tamaña lesión cerebral si no es bajo el influjo de un bello sueño en el que el amor y la pasión atemperarán los influjos del propietario de la siniestra guadaña?

Shadow

Sin duda Shadow es un cortometraje complejo e inmensamente bello desde el punto de vista visual. Puesto que uno de los puntos fuertes que ostenta esta sorprendente propuesta es su cuidada y académica fotografía de tonos ocres y oscuros que evoca a los mejores trabajos del maestro Christopher Doyle para Wong Kar-Wai. Pero por otro lado, no son únicamente las virtudes visuales las únicas bondades que posee esta más que interesante cinta. Y es que Shadow emerge como una ponencia de un surrealismo onírico extremo que toca con acierto referencias incontestables de la historia del cine como ese Un perro andaluz de nuestro Luis Buñuel o igualmente esa La sangre de un poeta de Cocteau, vertiendo en su simiente unas inspiradas pinceladas en las que los márgenes de lo grotesco se besan con la ensoñación virtual y los deseos, aunando de este modo un rico surtido de imágenes que enlazan el cosmos de la realidad con el universo de los sueños y las pesadillas.

En este sentido, fascinante resulta todo el juego de sombras y enigmas que gira alrededor de las peripecias acontecidas tras la gestación del accidente automovilístico, desempeñando esa herida que supura sangre y vísceras un papel que liga la carne con el espíritu y el aura de los deseos aparentes. Y es que el cortometraje se divide en dos partes claramente diferenciadas, una primera de tono más realista que tras el impacto incluido por Recio para romper los esquemas ortodoxos de narración adquirirá una tonalidad más enigmática y subversiva, exigiendo por tanto espectadores dispuestos a correr ciertos riesgos expresivos para poder extraer todo el jugo a un zumo iconoclasta a la vez que bello, que demuestra que los amores imposibles y los sueños de grandeza son quimeras inalcanzables a menos que nuestra mente e imaginación conquiste con su poder de evasión nuestra percepción de la más cruda y triste realidad.

Shadow

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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