Severina (Felipe Hirsch)

Severina viene para sumarse a esa pila de representaciones del amor obsesivo por el objeto idealizado, de la persecución de la persona amada que deja entre paréntesis la realidad inmediata. Y es que somos reincidentes, pegando el mismo salto en toda época y en toda tierra para terminar siempre tras los barrotes de la misma imagen. Y si es verdad que todo esto no es más que para entrar en ese estado narcótico transitorio que va de la idea a la carne, y de aquí a la muerte, quizá salga más a cuenta mancharse un poco los pulmones —y así se diluye al objeto y se evita el parto a una nueva individualidad tras la última discusión de pareja (cuando ya ni hay idea ni la carne agrada)—. Y es con todo ello que Felipe Hirsch nos presenta a un librero joven en el hacer de su vida diaria que quiere salir de la repetición y de la monotonía escribiendo un libro. Pero es esta presencia sin aliento, gracia ni vida que se alimenta de lecturas colectivas y del control absoluto del espacio a mano y de los libros que lo habitan la que, junto a su entorno manejable, se ve alterada por la aparición, que nada dice y que nada pide, de una mujer que vive para ocultar su yo más íntimo, dejando a la vista tan solo la apariencia de una cleptómana que tiene fetiche por los libros que roba con elegancia y estilo —una elegancia y un estilo totalmente alejados de la torpeza con la que en la Universidad se cogen los libros cuando estás penalizado, aunque después se devuelvan—. Está todo hecho entonces, ya están listas la confrontación y el juego entre lo ordenado, lo mensurable, lo racional y lo cálido, por un lado; lo irracional, lo mistérico, lo no medible e imprevisible, el frío y la luna, por el otro. Se abre entonces una narración que abarca el despliegue de mecanismos, trampas y artificios que constituyen la relación de muestra y ocultamiento de elementos opuestos que se retroalimentan para así seguir existiendo.

El pulso, uno y claro, pone en movimiento dos maneras de estar en el mundo. Por un lado están el ejercicio y la efectividad de las maniobras de absorción de la mente que busca causas y que calcula efectos, la taxonómica, ordenadora y lógica, el pensamiento que señala con su dedo de Dios todo objeto y toda cosa para poseerlo mediante el lenguaje. Y es que el librero no emplea fuerzas en otra cosa que no sea saber de su amada el nombre primero, su procedencia después, para que cualquier respuesta le alivie la necesidad que le produce la carencia de sílabas para poder pensarla, para poder dominar mediante el nombre propio ese hueco que siente vacío. Este método de conocimiento1 que se equipara con el poseer, y que aquí se muestra en su desarrollo natural pero que en realidad va desde el niño que transforma el mapa del GTA de gris en accesible, hasta el metafísico de corte tradicional occidental que entrega su vida a la búsqueda de lo Uno por medio de nociones y de categorías, mantendrá en una alerta y en una espera continuas al personaje por lo imprevisible e impenetrable de su objeto de conocimiento. Ahora ya no solo lee, sino que ya puede escribir su libro al experimentar sin filtros de papel los eventos y accidentes del amor, de la obsesión y de la vida que acontece desbordando la resistencia del concepto. Pero por el otro lado tenemos su contrapartida, la que resquebraja las estructuras del primero porque su existencia precisamente consiste en ese no dejarse aferrar por nada ni por nadie. En otras palabras, como opuesto complementario se nos da a la que no tiene nombre ni expresa procedencia, a la que ayer estaba pero hoy no y así entonces mañana será interesante porque se produce incertidumbre. Felipe Hirsch deja que los dos personajes deambulen por edificios y calles que remiten a otro tiempo, y de los que se desprende un encanto que hace olvidar la materia, para que, entre el hacer y el sentir que oscila entre la ilusión y la aflicción de uno; el movimiento enigmático de la figura de la otra, que cubre un jersey de un color marrón que huele a síntesis entre iglesia, biblioteca antigua y motor de coche, y que oculta cualquier información terrena para hacernos pensar en la materialización de una idea divina por aquello de la armonía y de la euritmia en su desenvolverse y en sus pasos, todo cuadre: el pensamiento lógico de él tiene alguien que nombrar y traducir a su lenguaje y a su manera de operar; a su vez es ese que descubre el que satisface en ella esa necesidad de tener algo de lo que esconderte.

Me voy, pero te dejo mi nombre para que me sigas teniendo. Si con eso te conformas para poder representarme.

1 Ese ansia de etiquetar y organizar va más allá del nombre y la procedencia, alcanzando situaciones irónicas como aquella en la que el librero, tras convertir en una y la misma cosa el acto de agarrar la mano de la pareja con la noción de “relación estable”, trata de convencer a la recepcionista de una pensión para sacarle información —es su prioridad absoluta— de su amada argumentando que todavía no sabe su nombre y la conoce hace dos días pero que ya están de novios. El problema del ansia por poner una etiqueta a los procesos de una relación tiene aquí su presencia a modo de chanza.



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