Sesión doble: Un rostro en la multitud (1957) / Bulworth (1998)

¿Clint o Trump? ¿Cuál es el mejor producto presentado al gran público americano? En días en los que está en plena ebullición el futuro presidente del universo (seguramente ellos lo crean así) nos adentramos en esta ardua labor del político perfecto con dos grandes films, Un rostro en la multitud que dirigió Elia Kazan en 1957 y Bulworth que nos descubrió Warren Beatty en 1998.

 

Un rostro en la multitud (Elia Kazan)

Un rostro en la multitud

Elia Kazan fue una de las personalidades más controvertidas en el sistema de los grandes estudios de Hollywood. Poseedor de una filmografía llena de buenas películas, incluida alguna obra maestra. Forjador de actores míticos, capaz de filmar la rabia y la violencia con una fuerza poco vista antes de sus obras. Un personaje polémico, justamente criticado como delator, durante la persecución de comunistas entre sus compañeros del cine norteamericano. Condenado por sus actos pero admirado por sus largometrajes. Una contradicción auténtica.

Un rostro en la multitud se presenta como su producción, seguida por un rótulo con tipografía del mismo tamaño para Budd Schulberg, guionista y autor de la letra en las canciones del film. Un reconocimiento merecido a los responsables, compartido por técnicos de reputación impecable como Gene Milford en el montaje, o Paul y Richard Sylbert en la dirección artística. A estos profesionales se une un reparto perfecto, encabezado por Andy Griffith, un famoso actor de televisión, en su mejor papel protagonista para la gran pantalla, junto a la inmensa Patricia Neal. Los dos, acompañados por Walter Matthau, Lee Remick y Anthony Franciosa.

A partir de aquí solo caben epítetos favorables para una cumbre cinematográfica. Una obra en la que se integran todos los elementos audiovisuales en armonía, para poner en pie un guión sin fisuras, como una gran novela, lleno de secuencias antológicas y diálogos insuperables. El relato del ascenso y caída de un vagabundo borracho que canta con su guitarra. Un trovador bocazas, lúcido, desafiante, manipulador, atractivo, repulsivo, cómico, amenazador, volcánico, solitario, querido, odiado y otra gama de matices que se escapan en esta reseña pero que Griffith refleja con toda su capacidad de histrión, su mirada, sus carcajadas, sus cambios de humor, sus movimientos, su voz aguardentosa, sus gritos y su gestualidad. Toda una interpretación extrema, sensacional y creíble, que no necesita premios, ni tendría ninguno que fuera suficiente para recompensarla.

Film de culto, tal vez, porque no fue uno de los éxitos más sonados de su autor, pero que gana cada vez que se repone y es descubierto por nuevas generaciones. Un reverso tenebroso del Juan Nadie de Capra como se lee en este buen artículo de Memorias de un cineclub. Con un ritmo y energía que lo emparentan con Scarface, el terror del hampa, Furia o Al rojo vivo en sus fuentes de inspiración. Una magnitud que se desborda en influencias que llegan hasta El padrino, Uno de los nuestros y El show de Truman por citar tres ejemplos claros. Esta crónica de un don nadie que crece y quiere dominar el mundo ofrece muchas lecturas, entre otras la capacidad de someter al público que tienen la radio, una cada vez más todopoderosa televisión y la publicidad. Larry “el solitario Rhodes” es el ejemplo de que el poder corrompe, sin duda. Un film tan moderno en aspectos formales como esa combinación de spot comercial, secuencia musical y humorística que sucede a mitad del metraje. O esos planos generales en hoteles que subrayan la soledad del protagonista en un entorno lujoso y gélido.

Una película redonda, perfecta para esta sesión doble sobre el poder, sobre la soledad, sobre los medios de comunicación y su tiranía. Sobre muchas más razones. En estas semanas de incertidumbres, votaciones y campañas electorales, es fácil ver que muchos políticos, muchos multimillonarios y muchas estrellas del espectáculo quizás tomaron nota del personaje. Aunque en el caso de Donald Trump, lo más seguro es que lo tomara como modelo a seguir.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 

Bulworth (Warren Beatty)

Bulworth

Más allá del desapego respecto a los ciudadanos de a pie o de los incesables casos de corrupción, una de las causas principales que le achacamos a la clase política es su falta de honestidad. Los sermones de los mandatarios y sus opositores se parecen cada vez más a las declaraciones de los jugadores de fútbol, que a través de una falsa humildad y de frases prefabricadas que encierran palabras vacías, no hacen sino provocar bostezos y decepciones. Jay Bulworth, senador por California, es un hombre que podría responder perfectamente a esta categoría. Sus discursos, apagados y monótonos, no hacen más que repetir una y otra vez la misma cantinela que, además de plana, ataca precisamente a los más desfavorecidos. Hasta que un día, tras demasiadas horas sin dormir y sin comer, se da cuenta de que no puede seguir así. Firma una elevada póliza de seguro para su hija, encarga su propia muerte a un asesino a sueldo y se pega el lingotazo padre para vivir las últimas horas de su vida de la manera más psicodélica posible.

Bulworth es una desternillante comedia dirigida y protagonizada por Warren Beatty, un personaje que no ha frecuentado demasiado el trabajo detrás de las cámaras; no en vano, desde 1978 ha dirigido solo cinco películas, siendo esta ácida sátira política su penúltima hasta el inminente estreno de Rules Don’t Apply. Aunque se le vea poco, Beatty al menos pega fuerte. Porque Bulworth va directa a atacar toda la parafernalia montada en torno a la escena política estadounidense. Ya vemos que ni siquiera en las inminentes elecciones, donde se enfrentan dos personalidades tan contrapuestas como Donald Trump y Hillary Clinton, es fácil discernir qué políticas quiere realmente llevar a cabo cada uno. El Partido Republicano y el Partido Demócrata son dos caras de una misma figura bicéfala al servicio del capital. Con toda su honestidad, el senador Bulworth pone todos estos trapos sucios a la vista del público americano de una forma bastante graciosa, rapeando y sin ningún pudor a la hora de soltar tacos, cosa bastante mal vista por aquellos lares.

De esta manera, Bulworth se conforma como una cinta cómica trepidante, donde incluso los que no somos de risa floja tenemos difícil no aguantar la carcajada en ciertas escenas. La predilección por lo absurdo hace que ciertas características del protagonista (cuando se viste de calle) o la personalidad de los secundarios sean llevadas al límite, pero en todo momento la película se mantiene en el lado bueno de la frontera que separa la sátira de lo vergonzante. Menos satisfactoria es la subtrama que tiene a Nina (Halle Berry) como epicentro, por ser de lo poco que rompe el mensaje de credibilidad que quiere transmitir Beatty y por estar algo forzada a la hora de encajar en el argumento principal, aunque alcanza parte de su sentido tras contemplar el desenlace. Tampoco se puede decir que Bulworth ofrezca algo nuevo para todos los que no sean muy ajenos a lo que se cuece en las esferas del alto poder, pero sí lo hace con un estilo muy personal, gracioso y, ante todo, honesto.

Escrito por Álvaro Casanova



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