Sesión doble: Un año con trece lunas (1978) / Tiresia (2003)

Mito y transuexualidad fueron temas que indagaron dos grandes directores europeos, que hoy visitamos en la sesión doble: Empezamos con Un año con trece lunas que Rainer Werner Fassbinder dirigió en 1978 desde el concepto esotérico. En 2003 fue el francés Bertrand Bonello el que sorprendió con Tiresia y su interpretación del mito griego. Dos miradas potentes y personales que no os podeís perder.

 

Un año con trece lunas (Rainer Werner Fassbinder)

Según comentan algunos aficionados a la esotérica, el llamado “año de la luna” se da cada 7 años y en él las personas proclives a sufrir depresión verán recrudecida su sensibilidad. La cosa se complica todavía más si en ese curso hay hasta 13 días en los que el satélite de La Tierra se nos aparece en su forma completa. Sucedió en años como 1943 o 1957 y también en 1978, fecha en la que el cineasta alemán Reiner Weiner Fassbinder mostró al público su película Un año con trece lunas (In Einem Jahr mit 13 Monden). En el film, el director concreta su mística propuesta en la figura de Elvira, una transexual que en el pasado llevó el nombre de Erwin. La escena inicial, que incluye una severa paliza, ya nos señala que nada ha sido fácil en la vida de esta mujer. Con la llegada del Año de la Luna, que incluye 13 lunas llenas en su calendario, Elvira afrontará un momento decisivo en su existencia que le trasladará por momentos a su turbulento pasado, etapa necesaria para entender lo que es hoy en día.

Con largas secuencias de diálogos y escenas de cierto sentido metafórico, como la visita al matadero, de carácter desagradable para los espectadores pero muy importante para entender lo que la protagonista nos cuenta al mismo tiempo, Fassbinder nos va narrando la vida de Elvira. Una trayectoria que ya era dura mucho antes del momento en que dio el paso físico hacia la transexualidad; en su época de Erwin, su día a día era todavía más precario, caldo de cultivo definitivo para entender el camino hacia la devastación personal que le llega a la protagonista en este 1978 mostrado por Fassbinder.

Puesto que la vida de Elvira no anduvo escasa de episodios turbulentos y desgraciados, parece lógico que en Un año con trece lunas se nos intente trasladar todo ese cóctel de un modo nada sencillo de digerir. Ya hemos comentado los larguísimos diálogos que el cineasta germano nos enseña en ciertas secuencias (especialmente vasta es la escena con la monja), a veces de contenido claramente triste y en otras de carácter cercano incluso a lo paródico. Con ello, Fassbinder adereza su film con los mismos ingredientes que han formado parte de la propia vida de Elvira. Probablemente también la trayectoria personal del mismo Fassbinder influyó en este alocado estilo, puesto que la amante del director cometió suicidio en fechas próximas a la realización de esta película.

Una de las características que contribuyen a poner un sello particular en esta obra llega por el hecho de que, pese a los tintes personales señalados anteriormente, Un año con trece lunas conserva en todo momento la compostura emocional para ofrecernos un relato medido de principio a fin. En su desenlace termina por confirmarse como un film claro y directo, que nos muestra la tortura sufrida por una persona sin llegar a servirnos en bandeja de plata el sabor de su dolor, así como tampoco procura rehuirlo. Fassbinder capta la historia en sí misma para que seamos nosotros los que detraigamos los matices.

Redacción: Álvaro Casanova

 

Tiresia (Bertrand Bonello)

Bertrand Bonello suele convertirse en un reto cinéfilo, apropiándose del diálogo interno y la búsqueda externa de respuestas. Entre sus hazañas se encuentra la de actualizar el mito de Tiresias, el adivino ciego que nació hombre, se convirtió en mujer y volvió a su forma inicial, quedando ciego en una disputa de Dioses, sin ver el ahora pero con la capacidad de adivinar el porvenir de los otros.

Esta grandilocuencia griega se transforma en manos del director en Tiresia, donde la dualidad de los personajes pasa por la fascinación física y la contemplación espiritual. La película comienza con lava danzando al ritmo de la séptima sinfonía de Beethoven —¿creación o destrucción?— para devolvernos la imagen de la joven Tiresia, el centro del universo que vamos a visitar a continuación. Laurent Lucas asume su primer papel hablando de rosas marchitas y perfumes falsos mientras observa bellezas marmóleas, aquellas que se mantienen uniformes ante el paso del tiempo, para luego buscar una belleza que apreciar de cerca desde el egoísmo. Así talla la endeble figura humana de Tiresia e introduce el elemento de la puta que todavía conserva su miembro. Rincones oscuros, azulados y fríos alumbran a la mujer convertida en objeto de coleccionismo, ausentando el diálogo mientras asistimos a la degeneración física, la evaporación de la química que le permite ser ella, para volver a él. Mientras tanto visualizamos esa contemplativa acción de Lucas, que revierte en actos mucho más opacos de lo que pudo imaginar William Wyler en El coleccionista.

Luz y sinfonía como constantes vitales de una primera parte de final abrupto que revelan un nuevo Tiresia, en este segundo apartado luminoso y cercano, donde solo las palabras que pronuncia él tienen un peso concreto. Si bien cambia radicalmente el discurso y las formas de su protagonista, se mantienen fuertes lazos con su primera parte, reutilizando la imagen de Laurent Lucas —en un nuevo personaje, uno de rosas frescas— y la observación silenciosa concebida en esta ocasión por una joven. Ambas partes funcionan como espejo, pues algunos pasajes del inicio se reflejan en la segunda parte, en un rebote constante de conceptos y actos en este floreciente estudio de lo divino y lo humano. La sordidez y la estética dan paso a la reflexión milagrosa, elevando el escenario a una celebración religiosa y artística, en la que nada es tan vital como se demuestra. Bonello nos encierra de nuevo en su radiografía de la humanidad y sus secretos con una simple frase: «Nací hombre, me convertí en mujer, y luego en prostituta». Si las figuras de mármol imponían la belleza de sus formas sobre la fría piedra, Tiresia muestra cuerpos desde la frialdad de la cámara, sin una transición cómoda, donde las pocas palabras emitidas se transforman en literales sentencias sobre el uso del hombre como unidad en la baldía explicación de lo genérico. Tiresia interpreta la metamorfosis desde el capricho de Bonello.

En 2012, hablando de su película De la guerre, sin conocer Tiresia, en un acto de absurda clarividencia: «Es el sexo, la soledad, el individuo, la evolución hacia lo inesperado. Es la verdadera constante de los seres perdidos que siempre retrata Bertrand Bonello».

Redacción: Cristina Ejarque



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