Sesión doble: The Snake Girl and the Silver-Haired Witch (1968) / La tía Alejandra (1979)

La brujería es una constante en el cine que no podemos eludir, y qué mejor que disfrutar de una sesión doble de altura con dos joyas como son The Snake Girl and the Silver-Haired Witch, film japonés de Noriaki Yuasa y La tía Alejandra, terror mexicano dirigido por Arturo Ripstein. Dos imprescindibles que os darán las claves para encontrar brujas por todas partes.

 

The Snake Girl and the Silver-Haired Witch (Noriaki Yuasa)

The Snake Girl and the Silver-Haired Witch

La cinematografía japonesa ha explorado el cine de terror de un modo, por lo general, enormemente personal y efectivo, ya sea desde una perspectiva férreamente anclada a la tradición cultural del país (los filmes sobrenaturales dirigidos magistralmente por gente como Kaneto Shindo o Masakai Kobayashi), o bien a través de fábulas urbanas y modernas llenas de un mal rollo considerable (toda esa nueva ola de horror japonés en la que destacan figuras como Hideo Nakata, Takashi Simizu o Kiyoshi Kurosawa). El espectador occidental, acostumbrado al nivel de exigencia y brillantez demostrado por los autores antes citados, puede sentir algo parecido a la decepción al afrontar una película como The Snake Girl and the Silver-Haired Witch, más orientada, por otra parte, al clásico relato de brujas y fantasmas que a obras mucho más aterradoras como Ringu y similares. No obstante, y asumiendo lo imperfecto del film de Noriaki Yuasa (curtido, fundamentalmente, en las kaiju eigas), sería un poco injusto desestimar una película tan curiosa basándonos en comparaciones que no vienen demasiado a cuento. Lo importante es contemplarla en su individualidad, y vista así, lo cierto es que constituye un elegante, entretenido y ameno ejemplo de cine de género ligeramente extravagante, adoptando la forma de un melodrama familiar muy turbio que tiene, como motor central, uno de esos elementos que (por puñeteros) siempre me han llamado la atención: el acoso del inocente por parte de entes malvados.

Como en muchas otras películas protagonizadas por criaturas inmaculadas (preferentemente niños) que deben hacer frente a una amenaza que pone en peligro su vida o su integridad moral (de La noche del cazador a Phenomena, pasando por decenas más), en The Snake Girl… la pequeña protagonista deberá mantener la pureza del corazón (y conservar la vida) en un contexto tremendamente hostil: ese hogar recién descubierto en el que habita una víbora (literalmente hablando) con forma de ser humano. Lo mejor del filme, a mi entender, está en esos momentos en los que la hermanastra-serpiente martiriza a la cría por diferentes métodos, con la ayuda de la bruja del título. Ambas figuras lucen, como en la mayor parte de películas de terror venidas de Japón, un look perfectamente inquietante y siniestro, que contrasta, en cierto modo, con otros elementos terroríficos tristemente acartonados que también se intercalan en el transcurso de la narración (especialmente en unos episodios oníricos algo desaprovechados). Esta tensión entre lo verdaderamente terrorífico y lo directamente torpe o ingenuo, lastra, en gran medida, el potencial de la película, que también decide castigarnos con una insistente voz en off (sobre todo en la primera mitad del film) tremendamente obvia y reiterativa, que sólo sirve para subrayar aquello que las imágenes ya están comunicando.

A pesar de estos errores de cálculo, la cinta se torna simpática por su argumento tirando a retorcido y por un clímax final verdaderamente trepidante, especialmente en esa escena en la que la harpía intenta arrojar desde un andamio a la niña protagonista, golpeando (y haciendo sangrar) sus pequeñas manos de forma inmisericorde; un detalle de inesperada crueldad que sería muy raro de ver en una película occidental. El elemento sobrenatural, sin embargo, no se explota demasiado, incluso parece cobijarse bajo un manto de ambigüedad que deja en suspense los supuestos actos de brujería que dominaban la agresiva personalidad de la joven chica-serpiente. A pesar de ello, lo que sí se respeta es esa estética tan fascinante de la bruja del imaginario nipón, con su máscara atroz reflejando su perfidia interior. Es otro de los motivos por los que recomendaría una película que, sinceramente, hubiera sido muchísimo más redonda si no hubiera caído en tantas ingenuidades narrativas o en esa sensiblería del epílogo que está un poco fuera de lugar.

Escrito por Nacho Villalba

 

La tía Alejandra (Arturo Ripstein)

La tia alejandra-1

Dicen que no hay oficio más antiguo que el de prostituta (algo de lo que discrepo, antes de ello los mentirosos hicieron acto de presencia), pero sí hay un mal más sagrado que cualquier religión o creencia, más allá del bien, del mal y de la duda: la brujería. Las brujas siempre han estado ahí, con su letargo impuesto.

El cine ha alimentado la brujería desde sus inicios, nunca importó realidad o ficción, es un modo de vestir de gala a los terrores más mundanos ya que ellas están aquí y en todas partes. Digo ellas porque este es un don que reviste a la mujer de culpa con facilidad, fueron los bajos de las faldas los que mejor ardían para tranquilizar a las muchedumbres enfurecidas y por lo que se mantiene la acusación de bruja como sinónimo de hembra malvada, que conjuga con cualquier circunstancia y exposición.

Es Arturo Ripstein, director mexicano con un largo recorrido cinematográfico, quien nos expuso una inquietante y familiar visión de la brujería más arraigada, dejando de lado artificios profundizó en los terrores más básicos y conocidos para dominar la puesta en escena. De ello se encarga La tía Alejandra, quien da título a la película y consigue, gracias a una fantástica y potente Isabela Corona, desarmar a su antojo la solidez de la calma que produce la ignorancia.

La exposición es clara, una mujer de avanzada edad queda sola tras una supuesta vida dedicada a eso, la soledad junto a una persona enferma, y decide ir a vivir con un sobrino y su familia, que incluye tres niños inquietos. Vestida de riguroso luto, erguida y pausada, hace acto de presencia sin previo aviso para dejar una huella perenne en una familia joven y despreocupada.

La presencia infantil, siempre una constante necesaria frente a la longeva sabiduría de las brujas, no muestra en esta ocasión la consabida inocencia que se presupone siempre en ellos. Niños que encuentran con facilidad las diferencias entre adultos pueden ver en la adusta sombra que persigue a tía Alejandra algo extraño que en realidad no intenta esconder, una identidad milenaria que les hace sentir hostilidad ante ella.

Son precisamente los niños los primeros en probar la crueldad del ojo por ojo, ya que la película se encarga de mostrarnos el día a día de una experta mujer, ya no bruja, capaz de dominar a su antojo la oscuridad para crear una balanza de justicia que solo ella puede controlar.

El estereotipo de bruja en esta ocasión resulta sólido, voraz y caprichoso. Una mujer tan cercana que por propia voluntad puede convertirse en la mayor de las pesadillas sin necesidad de pestañear ni intención de padecer. El fuerte obscurantismo son pinceladas que evocan a una esencia, la de esta mujer, y es por ello que el temor a lo desconocido se acrecenta.

Un objetivo y una familia no tan dispuesta a respetar las grandes aspiraciones de quien acaba de llegar, un juego de respeto y capricho muy bien hilvanado y la solemne presencia de la gran señora que oculta a la bruja, hecha de dinero y poder. Todo lo necesario para que La tía Alejandra se convierta en una película imprescindible para aquellos que disfrutan con las verdaderas brujas, alejadas de escobas y verrugas, la verdadera esencia de la maldad y voluntad antojada que en la privacidad de sus dormitorios son capaces de conjugar pócimas y poderes para conseguir lo que realmente quieren dominar.

Escrito por Cristina Ejarque

 

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