Sesión doble: Orlak, el infierno de Frankenstein (1960) / Frankenstein (2015)

Esta semana llegó a cines la última version sobre el Dr. Frankenstein en la británica Victor Frankenstein y nos ha inspirado una sesión doble con dos películas que son polos opuestos. La primera es Orlak, el infierno de Frankenstein que dirigió el mexicano Rafael Baledón en 1960. La segunda es Frankenstein de Bernard Rose, que pasó por la última edición de Sitges. Pasen y vean esos horribles monstruos de un dios terrenal:

 

Orlak, el infierno de Frankenstein (Rafael Baledón)

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El prolífico actor y director mexicano Rafael Baledón realizó en 1960 una nueva versión cinematográfica del popular icono de la literatura de terror en Orlak, el infierno de Frankenstein. Se trata de una producción modesta, dividida en cuatro capítulos, que nos presenta la clásica historia desde la perspectiva del malvado seductor Jaime Rojas, quien ve en los inventos del doctor Frankenstein una oportunidad de obtener su ansiada venganza frente a aquellos que le encarcelaron.

La presencia e interpretación de Joaquín Cordero como Jaime es el principal atractivo de una película que, sin ser en absoluto mala, sí resulta agotadora y en su mayor parte se hace difícil destacar algo de ella, conformándose con cumplir las escasas expectativas que genera. Se trata de una experiencia irregular en la que contrastan aciertos muy interesantes mezclados con salidas de tono propias de una producción de muy bajo nivel. La estética es probablemente el elemento más consolidado. Los meritorios logros de puesta en escena alcanzados con la ambientación gótica del castillo de Frankenstein o en la persecución que se da en el último capítulo, así como en la recreación visual de la imponente y amenazante figura de Orlak, terminan conformando el elemento más destacado de la cinta. Sin llegar a alcanzar un nivel excesivamente elevado, sí reproducen de manera efectiva la atmósfera que rodea a esta historia.

Los problemas que le encuentro están más al nivel de los diálogos y de la construcción de los personajes, que ofrecen instantes tan demencialmente forzados como la declaración final que cierra el filme, y que estropean el flujo de una historia por otro lado bastante apañada para dar paso a una teatralidad cutre, interpretada con suficiencia en general y en ocasiones sobreactuada, en especial por una Irma Dorantes que no termina de cogerse a su personaje y cuya evolución en la película se hace especialmente difícil de empatizar por fragmentada y acartonada.

Por otro lado el transcurso obvio de la trama lastra y mucho la sensación de suspense que pretende recrear, resultando en todo momento predecible y viéndome incapaz de sumergirme por completo dentro de la cinta. La actuación de Joaquín Cordero es durante gran parte de la película lo que salva a la misma de caer en una desidia y arritmia totales, provocadas por la falta de interés que genera el desarrollo de los acontecimientos. En este aspecto la trama va claramente de menos a más tras un inicio bastante espeso pero no alcanza en ningún momento la solidez ni la capacidad de evocación de, por ejemplo, el clásico de James Whale de 1931.

En general, y salvando sus fallos y la mala resolución de ciertas secuencias (sin ir más lejos, ninguno de los asesinatos de Orlak logra el impacto que pretende), Orlak, el infierno de Frankenstein no es una mala película, pero sí es una obra a la que se le nota una pobreza de recursos que constantemente se da de morros contra aciertos, algunos más constantes y otros más esporádicos e inesperados, que reflejan un cierto buen hacer en la realización de esta cinta y al mismo tiempo llegan a generar una sensación de que podría haber alcanzado un resultado mucho mejor o como mínimo más compensado. Como versión del mito de Frankenstein es correcta, pero no logra aportar nada significativo o memorable, y en cierto modo su condición de adaptación es contraproducente para ello.

Escrito por Javier Abarca

 

Frankenstein (Bernard Rose)

Frankenstein

Podemos cuestionarnos si queda algo nuevo o interesante que añadir a lo que ya se ha dicho en la multitud de adaptaciones cinematográficas de la inmortal obra de Mary Shelley, pero no negar el innegable atractivo de su historia: que, únicamente en los últimos tres años, se hayan desarrollado hasta ocho proyectos vinculados a tan célebre novela, dice mucho de su vigencia y gancho dentro del imaginario popular, de ahí que no sorprenda la aparición de esta enésima versión, ambientada esta vez en la actualidad. Sí sorprende que venga firmada por el británico Bernard Rose, autor al que había perdido la pista tras la nefasta Snuff movie, y que se ganó un rinconcito dentro del corazón del aficionado al fantástico con La casa de papel y Candyman. Perdido entre películas extrañas que parece no haber visto casi nadie, Rose resurge, en calidad de autor (firma también el guión), precisamente abordando una obra profundamente manoseada, y la jugada, sorprendentemente, le sale prácticamente redonda: su Frankenstein consigue respetar el espíritu del original de Shelley (incluido su conmovedor patetismo, acaso más doliente y agresivo que nunca) al tiempo que abre nuevas y sugerentes grietas en su argumento y se afianza un carácter distintivo y personal, en el que el potencial malsano de la novela se amplifica con el uso inteligente del gore y de una muy particular poesía de lo macabro.

Los espectadores más puristas podrán arrugar el ceño ante la perspectiva más científica que fantástica con que Rose introduce al “monstruo”, quizás añorando la lírica refinada de Whale. Pero, obviando las diferencias de talento y centrándonos exclusivamente en la cinta que nos ocupa, aquí hay material para la reflexión, la emoción y el escalofrío, así como una voz original y osada a la hora de jugar con unos mimbres narrativos ampliamente conocidos. De entrada, la criatura de Frankenstein no nace de carne muerta, sino que prácticamente realiza el viaje a la inversa, pasando de la vida (un físico impoluto) a la muerte (la putrefacción progresiva e inevitable de su propio cuerpo, motivo último de su exclusión social). Rose incide, más que en otras versiones, en el martirio físico de la criatura a la hora de cuestionar el atrevimiento de quien pretende jugar a ser Dios arrojando vidas inocentes a un porvenir de sufrimiento y soledad. En este sentido, la obra conserva la misma carga crítica y pesimista que brillaba en el texto de Shelley, ilustrando el modo en el que la inocencia del protagonista choca con la maldad e incomprensión de la gente con la que se va encontrando. En un mundo presuntamente civilizado que sólo sabe responder ante su presencia con odio, violencia y desprecio, y donde la confianza y comprensión únicamente provienen de animales, niños y orates, la concepción del “monstruo” adquiere mayor trascendencia. Porque en el fondo Rose está explorando principalmente eso: cómo lo que entendemos por “monstruo” no deja de ser una construcción social. «Si no puedo inspirar amor, inspiraré miedo», dice el protagonista. Como un alma torturada abocada al lado oscuro.

Puede que la fiereza con la que Rose expone su tesis (sobre la humanidad del monstruo y la monstruosidad de una sociedad que castiga al diferente) le haga caer ocasionalmente en el subrayado o la obviedad (algo de lo que, a decir verdad, pecan la mayoría de adaptaciones de la obra), pero también la hace más perturbadora, dibujando, de paso, unos EE.UU. en los que late el pulso del fascismo y la intolerancia (la violencia policial o el amago de linchamiento añaden generosas dosis de turbiedad al conjunto), y donde el capitalismo ha dividido a la sociedad en oprimidos y opresores. En este complejo y desmoralizante entramado social, la figura horripilante, y sin embargo pura, del monstruo de Frankenstein no tiene lugar, como no la tenía en el texto original de Shelley, por mucho que el pobre diablo reivindique su humanidad en un grito desesperado («¡Yo soy Adán!»). Rose, con mano firme, nos cuenta de nuevo su dramática historia y lo hace con bienvenida visceralidad, ofreciendo una de las incorporaciones al canon de Frankenstein más heterodoxas y estimulantes que recuerdo.

Escrito por Nacho Villalba

 



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