Sesión doble: Las señoritas de Rochefort (1967) / Nashville (1975)

El musical más allá de Cantando bajo la lluvia, más allá de los clásicos norteamericanos y sus formas renovadas. El musical como válvula de escape para multitud de generaciones, donde la música era un estilo de vida. Para ello hemos elegido la colorista Las señoritas de Rochefort, que dirigió el francés Jacques Demy en 1967 y la oda al country de Robert Altman que realizó en 1975 Nashville.

 

Las señoritas de Rochefort (Jacques Demy)

Las señoritas de Rochefort-1

Dos, más dos más. Cuatro. Seis. Cuatro de nuevo. Menos dos. Solo una. La música también es cuestión de números, cifras y pares de notas que aguardan escritas entre las líneas de un pentagrama, antes de hacerse melodía y color.

Dos hermanas, dos señoritas de padre desconocido. «Mi, fa, sol, la, mi, re, re, mi, fa, sol, sol, sol, re, do». La profesora de música, la maestra de baile. La pelirroja y la rubia. «Nacidas bajo el signo de Géminis», vitales y jóvenes. François Dorleac y Catherine Deneuve plenas de belleza y luz en la pantalla, interpretando sus canciones con la ligereza y alegría que comparten Etienne y Bill, George Chakiris más Grover Dale, dos comerciantes pícaros y simpáticos. Dobles parejas de actrices y actores apropiándose de voces robadas. Energía, movimiento, coreografías que suceden en cuatro días, desde el viernes que comienza el montaje de la feria, durante el fin de semana y hasta el lunes que concluye la kermés, esa fiesta llena de yates, motocicletas y varias marcas comerciales que lucen igual que el astro rey, las bocas de riego en las aceras o las ventanas coloristas que decoran las paredes de la localidad. Tiempo por el que deambulan seis personajes en busca del amor, en esta odisea de caracteres, desencuentros y remembranzas. Cuatro felices. Dos despechados.

«Colores y acordes. Me gustan la pintura y las armonías» le reprocha Andy Miller, un compositor extranjero, norteamericano para más señas, al joven recluta Maxence, un marinero que acaba de licenciarse tras su servicio militar en Rochefort, para volver a ser pintor y poeta, tal y como él mismo se presenta. Una gama cromática de tonos pastel que parten del rosa, azul turquesa, amarillo mostaza, algún verde oliva hasta el rojo burdeos. Punteados por los ocres de los instrumentos de cuerdas y pianos que se tienden sobre el lienzo blanco de las paredes que enmarcan la escalera de espiral, en la tienda de música. Colores suaves, nítidos, manchas ordenadas y vivas que se mueven al ritmo de la partitura de Michel Legrand. Con el eco bipolar, tan melancólico como alegre de la bossa nova, arropado por una orquesta de jazz, voces poderosas y letras irresistibles. Todo sucede por contraste en la población costera de Rochefort. Mientras las hermanas interpretan con impostura, retranca natural e hipnótica sus papeles, los jóvenes charlatanes que las pretenden, se enamoran impostando con fuerza orgánica y natural sus pasos de baile.

Si de las cenizas provenientes del Gran Cañón y las praderas de los sioux, que aún resistían el embate de la década prodigiosa, surgió desde Italia, España y Alemania una renovación como fue el spaguetti western, algo similar sucedió con el musical hollywoodiense y la nouvelle vague. Podría haberse etiquetado como suflé musical por aquello del toque galo, pero se quedó en un subgénero con entidad propia en sí mismo, unas películas dirigidas por Jacques Demy —reforzadas por algunas más recientes de Alain Resnais— a lo largo de una filmografía dedicada, casi en exclusiva, a la reflexión y resurrección de la corriente festiva. Con el vigor de Busby Berkeley, la elegancia de Vincente Minnelli, la diversión de Stanley Donen y esa tristeza que daba otro toque personal. Incluso Michel Piccoli era joven en este largometraje, Danielle Darrieux divina y Gene Kelly eterno. Una obra que une la frescura. que ya se comenzaba a marchitar, de la nueva ola francesa en los diálogos y situaciones. La metalingüística que alude a Jules y Jim y al propio Legrand, en boca de sus protagonistas. El humor negro, con una letra sacada de los artículos de sucesos criminales de un periódico. Pero sobre todo el ritmo y la necesidad de expresión feliz que explotan con la danza y las canciones.

Una sola nominación a esos premios innombrables de la Academia de las artes cinematográficas de América, ahora que un film, medio siglo después, acapara galardones como si fuera lo más nuevo bajo el sol.

La clave de Sol.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 

Nashville (Robert Altman)

Nashville

Nashville es una de las películas de vidas cruzadas que hicieron grande a su cineasta, Robert Altman, por mucho que en la mayoría de los casos él no escribiera el guion de sus cintas. En este caso es su colaboradora Joan Tewkesbury quien construye un relato con varias historias salpicadas de momentos musicales, por mucho que la historia va más allá de la música o incluso de la política; es un canto triste a los Estados Unidos, un país que dejaba atrás la agitación social, la conciencia alternativa, la guerra de Vietnam y se encerraba en sí misma, asustada y anonadada a partes igual.

Nashville, Tennesse, es el centro de la música country, de esos músicos que nadie conoce pero venden mucho más que las grandes estrellas, donde se producían algunos de los mejores discos musicales en sus famosos estudios. Es también tierra de Red Necks, cuya traducción al español podría ser “paletos”, aunque no se trata sólo de una mirada irónica y crítica sobre ese sur profundo tantas veces satirizado y cuya visión actual es aún más negativa si cabe tras las elecciones presidenciales del país.

Comienza un día nuevo y una furgoneta recorre la ciudad anunciando por megafonia a un candidato del cambio, una especie de Donald Trump de los años setenta que promete cambiar el himno de país, sacar a los abogados del congreso o quitar los subsidios a los agricultores entre otras cosas random. Sí, estamos en ese sur desdibujado por Hollywood hasta hacerlo una parodia de sí mismo. Y sí, una estrella de la música llega a la ciudad y se le recibe con la bandera confederada y una banda de música cuyos integrantes llevan fusiles. Pero también tenemos a una periodista de la BBC («—¿Es usted periodista? —No, soy de la BBC») que representa a esa burguesía de izquierda pseudo-intelectual que parece visitar Marte por primera vez y no en el interior de USA.

Robert Alman fusiona dos de sus grandes obsesiones, la política y la música, ayudado por un buen número de actores que se relacionan entre ellos hasta crear un gran collage de la situación del país en los años 70, con la resaca de Nixon, el Watergate, la guerra de Vietnam o los derechos civiles. Y de Kennedy, por supuesto, el niño bonito del sur, el último demócrata que ganó en ese sur al que se le dio la espalda y que a cambio también le dio la espalda al resto del mundo.

Nashville es un canción triste de lo que pudo ser y no fue, rodeado de personajes rotos por dentro, agarrados a la música y a poco más. Grandes estrellas, estrellas venidas a menos, jóvenes promesas intentando despuntar o camareras que sueñan con el estrellato se dan de la mano en esta obra coral, con maravillosas canciones salpicando el relato.

La obra de Robert Altman supone muchas cosas. En un nivel más externo es una película que llega en el momento justo, cuando el New Hollywood comenzaba un ¿declive?, donde el blockbuster empezaba a llenar la pantalla y el público dejaba atrás al cine contestatario y político que había caracterizado la década anterior. En un nivel más en clave interna, la sociedad americana comenzaba una lento pero progresivo distanciamiento de la política, en una actitud asustadiza y cínica, que se puede ver en todos esos cantantes que no quieren significarse, o todas esas referencias al precio de la gasolina que comenzaba a descontrolarse ( y todavía no había estallado propiamente la crisis del petróleo).

Hablando de cine, se puede resumir el buen hacer de Altman en ese plano donde la furgoneta empieza a despotricar contra los políticos del congreso y se pregunta a quien sirven de verdad, mientras un gran cartel a lo lejos con el eslogan «tu banco» está presente en segundo término. Pero más que de política, Altman, con su guionista Joan Tewkesbury hablan de un país herido, o casi de varios países. Pero Nashville sigue siendo la cuna de la música country, y allí van a parar un sin fin de personajes que se relacionan con los lugareños. La incomprensión entre foráneos y parroquianos es total. Hay opiniones y puntos de vista bien diferentes. Como decía, Nashville es un collage de un momento determinado, que sirve tanto para re-pensar el sur como la manera que en que es mirado.

A medida que transcurre el metraje, uno es conquistado por cierto ambiente deprimente, acabando en el momento culmen de la obra, la presentación de la candidatura, donde todos los miedos estallan en pedazos, y los personajes abortan todas sus subtramas, en un fracaso colectivo.

Todo acaba mal. Pero acaba con buena música.

Escrito por Pablo García Márquez



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