Sesión doble: La hora incógnita (1963) / Último deseo (1976)

La hecatombe, el holocausto, el acabose. En España también supieron visualizar el fin del mundo, unos de imposibles consecuencias, y disfrutamos dinamitando el planeta en la última sesión doble del año con dos joyas del cine patrio. La primera es La hora incógnita, del siempre sorprendente Mariano Ozores, dirigida en 1963. Es Último deseo la otra obra seleccionada, que trajo al mundo León Klimovsky en 1976. Disfrutad, y preparaos para el adiós.

 

La hora incógnita (Mariano Ozores)

Un mísil nuclear fuera de control. Un reloj que marca inexorablemente una cuenta atrás que traerá la destrucción total. Un pueblo evacuado sumido en la oscuridad y el silencio… y un grupo de rezagados que aprovechan esos últimos minutos para, entre incredulidad, esperanza o latrocinio, mostrar sus últimos restos de humanidad. Un cuadro este que podría remitirnos a cualquier película americana sobre la paranoia nuclear y la Guerra Fría pero que, sorprendentemente es una producción española a cargo del director más improbable, Mariano Ozores.

Lo realmente asombroso no es tanto el género abordado (aunque dado el posterior trayecto fílmico del director también resulta cuando menos chocante) sino la vocación universalista de Ozores que dista bastante de sus frescos localistas habituales. Es evidente que las particularidades geográficas y políticas de la España franquista de los 60 asoman puntualmente, especialmente en la figura de las vecinas cotillas (y para criticarlas con una dureza exenta de cualquier rastro de humor), pero la galería global de personajes invoca una idea-fuerza consistente en advertir que lo que estamos presenciando podría ocurrir en cualquier lugar del planeta sin importar ideologías o marcos políticos.

La exploración de la psicología de los personajes, averiguar sus motivaciones para quedarse a esperar el impacto nuclear, devienen en alegatos tan necesarios como impensables para su contexto. Denuncia de la miseria empresarial, adulterios vistos como necesarios ante la opresión de matrimonios forzados sin vía de escape en forma de divorcio, condena del alcoholismo y de la picaresca, ataque al chismorreo banal, denostación de la iglesia como herramienta de opresión e incluso denuncia de la sumisión del país respecto al conflicto soviético-americano son los mensajes que se lanzan no como fruto de la desesperación por una muerte inminente sino como revelación de la fortaleza y condición humana ante su fatal destino.

Por ello, aunque dada la inevitabilidad del destino propuesta, no estamos ante un film netamente pesimista. Al fin y al cabo esta es una película que quiere reivindicar los aspectos más positivos de la naturaleza humana y como estos se manifiestan ante una situación extrema. Esto hace de La hora incógnita una rareza no tanto por su género dentro de la cinematografía española, sino por su mensaje abierto, positivo y su análisis fino y afilado de lo que significa ser humano en situaciones límite.

Así pues La hora incógnita supone un hito a descubrir, una pequeña joya de culto que pone al descubierto un cine de género en España oculto e incluso maldito por un lado, y por otro nos (re)descubre un director demasiadas veces denostado (injustamente) por sus obras posteriores (ya saben, españoladas como adjetivo descalificativo) y que aquí demuestra su buen olfato para la composición coral, el retrato vívido de personajes y la hibridación de tonos sin caer en la desmesura. Al fin y al cabo no es nada fácil crear una obra sobre el fin del mundo de tintes realistas que consiga, a pesar de su desenlace, dejar una sensación si no de optimismo, sí de esperanza en ese experimento fallido llamado humanidad.

Redacción: Àlex P. Lascort

 

Último deseo (León Klimovsky)

De entre todos los nombres que en las décadas de los 60 y 70 dieron forma al llamado fantaterror español, el de León Klimovsky quizá sería uno de esos a rescatar, pues más allá de algunas sus míticas colaboraciones con el omnipresente Paul Naschy —dando pie a films emblemáticos como La noche de Walpurgis—, el cineasta argentino dejó piezas tan reivindicables como su aportación al giallo con Una libélula para cada muerto u otros títulos como Odio mi cuerpo.

Último deseo quizá es, por su arrebatada condición de irreductible coctelera, un film más difícil de recomendar, y es que su incontrolado libreto o aspectos como ese apresurado montaje transforman el trabajo de Klimovsky en un caos prácticamente consensuado para con su raigambre genérica, pero en más de una ocasión descuidado, como si todo fuese fruto de un rodaje acelerado ante el que no cabían medias tintas. Así, la película destaca en especial por su absoluta falta de sutileza al abordar determinadas facetas, por una tosquedad patente al exponer soluciones —como ese momento en que el profesor Fulton les cuenta el alocado relato sobre un holocausto nuclear, que todos creen a pies juntillas— y, en especial, por un desarrollo de personajes nulo, que carecen de cualquier atisbo de psicología y solo parecen seguir los designios de un guión cimentado en su incombustible mixtura. Una mixtura donde caben conatos de La noche de los muertos vivientes de Romero —a cuya Zombi también realiza un evidente guiño—, pero también extrañas celebraciones rituales, un adentramiento en la ‹home invasion› más alocada —con esa turba de ciegos amenazante—, puntadas del thriller rural más extravagante y hasta escarceos en torno a un erotismo metido con calzador.

Que la cinta de Klimovsky se alimenta directamente de los efluvios de todo aquello que cualquier cineasta de la época pudiese absorber es evidente, y en ello —más allá de si estamos ante una obra mejor o peor filmada, donde encontramos tanto aciertos, en lo referente al uso de la iluminación en sus pasajes más tenebrosos o esa fantástica banda sonora, como no pocos desatinos— Último deseo logra insuflar la bocanada de aire necesaria a su estrafalaria naturaleza. Podríamos hablar, está claro, sobre sus más que palmarios defectos, pero sería injusto omitir el arrojo del que hace gala una propuesta como la que tenemos ante nosotros.

En un momento del film, el protagonista introduce una rama en un hormiguero, recibiendo la réplica de una de sus compañeras en la mansión donde se aloja, «No parecen estar preocupadas por lo que haya pasado». Ese parece ser exactamente el proceder de un guión —que firman, además, figuras tan reconocibles del panorama como Vicente Aranda o Joaquim Jordà— que se dedica a inducir situaciones límite a partir de ese ya citado y pobre desarrollo de personajes —las reacciones de algunos de ellos, o como llegan a ciertas etapas, así lo atestigua—, sin preocuparse por lo que vendrá. No obstante, y lejos de si su resultado llega a donde debería o no, Último deseo debe ser sin duda comprendida como una de esas aportaciones que precisamente definían el terreno que tantas alegrías otorgó a nuestro cine de género; no se trata, por otro lado, de relegar sus defectos a un segundo plano o pasarlos por alto, más bien de comprender su particular esencia y de otorgarle el valor necesario por lo que supusieron autores como León Klimovsky y su atrevida mirada hacia un terror tan nuestro como ajeno a nosotros.

Redacción: Rubén Collazos

 

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