Sesión doble: Jigoku (1960) / El gato negro (1968)

El J-horror vuelve a la sesión doble con dos títulos a rescatar: por un lado nos encontramos con Jigoku, dirigido por Nobuo Nakagawa en 1960, mientras por el otro hallamos al maestro Kaneto Shindô del que rescatamos una pieza quizá eclipsada por Onibaba a la que también merece la pena echarle un vistazo, El gato negro. Os dejamos ya disfrutando de dos piezas a buen seguro imprescindibles para cualquier aficionado al género.

 

Jigoku (Nobuo Nakagawa)

Jigoku

La década de los 60 brindó al J-Horror algunas de sus obras más importantes: Onibaba (Kaneto Shindô, 1964), El más allá (Kwaidan, Masaki Kobayashi, 1964) o El gato negro (Kuroneko, Kaneto Shindô, 1968). Todas ellas tienen algo en común: se desarrollan en el Japón Feudal, con sus samuráis y su sistema de castas. Japón cuenta con un folklore sobrenatural riquísimo, a menudo centrado en historias de traición y venganza. Teniendo todo esto en cuenta, la presencia de Jigoku (Nobuo Nagakawa, 1960) resulta como poco sorpresiva.

Jigoku (la palabra japonesa para “infierno”) se desarrolla en la época que se rodó. Es una obra atípica dentro del J-horror además por la ausencia de yokai, los espíritus malvados y vengativos, generalmente de sexo femenino, vestidos de blanco, con una larga melena negra… os suena la historia, ¿no?

Seguiremos en ella las aventuras de Shiro, un joven de buen corazón al que intenta torcer de su camino el malvado Tamura, un compañero de clase. El infierno al que se ve arrastrado Shiro cuando, conduciendo Tamura, atropellan a un yakuza que muere sin que ellos se paren a prestarle auxilio. La madre de éste ve todo y planea una venganza. A pesar de que Shiro quiere entregarse, aprenderemos que un inocente puede ser arrastrado por omisión (¡Él no conducía! ¡El quería parar! ¡Él quería confesar!) al infierno en vida.

Estos dos primeros tercios de la película irán deviniendo en una trama casi noir en la que un montón de personajes, a cada cual más vil y corrupto, se tratan de hacer daño los unos a los otros. La fotografía es tremendamente oscura, con un negro total que crea un aura desesperante y onírica… más bien pesadillesca. Las interpretaciones son tremendamente teatrales y en muchas ocasiones nos parece estar ante decorados cuidadosamente iluminados, llenos de fondos negros. El montaje en determinadas secuencias es atípico y lento, manteniendo los planos más de lo habitual a la hora de describir actos violentos.

Muchas de estas decisiones del apartado técnico podrían ser consideradas carencias por parte del espectador, pero también se pueden ver (y es el caso del que escribe) como contribuciones a la creación de una obra diferente y con un encanto indescriptible, con un halo de pesimismo sombrío que creemos que el atormentado Shiro no merece.

Y entonces llega la ruptura. Es evidente que esta historia ya no daba más de sí y nos preparamos para parar la película y continuar con nuestras vidas. Pero no, después de la vida llega la muerte y con ella el castigo de seguir viviendo por la eternidad. Si hacemos un gran salto espaciotemporal y aparecemos en los comienzos del cine en Italia veremos que allí se hizo una obra similar: El infierno (L’inferno, Giuseppe de Liguoro, Francesco Bertolini, Adolfo Padovan, 1911) que se basaba libremente en La divina comedia de Dante Alighieri. En Jigoku se abalanza sobre el espectador algo semejante en la recta final de la película: visitaremos los narakas budistas donde los pecadores son castigado por (casi) toda la eternidad (unos cuantos miles de billones de años en los mejores casos).

Aquí comienza el despliegue de imaginería enfermiza que ha hecho que esta cinta siga manteniendo cierto culto. Veremos con todo lujo de detalles (hecho impactante si recordamos en qué década nos encontramos) las torturas a las que son sometidas las pobres almas, incluido el pobre Shiro. Entre otras, ser serrados por demonios, aliviar su eterna sed en un lago de pus, ser hervidos en sangre y un largo y colorido etc. Todo con siempre agradecidos efectos artesanales. Pasaremos de una secuencia a otra sin demasiada lógica narrativa, pero disfrutaremos de la siempre destacada crueldad japonesa. La película se acaba y seguimos con nuestras vidas. Pero procuramos ser buenos… por si acaso.

Escrita por Pablo von Pelluch

 

El gato negro (Kaneto Shindô)

El gato negro

Si hablamos de subgéneros renovadores y con más personalidad nacidos al amparo del terror, uno de los más importantes y populares posiblemente sea el J-Horror, o terror japonés. Cuando este nombre salta a la palestra, a algunos les pueden venir a la mente títulos de finales del siglo XX como Ringu (1998), Ōdishon (1999) o Ju-on (2000 ó 2002, para gustos). Sin embargo, los inicios de esta ola eminentemente espiritual y vengativa de cine se encuentran más bien a finales de los años 50, cuando aparecieron los precursores de la misma con las marcas de la casa: una característica estética surrealista y temáticas fantasmagóricas y demoniacas. Dentro de las visiones más atrayentes, de mayor potencia visual e impacto podríamos enmarcar a Jigoku (1960), Kwaidan (1964) de Kobayashi, Onibaba (1964) y El gato negro (1968), de la cual hablamos aquí.

El gato negro contiene todos los ingredientes descritos en el párrafo anterior, siendo además una historia extrapolable a nuestros días por su alto componente sugestivo. Dos mujeres, nuera y suegra, son atacadas por un grupo de samuráis, que las violarán a ambas —aunque no llegaremos a verlo— y quemarán la cabaña en la que viven, con ellas dentro. Tras esto, un gato negro irá a curiosear alrededor de los cimientos, convertidos en ceniza, y los cuerpos inertes de las dos protagonistas.

Tras este demoledor inicio, que da cuenta ya de la condición masculina ante la indefensión femenina, llegaremos a las consecuencias de sus acciones: la venganza. Dos misteriosas mujeres, de aspecto similar al de las dos asesinadas, aparecerán en un bosque, desde donde comenzarán a atraer a los asesinos, uno por uno, con claras y sensuales intenciones. Pero, ¿hasta qué punto llevarán a cabo sus propósitos?

Kaneto Shindō, uno de las más innovadoras voces del cine japonés y artífice también de Onibaba —antes mencionada—, sigue en El gato negro la senda marcada por aquélla, en cuanto a las consecuencias de la guerra y la violencia, añadiendo aquí menos metáforas visuales y sí más observaciones sobre el papel de la mujer en la sociedad y la necesidad de ésta de enfrentarse a todo aquél que utilice la violencia y la represión como forma de sometimiento, para obtener todo lo que tenga a su alcance. Muy interesante, por esto mismo, la conclusión final que cada cual esté dispuesto a darle al global de esta cinta, pues invita, aún más, a analizar qué prima más, una vez modificadas de lugar las variables y los sentimientos de todos los protagonistas.

El gato negro es un clásico del cine de terror con total merecimiento y, además, una de las películas más importantes de la historia de la cinematografía japonesa, una de las más importantes del mundo y llena de diversidad. Si bien es cierto que la historia ya no asustará a casi nadie, acostumbrados al terror actual, sí captará de lleno nuestra atención y sobrecogerá nuestro subconsciente, de forma permanente. El sugerente entorno, sus fantásticos decorados y vestuarios, así como la recreación felina y su mágica atmósfera, son aspectos positivos generalmente difíciles de encontrar en una sola obra. Si a ello además sumamos una extraña sensualidad algo vampírica y una calidad visual y artística a la que nada hay que objetar casi 50 años después, el resultado es claramente recomendable.

En suma, en El gato negro hay mucho que admirar y sobre lo que reflexionar. Especialmente porque, después de todo, quienes más miedo dan, son los vivos, y no siempre se puede depender de los espíritus para que vengan a sacarnos las almas del fuego… O sí, vaya usted a saber.

Escrita por Alberto Mulas

 



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