Sesión doble: Howard: un nuevo héroe (1986) / The Punisher — Vengador (1989)

Hasta en las grandes franquicias hay malditismo. Hoy nos centramos en el mundo Marvel y dos de sus películas menos valoradas que necesitamos reivindicar como nuestras. Empezamos la sesión doble con Howard: un nuevo héroe, los patos interestelares nos conquistaron en 1986 gracias a Willard Huyck. Por otra parte, la primera entrega (semi-aussie) de The Punisher es un “must” de 1989 dirigido por Mark Goldblatt. Aquí llega nuestro rincón Marvel:

 

Howard: un nuevo héroe (Willard Huyck)

Howard Pato

Un superhéroe que dice tacos, fuma puros y bebe cerveza además de otros licores. Toca la guitarra, es cínico, le gustan las hembras, se comporta habitualmente como un chistoso bocazas y pendenciero. Pero no nos referimos a Deadpool, el mutante que ha resultado ser una de las mejores inversiones de la industria de la editorial Marvel, en este último año. No, en este caso se trata del pato Howard, un famoso habitante del planeta Duckworld (sí, Mundo pato, traducción literal) que trabaja como creativo publicitario, músico y en ratos libres se dedica a buscar problemas propios de su inmadurez.

El protagonista llega a nuestro planeta Tierra recorriendo un túnel sideral muy parecido a lo que ahora conocemos como agujeros de gusano. Es un dato destacable que da una idea de lo mejor de esta adaptación del comic sobre el personaje creado por Steve Gerber. Con un dibujo demasiado parecido al del Pato Donald, aunque trazado con el estilo gráfico del Pato Lucas, no consigue tener el encanto del primero ni la gracia del segundo. Howard: un nuevo héroe es una película atípica en la época que se realizó, por varias razones. La primera es porque, siendo un tebeo muy popular para el público adulto norteamericano en los años setenta y ochenta, de un personaje antropomórfico cuyo rasgo distintivo era el sentido del humor, además de aparecer como invitado en series de otros superhéroes, como por ejemplo, Spiderman. El resto de razonamientos se deben a varios proyectos que no se ponían en marcha debido al fracaso del universo audiovisual -o cinemático tal como gusta llamarlo ahora- de la casa de las ideas. Con una serie televisiva del hombre araña, rodada en imagen real, que daba un poco de vergüenza ajena, aparte de tedio. O la más conocida sobre La masa, el increíble Hulk, mejor trabajada, aunque bastante deudora del esquema argumental de la clásica El fugitivo. Las películas sobre Superman, de calidad decreciente, tampoco ayudaban al panorama de traslaciones a la pantalla grande. De todas maneras, gracias al empeño de Willard Huyck en la dirección, ayudado en la escritura del libreto por su mujer y coguionista Gloria Katz, los dos, a su vez, apoyados por la producción de George Lucas. La pareja de escritores habían trabajado ya, con buen pulso, en guiones como los de American Graffiti o Indiana Jones y el templo maldito. Así que el aspecto creativo parecía adecuado. Pero ¿qué sucedió después? Pues lo que tenía que pasar. Un planteamiento erróneo desde la preproducción, pensando que lo que resulta gracioso en las viñetas puede serlo en el cine. Una indefinición en el criterio, respecto al público que va dirigida la película, que busca la calificación para todos los públicos, pero solo consigue la de menores acompañados. En cuanto al aspecto gráfico del pato, quizás la jugada hubiera salido mejor maquillando con una mezcla cómica y siniestra a Ed Gale, el actor de estatura reducida que interpreta, cubierto por su disfraz de pato, realmente inexpresivo. El otro elemento, el humorístico, funcionaría mejor con chistes para adultos, porque los que aparecen durante el metraje empiezan fuerte y luego se suavizan, restando el mismo efecto que pretenden conseguir. Es decir, risas pocas.

Los párrafos anteriores parecen invitar al olvido inmediato de este largometraje pero, nada más lejos en las intenciones de esta sesión doble, acerca de algunas producciones que la Marvel preferiría enterrar bajo un cementerio nuclear. Howard: un nuevo héroe, tiene muchos factores que ayudan a su rescate. Es un producto que a pesar de la inversión de casi cuarenta millones de dólares, no parecía tomarse en serio en ningún momento. Tiene el espíritu lúdico de estar adaptando un tebeo de veinte páginas, impreso con colores chillones, publicado para vender muñecos y hacer pasar el rato. Consigue una actuación espantosa de Tim Robbins que agradará a muchos de sus detractores, por cierto, encarnando a un personaje tan histérico y repelente que, si hubiera desaparecido en la mesa de montaje, ni él mismo lo habría echado en falta. El ritmo audiovisual es pura arqueología del cine de acción y fantasía de la década de las hombreras, bien planificado, bien montado y resuelto, sin llegar a las virguerías técnicas de Robert Zemeckis, Steven Spielberg o sus directores de segunda unidad, pero con la solvencia suficiente para entretener o convencer en algunas secuencias. En el aspecto narrativo tampoco se puede objetar que esté mal contada la secuencia de inicio, un buen tratado sobre la teoría de las cuerdas en una época que solo conocíamos los agujeros negros, además de los nueve planetas en nuestro sistema solar, por entonces. Una capacidad divulgativa que ya quisiera el mismo Carl Sagan, al que homenajean de manera burlesca. Por otra parte quedan apuntes subversivos como esa relación que ronda la zoofilia entre el protagonista y Beverly, la cantante veinteañera, en este caso bien interpretada por Lea Thompson. Temas musicales, moda, cardados y vicios ochenteros aparte, la película es una producción con abundantes fallos, tantos como para pasárselo de fábula viéndola en grupo, borrachos o algo entonados a ser posible. Pasados de dulces en el caso de los menores de edad.

Un producto desprejuiciado que no pretendía pasar a la Historia del cine, quizás. A pesar de una campaña promocional muy inteligente, gracias a la ocultación de no ver más que el pico del pato que atraviesa un huevo gigante en el cartel. O solo la sombra y silueta en trailers y spots televisivos. Howard fue un fracaso económico para sus inversores y una derrota profesional para su director, que no volvió a realizar más largos hasta un telefilme en el 2008. Pero, qué más se puede pedir a un pato que apenas sabe nadar, tampoco puede volar, solo se defiende usando el arte marcial llamado Quack-Fu en su planeta. Y para el que lo de ligar no es su fuerte. Con estas plumas, aquellos poderes.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 

The Punisher — Vengador (Mark Goldblatt)

The Punisher

En una época en la que el mainstream hollywoodiense ha caído rendido a la magnificación de la figura del superhéroe en la pantalla, donde la traslación de auténticos iconos de la cultura popular se realizan con verborrea visual en su concepción respecto a su origen en las viñetas, el mero hecho de repescar antiguas adaptaciones de grandes iconos del noveno arte supone todo un ejercicio de nostalgia. Más aún cuando se trata de una traslación parida justo en el inpass de dos décadas tan estilísticamente ricas para el cine de acción como los 80 y los 90, momento de producción de este The Punisher que el incombustible montador Mark Goldblatt parió como su segunda obra tras las cámaras. Este personaje de cómic, que presume de iniciar su aventura en la viñeta en una aparición en la serie del gran estandarte de Marvel, Spiderman, es todo un emblema para la compañía, respondiendo a los conceptos propios del antihéroe justiciero, un azote para el lado perverso de la sociedad en su continua lucha por vengar la muerte de su familia.

Auténtica curiosidad supone la adaptación de Mark Goldblatt para la gran pantalla, no por una supuesta fidelidad hacia la viñeta, que no se percibe ni como pretensión autoral, sino más bien por la ejecución de la construcción de un icono estoico e intratable como Frank Castle —aquí bajo la gélida mirada de Dolph Lundgren, quien parece comprender el pesimismo perpetuo del personaje—, convertido en una auténtica máquina de aniquilar dentro de un concepto genérico tótem del cine espectáculo de la época: la figura del actioner sumido en un caos escénico que se arropa bajo el clima de colorista oscuridad del llamado thriller urbano ochentero, promoviendo un ejercicio que —lejos de rezumar la aridez y realismo venidos de los 70— manifiesta la conformación de un artificio grotesco para la acción, con un puñado de secuencias dignas de prosa tebeística en su constante hincapié hacia el espectáculo.

The Punisher responde a todos los cánones de lo que hoy se reivindica como el cine de acción de la década de los 80, de cariz desorbitado en su concepto, pero que aquí se asemeja a la perfección con el relato de una historia de un personaje de alto componente catastrofista. Respecto a su ubicación en el tiempo, se comprenden las influencias de las vertientes de su género en aquellos años, bajo los westerns urbanos de Walter Hill, los films de vengadores aupados en la figura de Charles Bronson o incluso, en términos más generales, el toque de pesadumbre que se cernía sobre el artificio de la acción de la época. Bien acompañado de un grupo de secundarios altamente carismáticos -destacando a Jeroen Krabbé, quien como no podía ser de otra forma propone un villano bastante simbólico- el film de Goldblatt destaca por la honestidad de ignorar su gestación en base al impacto de su personaje de origen en la viñeta, sino balanceándose en la usurpación de su iconografía para ensamblar una cinta de acción seca y directa, honesta y desprejuiciada, que a la postre sirve como excelso ejemplo de la ahora tan reivindicada y estrambótica concepción del infatigable actioner de los años 80.

Escrito por Dani Rodríguez



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