Sesión doble: El pagador de promesas (1962) / El equívoco (1973)

Ahora que todo el mundo está centrado en el palmarés de esta última edición de Cannes, nosotros echamos la vista atrás para rememorar dos de sus Palmas de oro que, sin dudar de su maestría, no han conseguido un lugar en la memoria colectiva. Comenzamos con El pagador de promesas, la brasileña de Anselmo Duarte fue ganadora en 1962. En 1973 la vencedora fue El equívoco de Alan Bridges.

 

El pagador de promesas (Anselmo Duarte)

La exploración y retrato del uso exhibicionista de los medios ha sido una constante en el mundo del cine. Citando, por poner un ejemplo, El Gran Carnaval, ya se consigue hacerse una panorámica sobre el circo mediático, el poder de manipulación de las masas y sobre todo la falta de escrúpulos morales para vender un periódico más. Algo muy parecido a ello es lo que nos ofrece Anselmo Duarte en O Pagador de Promessas, añadiendo además otro factor de manipulación de masas como es la religión, o mejor dicho el uso que de ella se hace por parte de las altas jerarquías eclesiásticas.

Partiendo de la promesa que un campesino hace a Santa Bárbarba, se nos ofrece un retrato de sufrimiento y abuso, no solo en el plano personal del protagonista sino también de un país, Brasil que, en plena lucha por su modernización, aún es terreno abonado para la ignorancia y el aprovechamiento de ella por parte del poder. Pero no solo estamos ante un film de denuncia social sino también ante un retrato negro, duro y hasta cierto punto hastiado de la naturaleza humana.

Nadie en O Pagador de Promessas parece tener un mínimo de decencia, de humanidad. Ya no se trata de sacar a relucir las dobleces y/o debilidades del ser humano sino que todo cuanto es mostrado parece destinado a dejar constancia que la bondad, si la hubiere, está fuera de plano, desaparecida o siendo generosos con alguno de los personajes, sepultada bajo toneladas de excusas y cinismo a raudales.

Con un blanco y negro granuloso se nos quiere transmitir esa idea de suciedad que flota en el ambiente. Una idea que se remarca en todo momento al ponernos constantemente a pie de calle invitándonos a vivir el espíritu popular convirtiéndolo de algo aparentemente festivo a elegía de la ceremonia de la confusión de valores. Y es que O Pagador de Promessas, apoyándose en el retrato del sufrimiento en primer plano habla fundamentalmente de la confusión, del fanatismo y de sus terribles consecuencias.

El derecho de informar confundido con la explotación de la noticia, la religiosidad confundida con el dogmatismo extremo, lo popular confundido con la honestidad de lo auténtico. Todo ello formando una maraña sudorosa de fatalismo y de horror. Como una pesadilla absurda que se repite en un bucle incesante, en un laberinto de obstinación del que parece tan fácil salir y del que sin embargo es imposible de escapar.

Anselmo Duarte pues ofrece un film descarnado y fatalista. Una película que más que servir como objeto de denuncia (aunque ahí está también su propósito) se usa como arma arrojadiza, como un grito desesperado destinado a confrontar al espectador de su época con su realidad huyendo de cualquier subterfugio metafórico. Sí, O Pagador de Promessas no solo es carne cruda servida sin condimentar, es también la necesidad de que nos acerquemos a ella para poder oler su podredumbre, para que veamos los gusanos habitando en ella. Y lo peor de todo es que, en cierto modo, cincuenta y cinco años después de su rodaje, el film sigue de rabiosa actualidad, como si no hubiéramos aprendido nada de nada.

Escrito por Àlex P. Lascort

 

El equívoco (Alan Bridges)

Cuando pensamos en la desigualdad social, uno se plantea cuáles son las prioridades. La desigualdad no es una, son miles. ¿A cuál hay que prestar más atención? Supongo que a la que me toca más a mí. Pero, al relacionarme, nosotros mismos recreamos otras desigualdades entre iguales. No existen iguales, porque existen las aspiraciones. Uno aspira. Aspira y no sabe de prioridades. ¿Debe darle más importancia al amor o al dinero? ¿Debe comprender en qué lugar está? Eso es clave para comprender que hay cierta equidistancia entre el amor y el dinero, entre la posición social de cada uno, el pasado que ha puesto a cada uno en su lugar. Hay hasta quien se preocupa por los ex que ha generado su futuro (entendido este como su pareja), y ese detalle es una nimiedad en comparación con el estatus y las circunstancias que nos forman.

Al menos así es en el Reino Unido (o era en el año 1973). Casi como una analogía de lo que es hoy Cannes, la lucha de clases entre el cine de cine y el cine de televisión. Y aun así, frente a todas las novedades, parece que la historia se repite, una y otra vez, a pesar de modificar a los protagonistas. Esos años 70 y 80 que representaron un cambio de paradigma, cuando algunos de los cineastas más valorados de su tiempo se pasaron a la televisión porque les ofrecía un mundo mayor de posibilidades. Y sin embargo aún realizaban montajes directos para el cine, debido al interés que generaban sus películas. Ahora, con según que autores, no hay tanto interés, pero vaya si lo hay también. Lo interesante, en cualquier caso, es que en esta lucha de clases, ninguno pertenece a la clase desfavorecida. Me imagino a alguien de Netflix ante esta situación. «¿Dicen que no podemos participar en Cannes? Vale. A ver, si total: antes ese cine representaba el vanguardismo y las nuevas tendencias, ahora es siempre el cine de los mismos».

Joder, qué duro el tío ese de Netflix, ¿no? Suerte de Haneke, que con su mordacidad representando a los burgueses ricos nos da una puta lección de humildad a todos, incluído él mismo. Y dejad de sorprenderos con lo de Almodóvar y sus opiniones: una serie no es una película y no tiene que presentarse a Cannes (bueno, salvo si es La mejor juventud, claro, que por lo que sea…). El caso es que, de hecho, la lucha de clases existe, y cada uno debe comprender en qué lugar está. ¿Qué es eso de renovarse o morir? Si se puede ser viejo constantemente, a las fotos me remito.

No sabemos lo que pensaría Alan Bridges de todos estos temas. El director de El equívoco falleció en el año 2013, pero su película, presentada en Cannes antes de su estreno oficial en salas (de cine), retrata todas estas diferencias. Todo lo que nos separa por el ser frente al estar. Lo que pasa si no entiendes tu lugar. De hecho, en sus escasos 108 minutos de metraje, siempre deja clara su vocación, no esconde sus cartas y desde el primer momento lo presenta todo sin reparos. Uno es lo que es por donde viene, fin. Si cometes el error de abandonar dicha certeza, puede que te estampes contra una pared. Y como tal, El equívoco es una cinta entretenida y muy interesante que retrata a la perfección cómo funciona(ba) la sociedad, especialmente la inglesa, llena de señores y señoras, y de súbditos sociales. Una sociedad que no valora tu opinión en Twitter, por más TT que montes, y que pone en su lugar al que se intente escabullir de él. Suerte del cine en tu casa.

Escrito por Alberto Mulas



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