Sesión doble: El monstro del mar (2010) / El íncubo (1981)

Iniciamos sección con una doble sesión de lo más monstruosa: El íncubo, película ochentera dirigida por John Hough e interpretada por John Cassavetes y El monstro del mar, film australiano con todas las constantes del «exploitation» más en la onda de Russ Meyer, así como la serie B más cachonda. A continuación, sus reseñas:

 

El íncubo (John Hough)

Dirigida en 1981 por John Hough pero adscrita a la corriente del cine de terror más setentero, El íncubo se acoge a las constantes de un género que sabe malear con la capacidad suficiente como para poner en pantalla recurrentes tópicos de género (a saber, una familia afectada por dolorosos recuerdos, un extraño misterio que surge repentinamente, la figura de un personaje que se torna impostado eje de la trama para intentar resolverla, una reportera entrometida que parecerá truncar la paz del pueblo, etc…) sin que ello deteriore una trama que avanza en sus primeros compases con el sosiego de alguien que parece conocedor de que la construcción de un universo y su atmósfera dependen más del tono que de la propia acumulación de secuencias en un género que, para qué negarlo, siempre las requiere. Tampoco las olvida, sin embargo, Hough, que construye momentos verdaderamente efectivos en ese marco, desarrollados con una concisión y un pulso dignos de elogio, que transportan inmediatamente al espectador a los recovecos más terroríficos de El íncubo.

La fingida quietud en su avance se corresponde a la perfección con los parámetros de una cinta a la que no se le ocurre en ningún momento recurrir a un humor que hubiese resultado disonante y aligerado las virtudes de un conjunto que da en el clavo al manipular de modo tan sutil la temática que tiene entre manos.

Una temática que, pasado el primer tercio de la cinta, se ve inmersa en extrañas angulaciones, coloridos filtros a gusto del consumidor, cámaras subjetivas e incluso alguna que otra descocada secuencia que parece hacer gala de un contenido sentido del bizarro a partir del cual el montaje se alza como arma esencial para no truncar esas tonalidades que Hough logra con tan poco. Es en ese tramo cuando la cinta disfruta de sus mejores minutos gracias a un relato que aparta la temática familiar y empieza a ofrecer respuestas en una inteligente decisión de guión al exponer cuales podrían ser las principales causas de todo lo acontecido en ese pequeño pueblo; y hablo de decisión inteligente por, en primer lugar, obviar ese hastiante rol del investigador impostado, y en segundo lugar buscar una resolución mucho más acorde con lo visto en pantalla hasta ese momento, lejos del tan recurrente efectismo en una temática tan afín a ello como podría serlo la de El íncubo.

Por contra, el cineasta británico decide resolver su trabajo en un último tramo donde la contención y la pericia con que Hough sortea los peores males de un género demasiado propicio al titubeo final resultan primordiales en la resolución de una cinta con una última secuencia que no podría ser mejor, pues redondea la obra logrando mantener la línea discursiva construída a lo largo de la misma y otorga un punto final que, lejos de resultar disonante, es el mejor de los que cualquiera hubiese podido imaginar.

Escrito por Rubén Collazos

 

El monstro del mar (Stuart Simpson)

Al inicio de la cinta el cineasta Stuart Simpson deja claro que su relato se vertebra sobre el cruce de dos cintas imposibles como pueden ser Faster, Pussycat! Kill ! Kill! del bueno de Russ Meyer junto con cualquiera de bichitos de Roger Corman. Cogemos a las niñas malas del primero y al bichito made in Corman del segundo y listos, a pasarlo bien.

Es por ello que El monstro del mar muestra desde el principio una descarada y sana falta de pretensiones más allá de homenajear al cine «exploitation» que ambos cineastas rodaron, con litros de sangre, tres chicas ligeras de ropa con muchas ganas de descuartizar a paletos y el hermano pobre del monstruo de Deep Rising (Stephen Sommers, 1998). Y a ello se dedica con ahínco y pasión su cineasta.

De una Road movie con «serial killers» pasamos a otra donde un monstruo extermina poco a poco a la escasa población del lugar, dando paso en la parte final de la obra al momento más interesante, con las chicas en pie de guerra dispuestas a comer bacalao crudo.

Pero antes de llegar a esos últimos 20 minutos donde el cineasta pone todo su nervio al servicio de la cámara en la pelea dentro de la casa, hemos asistido a la una construcción narrativa (esto es, “bicho masacra paletos”) que no es aprovechado como debería ser y aquí no tiene tanto que ver el poco presupuesto de la cinta con la poca pericia narrativa de su cineasta. Se nos introduce a las tres chicas malas al inicio cuando son “rescatadas” por dos chicos con ganas de pasarlo bien y lo cierto es que quedan definidas lo suficientemente morbosas e hijas de puta como para que el espectador pueda disfrutar con ellas. Ya saben, algo así como irte de juerga con el diablo. Luego se nos presenta a una inocente muchacha y su atormentado abuelo que no dejan de ser un cliché con patas, pero a diferencia de nuestras amigas las «serial killers» no hay asomo de tributo u homenaje. Aquí el relato adquiere dos velocidades; mientras asistimos al acercamiento de las chicas y su nueva amiga con interés, la muerte de la gente del lugar pasa demasiado rápido y sin demasiado entusiasmo por parte del público puesto que las pinceladas con la que se dibujan a los personajes son demasiado escasas (y eso tiene delito tratándose del género que es) y no hay ningún afecto por ellos.

Tampoco pasa nada porque la obra nos regala finalmente aquello que anhelábamos, sangre y chicas soltando tacos casi como si se tratara de algunos de los personajes mafiosos de Martin Scorsese.

El Monstro del mar acaba siendo disfrutable para los amantes del subgénero pero lo cierto es que daba para mucho más a pesar de lo irrisorio de su presupuesto, que no es excusa para una parte central poco imaginativa que se salva por esas chicas malas a las que incluso, queríamos ver más en acción.

Escrito por Pablo García Márquez



Deja un comentario