Sesión doble: El alcalde, el escribano y su abrigo (1952) / Vidas robadas (1998)

Hoy se celebran esos doce segundos que marcan la transición de año por todo lo alto y el cine tiene espacio siempre para las emocionantes (o asfixiantes) fiestas. Decimos adiós al 2016 celebrando Nochevieja entre italianos y franceses, comedias y dramas, con lo importante en realidad: el cine. Para ello tenemos en la sesión doble la presencia de Alberto Lattuada con El alcalde, el escribano y su abrigo de 1952 junto a Yves Angelo que rodó en 1998 Vidas robadas. Disfrutad de la puesta a cero de los contadores con nosotros. Te esperamos, 2017.

 

El alcalde, el escribano y su abrigo (Alberto Lattuada)

Il Cappotto

En estas fechas tan señaladas (que diría el líder de La Realeza), donde pasamos tanto tiempo con amigos y familia, las convenciones sociales, las supersticiones y los propósitos son tan importantes y recurrentes como los prejuicios hacia los cuñados y las suegras, la mala leche que gastan algunos siempre, sea el día que sea (o precisamente por ser el que es), o la turra que se da con comer ciertas cosas muy concretas estos días. Para terminar un año y dar comienzo a otro, en España tenemos la tradición de las doce uvas, en otros países tienen las lentejas, hay incluso quien tiene por tradición, para comenzar y mantener el nuevo año en condiciones, ordenar su casa y dejarla limpia como una patena. También se recomienda llevar ropa interior roja, brindar con champán, preparar un poco de agua de Valencia si es preciso, sacar el karaoke, bailar algunas sevillanas y, según la edad, acabar como una cuba en un cotillón (palabra ya sólo usada para esto). Todo es variable y al gusto del consumidor, aunque la mayoría de familias saben de qué hablamos.

La vestimenta tiene una importancia clave. No sólo para celebrar el fin de año, aunque en este caso más. Las convenciones sociales dan mucha importancia a las apariencias, y las apariencias se basan en la vestimenta (en primer lugar, antes que la titulitis). Suelen resumir bastante bien el nivel adquisitivo del que se la pone (o el nivel mental del que lo ve). De hecho, hay quien viste siempre como un pordiosero para que en su barrio no le roben nunca. Aunque ese no es el caso concreto de De Carmine (personaje interpretado por Renato Rascel), su imagen mezcla de Alfredo Landa y Charlot, con un abrigo agujereado y zarrapastroso y andares bastante particulares, le convierte en el hazmerreír de su oficina. El alcalde, el escribano y su abrigo (Il Cappotto) está basada en una historia corta de Nikolai Gogol. De Carmine es un modesto empleado del ayuntamiento que se come todos los marrones, un trabajador incansable pero atolondrado que combina buena voluntad con desacierto. Un día, poco antes de celebrar el fin de año, decide hacerse un nuevo abrigo con el que asistir a dicha fiesta organizada por su jefe y en donde estarán todos sus compañeros y el alcalde. A pesar de ser igual de torpe, todo cambiará para él a partir de ese momento.

Dirigida por Alberto Lattuada (exponente irregular del neorrealismo italiano), El alcalde, el escribano y su abrigo es una comedia amarga con grandes momentos en ambos lados de la balanza. Está realizada con una rara mezcla de delicadeza y crudeza, como en esos momentos en que los peticionistas del ayuntamiento asisten en la calle helada a la fiesta que celebran el alcalde y los demás en un piso, o toda la historia del anciano y su “deserción” en la Gran Guerra. Un equilibrio constante en un cuento navideño que habla del cinismo con un tono candoroso, mordaz y satírico. Que no sólo exhibe la realidad de los oprimidos y opresores (desde un punto de vista humano), sino que retrata la realidad de las convenciones sociales y las apariencias con agudeza para las contradicciones y con interés por el detalle (con un sastre que viste harapos, un fotógrafo casi ciego, o un médico con Parkinson).

De Carmine seguramente sólo quiera ser feliz (como todos deseamos estos días), y puede que hasta sea buena persona, pero su cobardía natural y su timidez le impiden conseguirlo. Durante la noche de fin de año, con su nuevo abrigo, beberá más de lo debido y su inclinación hacia los sentimientos de bondad y de conciencia tratarán de hacer un poco de justicia, dando un poco de humanidad para sí mismo y para los demás. Esta es una película que fácilmente se podría convertir en una nueva tradición que incorporar para estas fechas, y así verla cada año y en familia.

Escrito por Alberto Mulas

 

Vidas robadas (Yves Angelo)

Vidas robadas

Alda, Olga son hermanas y Sigga la hija de la segunda. Las tres conviven en su casa junto al acantilado en una costa donde rara vez despunta el sol. La proximidad del cementerio de la localidad, a la entrada de mansión,  las protege del viento permanente, materializa las frías rocas del paisaje como última barrera antes del calor de las grandes dependencias de una casa poblada de viejos retratos colgados por las paredes, una decoración de muebles tan bella como anclada en otro siglo. Mientras el entorno se mimetiza con la penumbra y destellos grises de las nubes.

Voleur de vie, este ladrón de vida en el original frances, estas Vidas robadas en el castellano, es un drama que recoge lo mejor del cine francés clásico, aquel del que renegaban justamente los artífices de la Nouvelle Vague, por ser academicista, planificado con precisión pero sin emoción. En este caso se puede decir que el resultado es similar, pero el film de Yves Angelo supone una isla dentro de la corriente literaria cinematográfica que, por mucho que resulte fría en ocasiones, ha entregado y sigue otorgando, obras impecables en el fondo y en la forma. El guión es la adaptación de la novela El ladrón del tiempo, escrita por la novelista islandesa Steinunn Sigurdardottir, una razón poderosa para comprender porqué la narración audiovisual está impregnado de un ambiente gélido, matizado con una fotografía tan bonita como fantasmagórica en su plasmación, aunque la acción se desarrolle en el norte de Francia. Sin embargo, las relaciones personales de las tres mujeres, los lazos afectivos de Olga, la mayor con Alda, la mediana, superiores incluso al cariño que siente Olga por su hija Sigga. En cuanto a los romances, Alda es amante de otros profesores de su escuela, hombres casados con los que puede mantener una actividad sexual que la mantiene con energía en un espacio tan propenso a la falta de vida. Gracias a sus compromisos familiares, prefiere mantenerse lejos de una relación de pareja que la condicione como familia propia y la fuerce a perder su independencia y el vínculo con su hermana y su sobrina. Olga también tiene un pretendiente de edad madura, Jakob, un artesano de la cestería que trata de llenar de alegría su vida, sin ser capaz de derribar ese muro que supone el pasado, los padres fallecidos y el propio escenario fúnebre que rodea el hogar. Sin embargo Sigga, la hija adolescente, es un torbellino enamorado de la vitalidad gélida de su tía y con la fuerza juvenil e ilusión suficientes para suponer un rayo de luz futura.

El director crea un largometraje imponente en su labor de puesta en escena mediante una coreografía en las salidas y entradas de personajes dentro del plano, con el uso de las miradas o la profundidad de campo para conocer las reacciones de unas y otras. Las panorámicas limpias, los desplazamientos de cámara fluidos en el seguimiento de los intérpretes. Una inclusión de reflejos en espejos y cristales de primeros planos, que dan lugar a planos y contraplanos simultáneos en escena o saltos temporales sutiles. Acompañado por la elegancia de algunas elipsis temporales, la música de piano y villancicos que suavizan la tragedia. Y esa mirada justa a los acontecimientos que no se recrea en lo tremebundo.

Vidas robadas es una buena película que merece la pena recuperar, rodada en una década cuyos mayores éxitos en cuestión amorosa eran las comedias románticas. Contra esa corriente edulcorante del amor, Yves Angelo regala una cinta bella, nostálgica, desubicada en el tiempo a pesar de estar desarrollada en la época que se rodó, debido al atrezzo, los decorados, exteriores y la gama cromática próxima a la pintura. Con una estructura envolvente gracias a la gradación en los momentos cumbre del cumpleaños de Alda con el cual comienza, pasando por las celebraciones navideñas y esa Nochevieja que supone un punto de giro emotivo, naturalista y esperanzador.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 



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