Sesión doble: Despertar en el infierno (1971) / Roadgames (1981)

Es la «Ozploitation» uno de esos términos acuñados por Tarantino y redondeados por Mark Hartley en Not Quite Hollywood, toma forma en nuestra nueva (y flamante) sesión doble con dos títulos que ningún buen aficionado al cine de género debería perderse. Por un lado, Despertar en el infierno antes de la llegada de Ted Kotcheff a Hollywood y, por el otro, Roadgames, aportación del mítico director de Patrick, Richard Franklin.

 

Despertar en el infierno (Ted Kotcheff)

Despertar en el infierno

Vacío, desolación, asfixia. Tres adjetivos que definen a la perfección lo que la panorámica de trescientos sesenta grados que abre Despertar en el infierno —Wake in fright— consigue transmitir mostrando la inmensidad inerte y mortecina del desierto australiano. Una inmensidad que, paradójicamente, se traduce en una sensación de claustrofobia digna del espacio más angosto que podamos imaginar; una sensación de claustrofobia que acompañará al espectador y a John Grant —protagonista de la cinta— durante su particular descenso a los infiernos.

Despertar en el infierno —merecedora con creces a su nominación a mejor película en el festival de Cannes del 71— se sirve de un ritmo pausado, tortuoso por momentos, para narrar la historia de un profesor de escuela que pernocta en una localidad llamada Bundanyabba; un pequeño pueblo en medio de la nada en el que las únicas preocupaciones de su población parecen ser, idílicamente, el juego y la bebida. Poco tarda en aparecer, en medio de un ambiente enrarecido magistralmente presentado, un personaje cuyo comportamiento evoca a la figura bíblica de la serpiente, tentando al maestro y arrastrándole a un círculo de autodestrucción.
A partir de este momento, el filme, más profundo de lo que puede aparentar a simple vista, comienza a circular por los terrenos del existencialismo a medida que John interactúa con los habitantes de Yabba y se sumerge en los litros de cerveza y el entretenimiento malsano que estos, encarnaciones del demonio, le brindan.

Todo esto se traduce en pantalla en una suerte de estructura episódica en la que vamos apreciando la evolución de Grant y su odio creciente hacia si mismo. Las secuencias, que pueden pecar de inconexas en algún momento debido a las elipsis que las separan, presentan un crescendo de contenido que terminará ofreciendo estampas de lo más enfermizo conforme el protagonista se vaya corrompiendo —antológica la secuencia de la cacería—, y que dejarán en más de un momento una sensación de desasosiego bastante palpable durante el visionado.

Esta potencia y la capacidad de, no sólo inquietar, sino repeler a quien se enfrenta a Despertar en el infierno viene de la mano de una calidad técnica y formal excepcionales. Desde los delirios fragmentados hasta la extenuación, hasta los largos planos de agonía desértica, están perfectamente medidos y ejecutados para causar el efecto deseado.

Es difícil no evocar a la Perros de paja original mientras se visiona Despertar en el infierno; el ambiente rural, los personajes rozando lo mórbido y esa transformación radical de los personajes protagonistas de ambas cintas van de la mano casi en todo momento. No obstante, el filme de Ted Kotcheff posee señas de identidad que consiguen distanciarse de la obra de Peckinpah, obsequiándonos con una experiencia novedosa, pero igual —puede que en momentos, incluso más— de dura, opresiva y chocante.

En los primeros compases del largometraje, se dice que «los demonios están orgullosos del infierno». Pues bien, los australianos deberían de estar orgullosos de joyas del cine de género como es esta Despertar en el infierno.

Escrita por Victor López G.

 

Roadgames (Richard Franklin)

Roadgames

Aunque a Richard Franklin se le recordará mayormente por cintas como Patrick, Psicosis II o, incluso, Link, el cineasta australiano demostraba en Roadgames, y años antes de que la tensión bulliese en esa pequeña joya llamada Carretera al infierno, que los juegos de carretera (la cual es, exactamente, traducción literal del título del film) no requieren de ese factor para surtir efectivas y retorcidas variaciones de uno de esos subgéneros que se ha ganado el cielo en no pocas ocasiones.

De hecho, resulta sorprendente el tono distendido con el que Franklin apuntala la obra, urdiendo momentos de mayor comicidad que otra cosa acompañado por una galería de personajes secundarios a cada cual más extrañamente divertido, y es que desde esa mujer abandonada en plena carretera por su marido hasta al empecinado conductor que remolca su barca conforman uno de esos microcosmos que quizá no sería el más idóneo para encarar uno de esos títulos afincados en géneros como el cine de terror o el thriller y que, sin embargo, dotan de otra dimensión a una obra que, cuando debe resultar inquietante, lo logra en apenas unos minutos.

Así, Roadgames nos pone en plena carretera siguiendo los pasos de un camionero llamado Quid (interpretado por un grande de la pantalla como Stacy Keach) que, tras un soberbio prólogo (la secuencia del interior del motel es, sencillamente, prodigiosa tanto a nivel de planificación como visual), vuelve a la carretera para tomar un nuevo encargo en cuyo camino se irá topando con esa pintoresca colección de personajes hasta que se tope por tercera vez con una muchacha de blanco y sombrero de ala (la siempre estupenda Jamie Lee Curtis) a la que llamará Hitch, lo que traducido vendría a ser básicamente autoestopista, y acogerá en su camión.

Quid, empecinado con vengarse de un extraño que parece acecharle en su camioneta verde y supuestamente ha golpeado a su dingo, iniciará junto a Hitch (a la que más adelante conoceremos como Pamela) un periplo en busca de ese misterioso tipo al que con anterioridad había visto cavando un hoyo en el desierto.

Franklin inicia a partir de ese momento el juego del ratón y el gato sazonado con leves dosis de intriga y con un jugueteo que no sólo implica a Quid, sino también a un espectador que difícilmente sabrá hacía donde se dirige la obra; baza esta que quizá en otro título cobraría mayor importancia pero en Roadgames ni siquiera posee relevancia más allá de ver como todo deviene en un retorcido juego y los pasos de Quid toman una falsa dirección (o no) sin necesidad de poner en entredicho el tono o direccionalidad de la obra.

El cineasta australiano acompaña esa habilidad en el guión y distribución de elementos con una sobria realización que sabe combinar ambas caras de la moneda y ofrecer un compacto film que, de estar rodado en otras latitudes y bajo otro nombre, a buen seguro sería considerado una de esas pequeñas joyas en la que no faltan ni grandes nombres (esa pareja protagonista), ni un cineasta que demostraría en trabajos posteriores (Mark Hartley no ha hecho un remake de Patrick porque sí) tener el pulso suficiente como para ofrecer uno de esos títulos ni cuya condición genérica lo limitan o coartan.

Escrita por Rubén Collazos

 



One Comment

  1. Ruben wrote:

    La escena de la caza de canguros en la que la horda de pueblerinos borrachos como cubas se cargan a un canguro degollándole (previa escena de boxeo rodada en primer plano muy de cerca con el canguro) es una de las cumbre del cine bizarro. Hablo de Despertar en el infierno. Imprescindible visionado

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