Sesión doble: Blood and Roses (1960) / Lemora: A Child’s Tale of the Supernatural (1973)

Conmemorando el 50 aniversario del Festival de Sitges, esta sesión doble se la dedicamos a nuestros amados vampiros, el tema principal de este año. Las propuestas son clásicos del amor profesado a estos seres por Roger Vadim, que dirigió en 1960 Blood and Roses y Richard Blackburn, que sorprendió con su única película para la gran pantalla Lemora: A Child’s Tale of the Supernatural en 1973. La sangre será nuestro alimento esta noche.

 

Blood and Roses (Roger Vadim)

Blood and Roses supone un triunfo del estilo sobre la sustancia. Algo que, tratándose del autor de Barbarella, no debería sorprendernos. En este caso, la temática vampírica le sirve para levantar un suntuoso drama romántico marcado por el determinismo genético y la fatalidad, tan fiel a la tradición del género en todos sus elementos (la leyenda maldita relativa a una estirpe seductora y letal de vampiros aristócratas, el escenario —una espléndida y decadente villa romana dotada de una fuerte atmósfera gótica—, la superstición de los lugareños, el pálpito erótico y tanático que lleva aparejada la criatura…) como subyugante en su plasmación en imágenes y perfectamente eficaz en su cadencia narrativa, beneficiada de un metraje escueto y de una saludable falta de pretensiones. Es decir, que Vadim acierta al sumergirnos en una estilizada y elegante fábula terrorífica a vueltas con los legados tenebrosos de los que no se puede escapar, menos preocupada por inventar o por aportar algo con cierto peso o trascendencia que por regalar los sentidos con una puesta en escena serena, cuidada y ocasionalmente creativa (ese inspirado momento en el que la protagonista aparece en la distancia, su figura velada por las llamas de una fogata, llamas que inciden metafóricamente en el carácter sobrenatural y diabólico del personaje). Abundando en este punto, un comentario aparte merece la exquisita fotografía del gran Claude Renoir, cuya densa combinación de tonos cálidos y fríos preludia aquella estética de tintes oníricos que gigantes como Mario Bava y Dario Argento llevaron a unas cotas de sublime artificiosidad un poco después.

Sorprende también, conociendo la atracción que siente el francés por el erotismo, que su primera incursión en el fantástico, y además dentro del cine de vampiros, se haya resuelto con un tono más pudoroso y subliminal que abiertamente libidinoso (más aún si recordamos la sexualidad que exudaban los clásicos de la Hammer firmados más o menos por la misma época). No faltan, es cierto, ni sensualidad ni ciertos coqueteos sáficos que en fecha tan temprana bien pudieran agitar la lúbrica imaginación del respetable, pero en conjunto es una obra más decididamente amorosa que sexual. Uno podría pensar que Vadim quería introducir al rebelde, magnético y contradictorio personaje de Bridgitte Bardot de Y Dios creó la mujer dentro de una estructura de gótico fantástico canónico. La presencia de Anette Vadim, esposa y musa en aquella época del director, sugiere esta conexión, dado su razonable parecido físico. Pero lo cierto es que el personaje de la joven, sin duda atractivo, parecía exigir un grado mayor de fascinación y ambigüedad para resultar tan atractivo como el que interpretaba Bardot en aquella película. Puede que, de haber trabajado más este punto, el film resultante hubiera sido más perturbador. Porque, pese al placer más o menos constante y moderado que proporciona al espectador, lo cierto es que la película se queda corta en cuanto a trama, malicia, terror e intensidad romántica. Todos los elementos están ahí, prestos a ser usados, pero su autor prefiere manejarlos de una forma demasiado respetuosa con la tradición, sin exprimir el veneno que se intuye en el fondo del relato (tiene hasta apuntes incestuosos) ni traspasar esa línea ortodoxa que la define.

En cualquier caso, como cinta de vampiros de raigambre clásica, tan equilibrada y bella en la forma, resulta de una solidez encomiable, centrando todos los placeres (o, al menos, los más elementales y epidérmicos) en la cualidad poética y delicada con la que están trabajadas muchas de sus imágenes, demostrando, de paso, que Vadim podía tener más talento del que nunca le hayan reconocido sus muchos detractores. Si sumamos a ello un reparto estimulante en el que brilla también Elsa Martinelli, tendremos una de las mejores aportaciones al género de los años sesenta, pese a un desenlace precipitado que emborrona un poco sus logros. Poco importa que no posea ni la contundencia ni la perversa sofisticación de las mejores obras de la Hammer sobre el tema, porque lo compensa con un romanticismo candoroso y fatalista que es al que Vadim se aferra para construir, con sentida honestidad, este pequeño drama sobre herencias genéticas malditas que supone, huelga decirlo, una de las obras más sólidas y recomendables de su director.

Escrito por Nacho Villalba

 

Lemora: A Child’s Tale of the Supernatural (Richard Blackburn)

El caso de un film como Lemora, único largometraje de su director, coguionista y máximo impulsor Richard Blackburn es un enigma en sí mismo, aunque podamos encontrar entrevistas y conferencias del propio autor en la red, contando lo que supuso el rodaje y otros avatares. Es un enigma porque después de verlo nos podemos preguntar ¿cuáles son los requisitos para que se valore un largometraje como obra de culto o simplemente un film peculiar que algunos recuerdan? ¿Entran en esta categoría Cielo líquido o Engendro mecánico por citar dos largos que cuesta encontrar en libros, enciclopedias, ensayos e incluso estudios acerca de ellos, colgados por webs o blogs? La respuesta objetiva es que la ópera prima —y tal vez última— de Blackburn merece revisiones y reivindicaciones, sin la idea de que deje de ser maldita ni de ver una obra maestra donde no existe. Pero su interés es enorme comparado con películas sobrevaloradas de directores conocidos o famosos en décadas posteriores, como los ochenta o noventa, años que comienzan a ser un petardo emocional para la cinefilia o la nostalgia. Por fortuna hay textos como uno en la web Fiebre de cabina, escrito por Alfredo Bonzo, en el enlace que ofrece buena información sobre este título.

Tal como indica ese cuento sobrenatural que se añade como subtítulo, la película está narrada como un relato tradicional, con Lila Lee, la protagonista adolescente que canta como un ángel en el coro de la iglesia, vive protegida por el reverendo que la adoptó y mantiene la esperanza de ver a sus esquivos progenitores. En una época que podrían ser finales de los años veinte, inicios de los treinta del siglo pasado, el padre, con apariencia de gangster y armado con una metralleta, mata a su esposa y al amante de ella, en su dormitorio. Tras la huída del patriarca, la joven Lela escucha unas voces lejanas que la llaman. Así comienza su viaje desde la ciudad hasta un poblado junto al bosque en el que quiere encontrarse con el prófugo. Aunque no sepa que la llamada proviene de seres ultra-terrenales.

El esquema de cuento infantil que alude a Caperucita Roja o Hansel y Gretel, aparece al descubierto en este film de terror que recoge además influencias cinematográficas reconocidas en varias entrevistas con el propio Blackburn. Las más claras son La noche del cazador y Los contrabandistas de Moonfleet. Las más inconscientes también las nombra, como Baby Doll. Todas ellas son películas que aluden a la crueldad infantil y el paso a una madurez forzada, hechos que Lemora muestra con acierto en su desarrollo.

Aunque no hayamos visto el montaje del director, cercano a las dos horas, el metraje de ochenta y dos minutos con el que llegó a las pantallas, pases televisivos y ediciones en video doméstico, resulta perfecto para un largo que funciona mejor en la sugerencias, en las pistas acerca de los mitos vampíricos aunque sin mencionar a los no muertos en ningún momento. Aporta personajes al género de terror y el fantástico que se suman a las novias de Drácula y a la futura protagonista de La adicción de Abel Ferrara, en una mitología tan escasa de mujeres.

Lo mejor es que al tratarse de un film sin estrellas, apenas un presupuesto ajustado de doscientos mil dólares, con una distribución accidentada por censuras eróticas, morales, además de la difusión como película terrorífica de serie B, sorprenda tanto que las expectativas se superen tras verla. Porque la limitación monetaria no afecta a las soluciones estilísticas, por medio de una puesta en escena elegante a pesar de las prisas que ocasionaron los veintisiete días de rodaje. A problemas evidentes del registro de sonido, suplido con esas voces en off fantasmales que consiguen más desasosiego en los espectadores. La necesidad de aligerar minutos que se evidencia en el uso expresivo de los encadenados para las elipsis temporales, dotándolas de onirismo en la ambientación. Fundidos y sobreimpresiones de planos cortos de los ojos de Lemora, que luego han sido imitados en muchos productos audiovisuales. Un rodaje de batalla digno de Roger Corman, aprovechando cualquier elemento como son un autobús más un coche antiguos para mostrar intriga en las huidas y viajes. Situaciones como las de los habitantes del bosque, casi unos zombies, que hubieran dado para otra película pero aquí se aprovechan de forma entretenida y modesta. Ideas como la lucha de clases entre la nobleza que representan los vampiros contra esas bestias que se esconden entre los árboles, entre los no muertos y los licántropos, con su conflicto atávico que los enfrenta. Sorprende que con más holgura económica los resultados no hubieran mejorado mucho más allá de algunos fallos de sonido o maquillaje. Pero se supera con la partitura musical de Dan Neufeld, junto a la fotografía en color de Roger Caramico, un trabajo capaz de sacarle todo el partido a las escenas nocturnas, los filtros azules y la noche americana que resalta el tono de pesadilla del largo.

En la actualidad Lemora, un cuento sobrenatural continúa siendo ese film reivindicado por motivos de alusiones lésbicas antes que por su gran influencia en cintas futuras e incluso en producciones recientes. Sobre ello tendrían que reconocer sus aportaciones Francis Ford Coppola con su Drácula de Bram Stoker, Déjame entrar, el ya nombrado Ferrara o Anne Rice y Neil Jordan con Entrevista con el vampiro o Byzantium. No solo en cuanto a los argumentos, también a las soluciones visuales. Mientras tanto podemos disfrutar con una película que comienza como un cómic, presentando al padre malvado con tres planos quebrados en los que acribilla a la mujer y a su querido. Sin recurrir a carteles o diálogos que expliquen la extrañeza de la historia. Pura diversión para el público.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez



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