Sesión doble: Algo salvaje (1961) / Short Eyes (1977)

La actualidad siempre nos supera, y parece que Hollywood se ha convertido en un polvorín en este momento que actrices y actores han alzado la voz en un tema que todo el mundo conocía entre susurros. Con Harvey Weinstein como punta del iceberg, los abusos sexuales se han convertido en noticia y hemos querido saber cómo se ha tratado el tema en la ficción en ese mismo ámbito, con dos películas opuestas pero cargadas de polémica en su momento. La primera es Algo salvaje, dirigida por Jack Garfein en 1961. Le sigue Short Eyes, un ojo por ojo que nos trasladó Robert M. Young en 1977. Esta es nuestra sesión doble:

 

Algo salvaje (Jack Garfein)

A partir de la segunda mitad de la década de los años 50, el cine norteamericano empezó a tratar temas cercanos a la realidad social del momento. Si bien es cierto que el cine siempre había tratado estos temas, la diferencia principal estaba en cómo se contaban las historias; más directas, lejos de la sutileza y la sinécdoque a las que se había acostumbrado el cine clásico, y con protagonistas más complejos y variados.

Las razones para ello fueron seguramente varias, pero destacaría tres. La primera fue la influencia del neorrealismo italiano, un nuevo tipo de cine más cercano a la realidad que tuvo un gran impacto en los nuevos realizadores estadounidenses. La capacidad de algunos cineastas independientes para salirse de los cánones del sistema de estudios fue otra de las razones de este cambio, pues permitió mayor libertad de acción. Finalmente, la férrea censura a la que había sido sujeta la mayor parte de producción fílmica durante casi tres décadas fue resquebrajándose, y ello permitió a muchas películas colarse por las grietas.

Sin duda, el director Jack Garfein se aprovechó de ese nuevo clima en las dos películas que realizó. La primera, The Strange One (1957), con un joven Ben Gazzara, ocasionó un pequeño escándalo al tratar la homosexualidad en el mundo militar. Con la segunda, Something Wild (1961), fue un poco más allá, mostrando una escena de violación que, si bien no era explícita, no dejaba mucho a la imaginación.

La segunda película de Garfein es una obra singular, que cuesta entender con los ojos de un espectador actual. El film empieza con unos títulos de crédito diseñados por el inigualable Saul Bass, quien mediante el uso de la simetría de líneas rectas y edificios interminables nos pone en la situación de la moderna sociedad de masas que se estaba creando por aquella época. Acto seguido se nos presenta a Mary Ann, una estudiante que sufre una violación mientras regresa a casa. La película la sigue entonces en el silencio y la vergüenza que se autoimpone, la opresión de una sociedad machista (el film está trufado de planos que lo remarcan: ventanas con barrotes, líneas rectas, aglomeraciones, etc.) y la sensación de ser una joven perdida, sin lugar en el mundo.

El director usa las localizaciones exteriores para hacer a la protagonista deambular por la ciudad, lo que la convierte en una flâneur de la época y permite al espectador acercarse a una realidad no tan sencilla ni transparente como la del cine clásico. La película pronto toma otros derroteros cuando aparece Mike, un mecánico que se cruza con ella en un puente. Si bien en el cine clásico este protagonista sería el héroe que rescata a la chica, aquí no hay nada de eso, y Mike es un hombre más en la jungla: alcohólico, acosador y machista, encierra a Mary Ann en su casa. Something Wild es una tragedia humana, un film muy cercano al neorrealismo, salpicado con influencias del psicoanálisis. Sin ser una obra maestra, la película tiene un valor impagable por ser un granito de arena más en la renovación del cine de Hollywood que se produciría a finales de los años 60.

Escrito por Iván Correyero

 

Short Eyes (Robert M. Young)

El mismo año del estreno de su multipremiada Alambrista!, Robert M. Young trasladó a la pantalla grande una legendaria pieza de Broadway escrita por el actor, poeta y dramaturgo de origen puertorriqueño Miguel Piñero. La obra destilaba un tono autobiográfico patente, pues Piñero (quien participa igualmente como actor en la película) la redactó mientras estaba cumpliendo condena en Sing Sing tras haber sido capturado cometiendo un robo a mano armada. Y es precisamente ese tono costumbrista cargado de realismo penitenciario el punto más fascinante de una película muy olvidada que sin duda merece ser rescatada.

La película arranca mostrando el día a día de un grupo de presos en una prisión sita en Nueva York. En el inicio seremos testigos del tedioso transcurrir de los minutos en la cárcel. De la interrelaciones que se establecerán entre las diferentes castas de reos. Por un lado los líderes blancos, escasos pero poderosos. Por otro los latinos con su alegría salsera y astutos tejemanejes. Y por otro los negros, diversos en cuanto a su identidad. El minúsculo equilibrio que pervive entre rejas será puesto a prueba con la llegada de un extraño personaje. Un blanco de mediana edad, acicalado y bien vestido perteneciente a la clase acomodada.

¿Qué delito puede haber cometido alguien no originario de las alcantarillas? Se trata de Clark Davis (excelente Bruce Davison en un papel arriesgadísimo), un ejecutivo que ha sido acusado de pedofilia tras haber abusado sexualmente de una niña de origen puertorriqueño. Es un Short Eyes (así es como se etiqueta en la cárcel a los pedófilos) y por tanto un engendro de la peor calaña. Las rencillas existentes entre blancos, negros, puertorriqueños y funcionarios se darán una pequeña tregua, desviando su foco hacia el recién llegado, al cual todos odian excepto Juan (José Pérez), un prisionero encargado de la limpieza quien será el único que entablará conversación con Davis.

Short Eyes destaca por su sobriedad. A pesar de ostentar un tono teatral que puede echar para atrás a los espectadores con prejuicios en cuanto a este tipo de puesta en escena en el cine, su rigor y realismo permiten establecer una radiografía precisa e inteligente de la vida en prisión en los EEUU de los años 70. Un microcosmos que no será abandonado por Young en ningún momento. Esta es una película de espacios cerrados, atmósfera penetrante y relato cotidiano. Me encantan las jergas empleadas por los prisioneros. Un lenguaje directo, gesticulante y callejero. En el que se mezclan sin problemas el inglés con el español. Ligando una trama en la que no existe lugar para la inocencia. Pero en la que se observan unas reglas y patrones que los cautivos cumplen sin rechistar. Donde el honor y el respeto brillan más que quizás fuera de este entorno. Pues aún en la cárcel queda hueco para la dignidad y el orgullo. Algo que no triunfa en el mundo libre. Y será uno de los elementos de la sociedad acomodada ese grano que perturbará el status quo, infectando con pus el aire. Con esa personalidad infantil fruto de no haber pasado penurias. Con esa asquerosa perversión inherente al que tiene todo en la vida.

Aquí también aparecerán los clichés que no pueden faltar en todo drama carcelario. Con peleas entre reos, registros policiales, atracciones sexuales de machos alfa hacia jóvenes imberbes, con esas duchas en las que el jabón parece resbalarse con más facilidad de lo normal, con intentos de violación y conflictos raciales y religiosos. Pero de un modo distinto. No ambicionando explotarlos sin motivo alguno. Sino como parte de un escenario en el que las etiquetas sobran, tan solo apoyan. Puesto que Short Eyes se eleva como una pieza austera, intelectual y potente que cuida a sus personajes. Los acaricia y dota de un alma peculiar. Todos los intérpretes aportarán su granito de arena. Y eso es el principal logro del film. Profundizar en la psicología del recluso. Humanizar su conciencia. Mostrando a personas no necesariamente buenas, pero tampoco malas. Arañando su naturaleza. Sin prejuicios. Todo un descubrimiento de ese cine independiente americano oculto.

Escrito por Rubén Redondo



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