Saint Laurent (Bertrand Bonello)

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Estaba claro que el paso a la moda de un cineasta como Bertrand Bonello podía ser cualquier cosa menos acomodaticio, algo que ya se advertía en la pre-campaña contra esta Saint Laurent encabezada por Pierre Bergé, cofundador de la marca YSL, que más tarde se transformaría en total desacuerdo debido a la pieza creada por Bonello. Pero no toda la controversia ha venido suscitada por su etiqueta de biopic no autorizado y la negativa a poder consultar archivos de la fundación del propio Bergé, y es que el galo también se enfrentó a una crítica en la que no halló el acomodo necesario por la habitual fricción de su estilo con ese sector, donde continuamente se le ha acusado de cineasta pretencioso.

Si bien por norma general es mejor realizar una disociación de los factores externos que hayan afectado a un film, con Saint Laurent esos elementos más bien se asemejan a una extensión del propio trabajo realizado por Bonello. La limitación física establecida por el celuloide, queda pues derrocada en Saint Laurent gracias a esa prolongación establecida involuntariamente por Bergé e incluso por esos críticos empeñados en derribar una obra que va más allá de lo fílmico, que demuestra que en Bonello no hay ningún afán ególatra y que su máxima intención reside en crear, en vaciarse reproduciendo en el celuloide, a través de un personaje histórico, esas inquietudes que ya habían quedado plasmadas notablemente en sus trabajos anteriores. Saint Laurent se podría describir así como una expansión del universo Bonello en la que tanto material de base como personaje le han permitido encauzar otros temas. Más allá de ese universo de creación y ambición —no sin cierto paralelismo con el del autor de Casa de tolerancia, de ahí que piense en los factores externos como un anexo entendible y necesario—, de decadencia y hastío existencial, engarza Bonello un sugestivo discurso en el que imagen e icono quedan enfrentadas como contrapunto a la significancia de un nombre que terminaría estando por encima de su propia obra. La imagen de Helmut Berger como Yves Saint Laurent en la última etapa de su vida, deja de ser tal para sobrevenir, en definitiva, como icono; como rostro y efigie principal de una marca caracterizada precisamente por otorgar voz ya no a las propias creaciones del modisto, sino a la mujer como símbolo de las mismas, y como auténtico motor a través del cual moldear un universo como el femenino.

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Tras ello, queda una vez más el imaginario visual de un cineasta inconformista, que vuelve a dejar momentos apabullantes en los que la esencia de un cine poderoso como pocos queda implícita incluso en las secuencias de menor peso, como ese momento en el que el rechinar de un sofá domina el escenario donde Saint Laurent y de Bascher se besan. Asimismo, las pantallas partidas ya características de Casa de tolerancia vuelven a hacer acto de presencia en un ejercicio donde mundos y situaciones sociales bien distintas quedan expuestas a modo de espejo buscando una equidistancia improbable en el universo YSL. Pero quizá, e incluso comprendiendo el peso de una de las herramientas centrales del cine de Bonello, el mayor mérito de su Saint Laurent está en el modelado de un tono en constante regeneración: del insaciable contexto en el que se mueve el protagonista, a la caída ante un ambiente más terrenal, el que le muestra de Bascher —encarnado por un perfecto Garrel—, y la llegada de una decadencia algo volátil, así como la reconstrucción de ese vacío y su posterior transformación en emblema inequívoco del paso del tiempo.

Es precisamente en esa modelación del tono donde Bonello vuelve a demostrar ser un cineasta de altura, y es que quizá acompañado por su tramo más desigual —compuesto por ese revelador tercer acto— nos encontramos ante la certificación de un film que adquiere más volumen y dominancia en cuanto Bonello se intenta alejar de ese carácter tan suyo, donde imagen y sonido dominan a la perfección los compases, para introducir matices esenciales y, en especial, crear una atmósfera no tan pendiente de la cadencia y armonía de sus imágenes. No por ello hay que caer en el equívoco de pensar que el autor de De la guerre guarda más cine fuera de la exuberancia formal que se antoja indivisible de su obra, sino más bien que puede ir más allá de una virtud por la que en no pocas ocasiones se (pre)juzga la capacidad de un cine y sus pretensiones (que, faltaría más, las hay), cuando en realidad habría que aprender más bien a perderse entre esos bellos laberintos forjados con la misma pasión y ambición que un personaje cuyos claroscuros son tan palpables como la propia obra de Bonello, escenario en el que quizá y en parte radique la valía de un cine que ojalá no haya que empezar a valorar cuando su creador sea ya un icono de sus imágenes.

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