Post Mortem Mary (Joshua Long)

El reflejo como contenedor del horror, como imagen en la que proyectar nuestros miedos e inquietudes. De esa premisa parte Post Mortem Mary, que nos sitúa en la Australia del s. XVIII cuando la pequeña Mary se vea obligada a realizar la labor de su madre —encargada de tomar fotografías post-mortem para familiares, concediéndoles así una última despedida—, afrontando precisamente un temor que, pese a la cercanía con que vive la protagonista de la muerte, no parece haber desaparecido de una etapa donde quizá es inducido de manera más intensa. Pero la tarea que afronta Mary va más allá de superar ese profundo miedo, pues además debe lograr que la fuente del terror que late en su interior, los cuerpos inertes, cobren vida por última vez.

Joshua Long aprovecha esa tesitura para retozar narrativamente a través de dos únicos escenarios: uno exterior, donde la madre de la protagonista se encuentra intentando dar consuelo a su cliente, y la pequeña caseta en la que yace el cadáver que Mary deberá retocar para cumplir con su cometido: obtener una estampa a modo de adiós final. No obstante, esa transición no constituye más que un jugueteo para ir dilatando la acción y exponiendo así la tesitura de la joven protagonista, pues es el lugar en el que intenta defender esa particular y desasosegante situación el que se sitúa como espacio central del cortometraje, imbuido por un adecuado tenebrismo fomentado mediante la iluminación y el uso de un cromatismo que apela a lo fúnebre, destacando especialmente una paleta de colores lóbrega solo desarticulada por la luz del día.

Pero más allá de espacios, en Post Mortem Mary aquello que compone las capas de un trabajo abocado a lo sobrenatural, es la lente a través de la que Mary tomará las distintas instantáneas que irá mostrando a su madre. El prisma de la cámara muda su carácter al epicentro de un horror alejado de lo cognoscitivo, y alojado en los parámetros de una irracionalidad que se comprende perfectamente desde la mirada de la protagonista. Long establece un vínculo entre lo real y una percepción alejada de lo tangible, empleando el plano como forma de comprimir un terror en el que logra encerrar el desasosiego necesario desembocando en una conclusión lógica, aunque no por ello predecible. Y es que la gran virtud del cortometraje reside en saber generar la ambivalencia necesaria entre aquello que percibe Mary, y la forma de concebirlo, y la realidad construida por el cineasta, haciendo así del terreno que maneja un escaparate a la ambigüedad por conocer si nos encontramos ante una distorsión creada por el entendimiento de la pequeña, o verdaderamente es todo fruto de una puerta al sobrenatural que ha terminado por engullir los propios miedos y transformarlos en la más aterradora de las realidades.



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