Piercing (Nicolas Pesce)

El cine de género se ha convertido en los últimos años en un contenedor meta-referencial que, si bien ha alcanzado grandes cotas en films como el debut de Cattet & Forzani con la brillante AmerIt Follows —cuyo autor, además, pasa por Sitges con otra propuesta que sigue caminos colindantes en Under the Silver Lake—, aquella joya llamada La cabaña en el bosque o incluso autores de la talla de Ti West y Rob Zombie, también ha hallado vías menos satisfactorias, consistentes en apilar referencias sin ton ni son, ni un mínimo de personalidad detrás de las cámaras.

Nicolas Pesce —que vuelve tras The Eyes of my Mother, con la que demostró estar más que capacitado para engarzar un horror propio— nos ofrece en Piercing uno de esos ejercicios en los que desde la convencida mirada a tiempos pasados, a la asimilación de los tótems que conforman la perspectiva, se unen en la búsqueda de un relato donde aquello que lo sustenta en última instancia no es tanto el qué como el cómo.

Ello no significa ni mucho menos que nos enfrentemos a una narración hueca, pues más allá de la descripción de dos personajes que se van descubriendo paulatinamente, Pesce continúa indagando en temas anexos a su anterior película —la figura materna como influencia directa en el devenir de esos desequilibrios— y expandiendo un universo que encuentra en el terreno ‹giallistico› e incluso ‹depalmiano› —del que, lejos de la obviedad de las pantallas partidas, explora la psicopatía en sus dos figuras centrales—.

Pero el elemento referencial no se explicita, como pudiera parecer, en meros síntomas formales sin atisbo alguno de personalidad, y de hecho es algo que queda reflejado por ejemplo en esos exteriores, donde el uso de maquetas sirve para evocar aquel cine de género que incurría en los escenarios para desarrollar en cierto modo sus virtudes. El cineasta ejecuta así un trabajo de marcada identidad, que además de su mirada alusiva, funciona a la perfección como lo que se supone que es, ejecutando sus posibilidades a través de una narrativa que cobra mayor sentido a cada paso que da, y de un particular juego psicológico en el que desentrañar el carácter de los protagonistas.

Entre ambos dispone Pesce un duelo que se sirve tanto de los puntos más obvios —aquellos que se desgranan a través del personaje de Christopher Abbott, que venía de destacar en su rol en Sweet Virginia— como de cierta ambigüedad capaz de atrapar al espectador en un insólito torbellino que, por momentos y de tan abstracto, resulta de una fascinante extrañeza frente a la cual uno sólo puede esperar acontecimientos. No es que en ese sentido el neoyorquino decida apelar al elemento sorpresa con tal de epatar, sino que se desenvuelve con comodidad en un seductor artefacto ante el que es difícil no quedar más atrapado en su avance.

Piercing, que además se manifiesta en su fabulosa banda sonora —repleta de temas que reconocerán los amantes del ‹giallo›, mención aparte a los inolvidables compases de aquel rock progresivo de las producciones de Dario Argento—, supone la confirmación de un autor que se revela definitivamente como tal mediante un carácter e identidad marcados a fuego durante todo el metraje. La concurrencia de determinados espacios, el poder de esa conceptualización en la que configurar los personajes o incluso los cimientos de la crónica enarbolada en una exposición que también tiene algo de De Palma, hacen de esta nueva aportación el estimulante ejercicio que uno espera cuando se encuentra ante un homenaje como el que nos regala Pesce.



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