Mil noches, una boda (Marie Amachoukeli-Barsacq, Claire Burger, Samuel Theis)

Existe un problema que se plantea a la hora de tratar las adaptaciones cinematográficas de eventos reales y es el de qué actores y actrices encarnarán a los protagonistas de la historia. Como es obvio, las grandes producciones lo tienen claro: hay que fichar a intérpretes conocidos. Algunos tirarán hacia famosos con calidad, otros hacia aquellos que puedan vender mejor el producto hacia el sector del público al que va dirigida la obra. Una muestra inmediata de tales suplantaciones lo tenemos, por ejemplo, en Lo imposible, donde los atractivos Naomi Watts y Ewan McGregor encarnaban a María Belón y su marido. Además del escaso parecido físico entre ambas parejas, está el hecho de que el matrimonio español sea transformado en uno anglosajón. Un par de detalles que no trastocan o incluso mejoran el resultado formal de la obra, pero sí alteran el mensaje a transmitir.

Una situación lejana a este fenómeno la encontramos en la película francesa Mil noches, una boda, que internacionalmente lleva por nombre Party Girl. Tal y como este último título deja entrever, nos encontramos ante una mujer a la que le gusta irse de fiesta, eso sí, con la peculiaridad de que la susodicha cuenta con nada menos que 60 años de edad. En efecto, la obra dirigida por Marie Amachoukeli-Barsacq, Claire Burger y Samuel Theis narra la historia real de Angélique Litzenburger, una mujer que, pese a los intentos de algunos de sus seres queridos para que abandone la vida nocturna y así sentar cabeza formando una verdadera y seria familia, no quiere cercenar su libertad hasta el punto de que le impida salir con sus amigas por dónde quiera y las veces que quiera. En el momento en el que se sitúa la película, sin embargo, Angélique recibe la proposición matrimonial de un viejo conocido, Michel. Un hombre que parece tener buen corazón, pero aun así Angélique tendrá dudas acerca de cómo sería una futura unión entre ambos.

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Como decimos, el hecho que distingue a Mil noches, una boda de las circunstancias mencionadas con anterioridad es que los directores de la cinta no han querido buscar intérpretes de fuera para dar vida a Angélique y el resto de personajes, sino que han buscado a la propia mujer y sus conocidos para que se interpretasen a sí mismos. El resultado, aun desconocido tal factor (servidor no se ha enterado hasta después de ver la película, aunque ya lo sospechaba) es el de una película creíble, que pese a manejar muchos elementos puramente de ficción (luce como una película cualquiera, para entendernos), casi se traduce en la crónica audiovisual de la vida real de una persona cualquiera.

Pese a su empeño, hay escenas en las que se nota de manera clara la no profesionalidad del reparto, lo cual supondrá para algunos espectadores uno de los aspectos más negativos de la obra. Una opinión paradójica e incluso injusta ya que, pese a su amateurismo, los actores no lo hacen tan mal como cabría esperar, sino que además alguno llega a cuajar una buena interpretación. La otra valoración negativa, esta vez sí más justificada, vendría del escaso interés que puede generar una historia que en un mundo más ideal no debería de ser noticia, ya que cada uno tendría que tener la potestad de decidir cómo quiere que transcurra su vida social siempre que no impida la de otros. Esto último no deja de ser una apreciación personal, pero sí es cierto que falta algo de cercanía por momentos; la obra deja pocos resquicios a la hora de empatizar con el espectador, quizá peca de ser demasiado fría y seria, en la línea de esa crónica documental que mencionábamos anteriormente.

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Dejando de lado estas circunstancias, sí es cierto que Mil noches, una boda alcanza pese a todo un buen equilibrio entre dramatismo y realidad. El guión está muy bien llevado de principio a fin, sin escenas excesivamente largas o momentos huecos que pudieran interrumpir el desarrollo de la historia, como por desgracia sucede con otra clase de relatos biográficos que se adaptan al cine. Tampoco se ceba demasiado con el mensaje que quiere transmitir hasta llegar al extremo de hacer propaganda, sino que juega con los elementos necesarios para hacer que el argumento sea comprensible y a la vez profundo. Merece la pena destacar esto último porque muchas veces se ofrecen demasiadas segundas lecturas o interpretaciones en clave política. Sí, es fácil ver un mensaje feminista, pero que huye claramente de posturas radicales y sin entrar al terreno de lo grotesco como podía haber sucedido perfectamente en el desenlace.

Ver Mil noches, una boda supone liberarse de prejuicios en torno a la vida social de la gente de edad avanzada. Es cierto que la mayoría de personas cambian sus motivaciones conforme cumplen etapas y años, bien por deseo propio o bien porque “es lo que hay que hacer”. En esta película tenemos una circunstancia extraordinaria, alguien que quiere vivir la vida que quiere aunque no sea la que otros esperan que viva. El mérito es tocar un asunto que en otras manos podría haber rozado el ridículo y convertirlo en una historia veraz y disfrutable, que pese a sus comentados defectos logra despertar la atención y mantenerla, todo ello sin (aparentemente) alterar en demasía los hechos reales.

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