Miel (Valeria Golino)

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Miel es el dulce almíbar que cambia el sabor de los acontecimientos. Es el apropiado nombre elegido para la protagonista del primer largometraje de Valeria Golino, una mirada certera a una difícil cuestión que abordar, mostrando la firmeza de una actriz experimentada que toma de un modo natural la batuta para crear su propia visión.

Golino se escuda tras Jasmine Trinca para moldear a Irene, una mujer de 32 años con sus propias convicciones aferradas y una vida que maneja con total libertad, tiene el mar a sus puertas y el amor en su cama, rodeada de relaciones ocasionales con todo aquel que está cerca de ella, sin la necesidad de dar explicaciones extensas de sus ocupaciones. Lleva una doble vida que maneja con total naturalidad: su padre, amigos y amantes por un lado; su vocación de salvadora, ayudando a los que así lo piden a convertir en fácil la transición a terminar con sus dolencias por otra. A la historia se acomoda este fondo, la eutanasia, y como un proceso sobrevuela Miel sin pretensiones ni defensas, aunque sí es algo básico para conocer mejor el progreso de Irene sobre su firme opinión de aquello que nunca se planteó.

El punto de inflexión de esta historia es Grimaldi, un hombre que tras una vida experimentada y completa, tiene un mal invisible que quiere que Miel le ayude a superar. Su decisión es la que revoluciona todo lo que ha construido ella en su mente, no todo es una lenta agonía que erradicar, no todo es la ayuda a quien no tiene otra salida, ese modo caprichoso de tratar la muerte por parte de Grimaldi somete a otro nivel las vivencias de Irene y cambia su rumbo sin más.

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Caminos hay muchos para llegar a un mismo lugar, y la directora reconoce y focaliza sentimientos como pequeños instantes que plasmar. No hay largos discursos que definan las situaciones, es la respiración, un programa de televisión, la música o la lluvia quien conduce con veracidad la esencia de Miel, su evolución en la vida, dando a entender que no todo es conocido por realizarlo metódicamente una y otra vez. Transformar el texto escrito por Mauro Covacich en una elástica narración visual es el acierto que nos acerca a la protagonista con pasmosa facilidad, crea lazos por la proximidad de la cámara a su persona, a sus formas y sonrisa, suponiendo una vulnerabilidad que crece ante la rudeza de Grimaldi, un experto Carlo Cecchi que partiendo de una vida desgastada enriquece a cada momento con su presencia.

No se profundiza en sus mentiras para poder sobrellevar esa vida más allá de la necesidad de ocultarse a sí misma lo que no desea meditar, no es su mente ni su trabajo un objetivo que alcanzar, todo se cubre de una extensa luz que aporta una ligereza absoluta a los más tristes eventos que debe soportar, no hay ni una sola doblez en lo que se nos muestra, y se agradece esa libertad en la que seguir sus pasos no desemboque en una oscura realidad que no es tal. El triángulo que forman la joven, el hombre y la cámara da pie a una imprescindible sensación de verdad, donde cada canción programada en un preciso momento nos habla con propiedad de las miradas que se comparten.

Valeria Golino se somete a la maestría del principiante con elegancia. Miel es la mirada a un mañana, sus pálpitos dirigen los pasos sin miedo alguno a mostrar su dirección, un toque fresco a un complejo tema que no rehuye responsabilidades y sí muestra con madurez y atino la evolución y la aceptación a partes iguales.

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