Medeas (Andrea Pallaoro)

No han sido pocos los que han emparentado el debut de Andrea Pallaoro con el universo de Terrence Malick, y es que pese a no percibir demasiados rasgos del cine del segundo en Medeas (algunos de ellos, prácticamente ineludibles, como la voz en off o ciertas reiteraciones temáticas, no tienen lugar aquí), sí se puede trazar en cierto modo un nexo entre el estilo visual empleado por el italiano que, pese a diluirse en un trabajo actoral que Pallaoro lleva más allá, desde luego suscita ciertos vínculos en cuanto a la metodología en el uso del plano o incluso en la búsqueda de un encuadre orgánico, que encuentre un perfecto equilibrio entre lo narrativo y lo visual.

Medeas

Estaría mintiendo si dijera que la labor del italiano en ese ámbito se queda ahí, ya que sin lugar a dudas estamos hablando del campo principal del trabajo de Pallaoro: para él no existen lo que bien podrían ser percibidos como adornos o modos de sugestionar la mirada del espectador, y es ese motivo por el cual componentes como la voz en off, la banda sonora o incluso el movimiento de la cámara quedan reducidos prácticamente a la nada en Medeas. De hecho, que la sonorización quede restringida a los diálogos de los actores y el sonido ambiente dice mucho sobre cual es exactamente la búsqueda —o, mejor todavía, la intención— del debutante en un título tan sorprendente como el que nos ocupa.

En efecto, Medeas es uno de esos trabajos que dejan la introspección íntegramente en manos del espectador. De hecho, uno puede conocer o no la tragedia que sirve como telón de fondo al film, y ello no tiene porque influir en la percepción de un espectador abonado a las imágenes, los detalles y los gestos. Que todo ello cobre una importancia cuasi visceral para Pallaoro es el mejor indicativo de hacia donde nos quiere llevar el director, hecho que en esta ocasión resulta bastante contradictorio dado que el transalpino propone un diálogo casi pristino en el que no hay condicionantes, y quien se encarga —más que nunca— de alcanzar unas conclusiones es el propio espectador.

Medeas

El ejercicio realizado por Pallaoro llega a tal punto que incluso la cámara se mueve con los personajes, y aunque el hecho de no limitar esa mirada —no nos engañemos— empieza donde el cineasta decide mostrar o no mostrar en un plano, la honestidad y valentía con que afronta el film atraviesan la pantalla haciéndole a uno partícipe de un relato que avanza inmerso en una incomodidad latente, casi empapada a las entrañas de la obra por su director. Ese casi, no obstante, resulta condicional desde el momento en el que un incómodo ambiente es sugerido a través de simples puntualizaciones, sean estas derivadas de la relación que los personajes mantienen entre sí, o de la mera aparición de un elemento que determine ese contexto.

Un contexto que queda descrito con facilidad sin que haya una necesidad imperante de recurrir a escenas que lo refuercen. Pallaoro se vale del día a día de esa familia —sin ornamentos ni elementos explícitos de más— para desentrañar el aislamiento en el que viven, inmersos en un terreno rodeado de bastos campos que precisamente fijan el marco idóneo para que la intransigente figura paterna pueda entablar un contacto que se antoja opresivo en algunos aspectos. Los motivos de ese comportamiento parecen residir en los símbolos —la oración antes de la cena, el crucifijo encima de la cama— que llevan al padre de familia a establecer un control sobre sus hijos donde la supresión de ciertos anhelos propios de la edad se antoja clave.

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A través de ese marco establecido, Pallaoro enarbola distintas vertientes que nos llevan a relatos paralelos o directamente subcutáneos y que establecen los pasos de los distintos personajes que conviven con esa restrictiva figura paterna: el romance mantenido por la madre de familia (que en una secuencia posterior quedará desplegado como uno —de tantos— de los posibles gérmenes de esa conclusión), el despertar sexual de dos hijos ya en etapa adolescente —ella mediante otro romance, él recurriendo a publicaciones de cariz erótico— e incluso la relación de otro de los infantes con un can al que alimenta mientras cena —bajo la contrariada mirada de su padre— y que parece ser su válvula de escape.

Ese animal, único presente en el interior de la casa —además de un pájaro al que solo vemos escapar de las manos del hijo mayor en una de las escenas—, es uno de tantos en el bestiario particular del italiano, que percibe precisamente en ellos una importancia crucial tanto en la actitud testimonial que poseen dentro del film, como en su relación con los distintos integrantes de esa familia, una relación dispar que culmina con instantes casi premonitorios en los que la participación de la propia naturaleza —esa lluvia que llega precisamente tras haber visto al uno de los pequeños de la familia realizar una danza de la lluvia debido al clima del que viven envueltos— acompaña la participación de esos animales que surgen y desaparecen casi sin que su presencia sea advertida —aunque termine siéndolo por la quietud que envuelve Medeas—.

Medeas

Medeas se configura como un debut repleto de detalles que no resultan precisamente accesorios y cimentan una de esas obras que continúan incluso después de su visionado. De hecho, la multitud de recovecos y detalles que posee la cinta de Pallaoro —la fragmentación de los cuerpos, la introducción de componentes como ese televisor, el preámbulo final como presagio de su conclusión, etc…— bien podrían ser el pretexto perfecto para continuar ampliando estas impresiones, pero al fin y al cabo Medeas termina siendo más un film del espectador que del propio director. Ello no significa que el italiano no deje un sello impreso, un tono único y personal que eleva su ópera prima a cotas difícilmente alcanzables por un debutante, pero el hecho de que otorgue espacio y tiempo al público emerge como factor clave para comprender esta última afirmación. Sea como fuere, Medeas es una película ineludible que esconde los recovecos de un cine por explorar, al que si su director sabe otorgar continuidad podremos disfrutar de un talento como pocos. De momento, nos queda un lírico y magnífico testimonio resguardado en las entrañas de un cine tan contemplativo como estimulante.

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