Master LAV. Clase de cine Filmadrid 2017

Mientras en las calles se derretían el pavimento de las aceras y el asfalto, una corriente de aire fresco circulaba dentro de la sala Azcona. La Cineteca programó una decena de cortometrajes como parte de la actividad paralela organizada por el Laboratorio AudioVisual de creación y práctica contemporánea, un centro de estudios y reflexión sobre cine, vídeo y manifestaciones derivadas del mundo audiovisual. Tres alumnas y otros siete compañeros más, autores de once trabajos que, por razones técnicas, no pudo ser proyectado en su totalidad.

El trabajo ausente fue Esteiro, de Álvaro Larriba, una palabra en gallego que designa al estuario, ese accidente geográfico que modula el agua, de la misma forma que se modula una sucesión de imágenes fijas del mar, en blanco y negro, al inicio, progresando después por paisaje nocturnos con niebla y, sin salir de la noche, llegar hasta unas fuentes en la ciudad y terminar de nuevo en el mar. Solo marcado por la banda sonora que mimetiza ese embudo visual de humedad que supone un estuario.

Partiendo de este trabajo cerrado, frente a otros que se encontraban todavía en proceso, ya se ven unas pautas comunes a casi todos los videos como son la incorporación de imágenes de archivo y material en otros soportes fotográficos o digitales. El sonido ambiente, musical o los diálogos para mantener una coherencia, tal vez una sucesión ordenada de los planos aunque no sean obras narrativas en apariencia, pero sí lógicas en la impresión sensorial que proyectan. Otros requisitos comunes son el uso de diferentes formatos de pantalla, desde encuadres verticales propios de una grabación amateur con móvil, sin buscar el formato panorámico. Hasta encuadres cuadrados o miméticos con el antiguo 3×4 catódico. Tal vez por que suponen una guía para buscar el reencuadre dentro de la pantalla, el centro de interés de la mirada que se cuestiona.

En este aspecto destacan Nervio de Martín Baus, un zoom en retroceso lentísimo con dos planos diferentes, uno general y otro más cercano de unas imágenes de super 8 veraniegas, unidas por el nervio que separa un fotograma del siguiente. La ampliación de ese marco oscuro mientras las dos imágenes también siguen en movimiento, crea una tensión que otorga sentido a ese nervio que no percibimos a una velocidad normal de visionado. Este fue el primer proyecto inacabado de la sesión.

I´ll Kill the Kitchen de Diego López Bueno, es un trabajo pensado para una instalación en galería de arte o museos, en el que se aprecia ese complejo juego de capas con imágenes superpuestas, el uso de imágenes en negativo, solarizados y un ambiente inquietante por la banda sonora. Aquí es donde se percibe muy bien el uso de reencuadres y ratios de distintos tamaños y soportes.

También llega a esas superposiciones Gabriela Guerra en CARA CORONA CRUZ, con otro de los trabajos por cerrar, que constituye una reflexión acerca de los selfies, la exposición personal de las personas en las redes sociales, con una mezcla de tonos anímicos, desde la tristeza hasta la burla. Pensado también para una instalación futura que se ve propicia para ejecutar una performance en directo por ese juego con la autograbación de la protagonista.

Adrián Canoura dirige dos piezas. La primera incompleta, Caerán lóstregos do ceo parte de imágenes fantasmales por la saturación del color y el sonido, con esa Santa compaña a punto de asomar en el plano mientras un hombre sujeta una cruz en el horizonte. Un ejercicio visual distinto a ese Painting Blue Velvet, un corto mudo, de rodaje artesanal, con una mezcla de líquidos sobre un cristal que se deslizan y ejecutan formas aleatorias al tiempo que leemos la letra del conocido tema musical popularizado por varios cantantes. La particularidad es que si conocemos la canción, mentalmente dotaremos de ritmo a la cadencia de las formas caprichosas que lucen sobre la pantalla.

10/5, de Miguel Rodríguez, parece el resultado de una apuesta, de un gracioso encadenado entre acciones y reacciones que se desarrollan con la sucesión de secuencias. Planos excelentes que muestran escalas focales cercanas y lejanas. Un entretenimiento audiovisual marcado por la manipulación de la cámara y el lugar en el que puede quedar tras sufrir accidentes, ser volteada. A partir de un plano fijo grabado con profundidad de campo total o media. Una sorpresa muy gratificante por el humor sutil que destila.

Alejandro García dirige Seoane, que es la lectura de la carta de un preso desde la cárcel de Zamora. Un preso político veterano, cuya misiva resulta conmovedora ya, en su propia escritura. Un texto emotivo, poético, surcado por planos que reverberan, interactúan y amplifican el sentido de la voz en off. Un trabajo con fundidos y encadenados que dotan de sosiego la fuerza reivindicativa de las reflexiones epistolares con un resultado armónico, poético de la voz, del sonido más la visión de esos fugaces planos detalle. Todo unido por la melancolía y tendente hacia la esperanza.

Antes de llegar al final que supuso la visión del clip de Marisabel Arias, el socarrón Karaoke Bowie, orquestado por la canción Heroes de David Bowie, expuesta con la voracidad del mercado actual, como un símbolo del arte caníbal que ha fagocitado todo lo valioso de una canción de rock para convertirlo en moneda de cambio. Una simple animación que alterna la cara de Bowie y la de un retrato, quizás de Tarsila do Amaral, representante de aquella pintura, que se acopla al mensaje de los subtítulos reivindicativos que se suceden sin relación con la letra de la canción.

Los dos cortometrajes restantes destacan frente a los demás porque manifiestan una narrativa tradicional, deudora de un guión previo más trazado, pero con mucho interés por la manera de dar un giro a sus propuestas. El penalti, una comedia que sigue los pasos de un actor andaluz en paro, de bar en bar, locales por los que deja su curriculum en busca de un trabajo. Alonso Valbuena dirige a su protagonista a través de una serie de planos generales, estéticamente impecables, fachadas de cafeterías y tascas a las que vemos cómo entra el candidato. En un ejercicio metalingüístico genial, entre ficción y documental, el actor interpreta su papel al mismo tiempo que los camareros o dependientes que lo atienden dentro, actúan sin saber que se hallan interpretando. Un corto recién sacado del horno, con el añadido de la celebración en Cibeles del afamado torneo de fútbol europeo. Una buena suma de síntesis, uso de los recursos técnicos y aprovechamiento de la actualidad, lleno de humor. Una vuelta de tuerca al manoseado cine social.

También se marca otra comedia, quizás de tono más suave pero apasionante. Una reflexión del cine dentro del cine a partir de un metraje encontrado por su autora, Rocío Montaño Parreño. Imágenes recreadas por un grupo de niñas y su primo que se divierten mientras hacen su propia película. Retrato de Burete es un cortometraje que promete ser mucho más largo. Un juego infantil de niños y matrioskas haciendo cine, grabando cómo se hizo y editándolo para verlo posteriormente. Una evocación de la infancia, otros paisajes de la niñez. Otros tiempos.



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