Maquia, una historia de amor inmortal (Mari Okada)

Como si se tratase de unas amazonas que tejen el destino de los seres humanos, las Iorf son mujeres que no envejecen, quizás inmortales, siempre jóvenes. Trabajan tejiendo largas estelas con aspecto de bellos telares —los hibiols— para crear una cuadrícula que conecte las vidas de las personas con el tiempo que viven. En su personal edén corre un agua clara, los campos extienden sus flores en una primavera constante. Hasta que llegan los emisarios del rey, soldados hostiles cabalgando a lomos de los renatos, grandes dragones de ojos enrojecidos que sufren un fuego en sus entrañas. La muerte llega entonces al paraíso de las Iorf. Maquia sube a un dragón cuando está a punto de perder la vida en el ataque y su renato la deja perdida en un bosque donde comienza una nueva vida durante la que adoptará a un bebé huérfano, Ariel. ¿Vivirá como una mortal más, lejos de su mejor amiga, Leilia, de la venerable anciana y del resto de compañeras?

Mari Okada dirige su primer largometraje de animación con la experiencia acumulada tras dos décadas de trabajo como guionista de numerosas series y episodios de animes. Esta profesionalidad se aprecia en la escritura del film, con un fondo narrativo que no deja elementos al azar, además de presentar a unos personajes asentados dentro de un universo de ficción original, consistente, bien armado, aunque tenga influencias externas de la literatura o el cine. Porque a diferencia de la mayoría de films, comics o series de televisión que abundan en este siglo veintiuno, ya sea como sagas o episodios previos para construirlas de ambiente fantástico, mitológico y tal vez romántico, la producción de animación japonesa suele ir al grano de la acción, sin necesidad de retrotraerse a la prehistoria de los personajes, familias y situaciones que los han llevado a su estado actual. Esto no supone un inconveniente para dar unas pinceladas mediante diálogos o una breve introducción en off por parte de Maquia —en este caso concreto— que cuenta cómo son las mujeres de su comunidad. Sin embargo no son necesarios preámbulos mayores, una forma de narrar que se agradece y nos ahorra tediosas trilogías para explicar orígenes y demás trivialidades que abusen del culebrón. Y cada lector —por supuesto— es libre de recordar las que más rabia le den.

Por estas razones se nota que la fantasía narrada se presenta son solidez, cierto desenfado y sin necesidad de imponer una religión respecto a un producto con vocación de divertimento. Incluso los elementos extraordinarios que se desarrollan de forma natural en el primer tercio, como son los dragones, guerreros y las mujeres eternas, desaparecen en los siguientes actos sin resultar forzada su exclusión de la historia. La razón más lógica que sustenta el cambio de tono desde el fantástico hasta el drama romántico desaforado, proviene de un tratamiento arrebatado de las relaciones materno filiales de la protagonista con Ariel, actitudes rayanas en el romanticismo platónico más propio de amantes despechados y celosos, que de una madre por su hijo, o viceversa.

Tal vez sea esta sublimación de los sentimientos una propuesta que no podrá superar la sensación de cursilería para gran parte del público, pero que al mismo tiempo resulte adecuada a mentes más abiertas en tal desproporción exagerada de las emociones. Esa confrontación de acentos genéricos logra uno de los factores más interesantes de la cinta, ya que las escenas bélicas y mágicas son tratadas como interludios que apoyan levemente la evolución amorosa y personal de los dos personajes. Son momentos cumbre que funcionan por contraste, como es el caso del parto del retoño de Ariel, expuesto en montaje paralelo junto a la masacre perpetrada por los guerreros que invaden la ciudad.

La calidad artística llega a las mejores cotas con esa técnica de animación —tan propia del cine nipón— que dota de libertad, alegría o tristeza los gestos y acciones de los personajes, enmarcados por grandes fondos de maestría pictórica. Destacan por encima de todo las grandes panorámicas de la ciudad industrial llena de pozos, gigantescos molinos y enormes construcciones colocadas en forma de escalera, una población rodeada por una penumbra fantasmal constante. O los luminosos planos generales con los altos palacios de la realeza y ejército, en espacios paradisiacos a orillas de un lago. Pero más allá de la hipérbole sensible, del canto a la maternidad o de los romances con cariz adolescente, los aciertos de la película se desbordan en la defensa del matriarcado como fuerza motriz de la civilización, sin las imposiciones del machismo habitual. También en el juego de caracteres al inicio del film, las réplicas entre Maquia, tímida y asustada, frente a su amiga Leilia, vitalista y osada, cuando esta salta al agua desde un acantilado ante la mirada absorta de aquella. Y por supuesto la sugestión que se consigue con el zumbido metálico, al batir las alas de los dragones en el cielo, un rugido furioso que clama por la aventura. Esa capacidad de crear poesía con las imágenes más fieras de igual manera que con cualquier atardecer o los dientes de león que se esparcen al viento.



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