Lo mejor de 2016 por… Nacho Villalba

No he visto tanto cine de estreno este año como para aventurarme a valorar si su estado es más o menos óptimo, si hay un género o un autor que haya despuntado o decaído particularmente, si hay corrientes en alza o en decadencia, o demás consideraciones de esta índole. Si realmente quisiera sacar algo en claro partiendo de lo poco que he visto, supongo que volvería a lo que dije en años anteriores: que el cine de terror sigue atravesando un momento muy dulce (hasta seis de las películas de mi lista se inscriben en este género o coquetean con él de forma más o menos clara) y que hay autores que, hagan lo que hagan, nunca defraudan. Ahí está Tarantino, firmando la que para servidor es indudablemente la mejor película del año, Los odiosos ocho. Lástima que, según la política de esta web, no cubra la necesaria cuota de malditismo que se requiere para poder entrar, al igual que tampoco la cubren otras películas magníficas que hubiera incluido en mi lista en otras circunstancias: Julieta, Spotlight, Tarde para la ira… En cualquier caso, las que están me parecen lo suficientemente buenas y relevantes como para afirmar que, sin ser un año especialmente redondo (aunque, insisto, me queda mucho por ver), este 2016 ha seguido deparando obras valiosas que no conviene perderse. Esperemos que el 2017 sea, como mínimo, igual de generoso… o un poquito más, ya puestos a pedir.

 

10 — El botón de nácar (Patricio Guzmán)

Como en Nostalgia de la luz, Patricio Guzmán vuelve a conjugar lo cósmico y lo mundano para explorar la historia (trágica) de su país, con más mentalidad de poeta que de historiador, dicho sea de paso. Puede que las correspondencias entre los elementos naturales (el gua en el caso que nos ocupa) y el devenir histórico de Chile resulten en ocasiones algo forzadas, o que haya un exceso de voz en off y de lirismo que lastre parcialmente la fuerza de la película, pero es difícil negarle contundencia y lucidez a un trabajo que enlaza con tanta inteligencia y sentido los dos exterminios —el de los primeros patagones a manos de los británicos y el que cometió Pinochet— sin ceder a truculencias y manteniendo siempre afinado tanto el espíritu crítico como el analítico. El resultado final es en su mayor parte apasionante: una obra a medio camino entre el documental histórico-político y el ensayo poético que, al tiempo que instruye sobre unos hechos terribles pero no especialmente conocidos, invita a reflexionar sobre el pasado negro (y casi olvidado) sobre el que hemos ido construyendo nuestro presente.

 

9 — El regalo (Joel Edgerton)

Sorprende el debut del actor Joel Edgerton por la seguridad de su tono, la precisión de sus formas y la inteligencia de su contenido. Era fácil caer en el thriller barato de sobremesa, ceder a los efectismos, ser vulgar con una historia como la que se nos cuenta aquí, que parece haberse contado mil veces ya. Sin embargo, Edgerton sabe ser retorcido de un modo muy personal, utilizando los elementos de suspense y terror para propiciar reflexiones incómodas en torno a la culpa, la mala conciencia, la hipocresía social y la precariedad de nuestra burguesa y aparentemente estable forma de vida. Sin perderse en maniqueísmos ni forzar el argumento o caer en lo inverosímil, Edgerton construye una pequeña y tensa película de intriga que, además de sorprender con su inteligente puesta en escena, sabe ser portadora de un mal rollo nada gratuito, hasta hacernos sentir que lo que nos cuenta nos atañe, que no es otra película más de venganzas triviales, sino un examen de conciencia en el que nadie acaba sintiéndose limpio del todo, ni víctima ni victimario (con los roles ya definitivamente intercambiables). Una prometedora ópera prima.

 

8 — No respires (Fede Álvarez)

Una de las sorpresas más agradables de la cosecha de cine de terror de 2016, si bien cabría más inscribirla dentro del thriller, en este caso el de pequeño formato: espacio reducido, acción casi en tiempo real, pocos personajes. El uruguayo Fede Álvarez logra, con estos escasos mimbres, construir una película tensa y claustrofóbica como pocas, de esas que coloquialmente llamamos “de morderse las uñas”. Lo hace exhibiendo un dominio narrativo infrecuente, aportando imaginación visual al esquema clásico de las ‹home invasions› y punteando la narración con pequeñas dosis de perversidad y crudeza que enturbian una trama ya de por sí bastante sórdida. De este modo, un guion sencillo (con algunas sorpresas bien administradas, pero no especialmente original o rompedor) sirve de perfecto vehículo para testar las habilidades del autor de Posesión infernal, lo suficientemente generosas como para dotar de personalidad a esta pequeña gema del terror americano.

 

7 — Bone Tomahawk (S. Craig Zahler)

Bone Tomahawk no es tanto la revitalización de un género en desuso (aunque últimamente más frecuentado de lo habitual), como la gratificante perversión de sus rasgos más reconocibles. Por supuesto, hay personajes arquetípicos, hay un escenario reconocible, hay indios temibles y una joven secuestrada a la que se debe rescatar… Hay mucho de lo que hemos visto ya en decenas de westerns, pero rara vez aliñado con un sentido del humor tan negro y un gusto por la truculencia que entronca directamente con el cine de terror. El choque entre civilización y barbarie adquiere aquí resonancias mucho más primitivas y brutales, casi lindando con una poética fantástica (se diría que los nativos caníbales son más monstruos que humanos), al tiempo que los protagonistas pierden su inocencia cuando dejan atrás la tierra que les es propia (y que, irónicamente, conquistaron a fuerza de sangre y exterminio) para adentrarse en territorio bárbaro y extraño. Hay ironía y regusto crítico en la descripción de los personajes (todos poseedores de una gran entidad), hay diálogos muy bien escritos y hay, quizás, algún problema de ritmo que se podía haber evitado, pero es ‹pecata minuta› para un título tan delicioso y anómalo, seguramente el mejor western del año si no existiera Los odiosos ocho.

 

6 — Elle (Paul Verhoeven)

Mucho se ha celebrado, y no sin razón, el regreso de Paul Verhoeven al cine tras diez años de sequía. Sin alcanzar (para servidor al menos) el nivel de la formidable El libro negro, lo cierto es que no escatima, como aquella, ni causticidad ni sus buenas dosis de provocación, pero sorprende al servirlas de un modo quizás más esquivo y frío que nunca, con un lenguaje calmado que camufla, hasta cierto punto, el mal rollo total que recorre la cinta. El holandés satiriza a costa de la familia y la burguesía pero nunca resulta obvio o caricaturesco, al contrario, lo que prima durante todo el metraje es la ambigüedad, el desconcierto y el relativismo moral, a través de los cuales cincela un personaje terriblemente enigmático y fascinante, al que pone cuerpo y voz la siempre inconmensurable Isabelle Huppert. Puede que no todo funcione en Elle, que la narración cojee a veces o que el humor no se gradúe como debiera, pero parece evidente que muy pocos autores saben polemizar, cuestionar nuestro sistema ético y desnudar las miserias e hipocresías de nuestra sociedad de un modo tan inteligente, osado y perturbador, y eso merece aplaudirse siempre.

 

5 — La bruja (Robert Eggers)

Otro debut en la lista (el tercero, si no yerro), también de un autor estadounidense, Robert Eggers; señal, quizás, del buen nivel que ostentan muchos de los jóvenes directores americanos que están empezando en esto. Esta rigurosa, culta, soberbiamente ambientada fábula sobre brujería y superstición, se inscribe en una corriente del cine de terror caracterizada por su tono adulto, contenido, rico en ambigüedades y matices. De estética naturalista y espartana, con una verosimilitud ambiental difícil de conseguir, estamos ante una cinta absorbente y ominosa que describe la irrupción (¿real o imaginaria?) del Mal en el seno de una familia de colonos cristianos en el siglo XVII, y cómo éste va minando la resistencia psicológica de sus miembros y dando vía libre a todo tipo de malos instintos. Eggers gradúa inteligentemente los vaivenes psicológicos de unos y otros, sin perder por ello de vista el elemento fantástico, que crece lentamente hasta llegar a un clímax final portentoso. Quizás pueda acusarse a su director de pisar siempre sobre seguro, de querer atar tan en corto cada elemento de la película que a ratos parece un poco constreñida por sus propias ambiciones, pero nadie puede negarle belleza, poderío y sofisticación. Razones suficientes como para considerarla una de las grandes películas de terror del año.

 

4 — El extraño (Na Hong-jin)

Na Hong-jin, uno de los valores en alza del cine surcoreano, deja a un lado el thriller descarnado que tanto prestigio le había reportado en The Chaser y The Yellow Sea para incursionar en el género de terror, sustituyendo los espacios urbanos por los rurales. La empresa deviene más interesante y compleja de lo que hubiéramos imaginado, por la capacidad de su autor para fusionar, en un mismo relato, diferentes registros y tonos, para deleite y desconcierto del espectador. Lo que parece un thriller sobre un asesino en serie deviene poco a poco en puro y duro cine de terror diabólico, con muchos matices sociológicos, cómicos y antropológicos entre medias que perfilan una imagen crítica y poco complaciente de la Corea del Sur más rural y xenófoba, anclada en supersticiones y miedos atávicos que se superan mediante el recurso a la magia y la religión. Como en la superior Cure, de Kiyoshi Kurosawa, el Mal proviene de una figura extraña y enigmática (un japonés) que contamina a todo aquel con quien tiene contacto, como si portara un virus. Jugando con el cine de posesiones y el thriller sobrenatural más ambiguo, la cinta se despliega de forma imprevisible y persuasiva a través de sus dos horas y media de metraje, superando sus pequeñas caídas de atención con un magnetismo visual innegable que acaba desembocando en una larga secuencia final (sostenida sobre dos focos narrativos diferentes) que es un prodigio de planificación, ritmo, intriga, elegancia y tensión dramática. Una anomalía terrorífica, idiosincrática y fatalista, que evidencia el poderío cinematográfico que ha alcanzado su director.

 

3 — Cegados por el sol (Luca Guadagnino)

Nadie quiere remakes miméticos, inútiles. Fotocopias rejuvenecidas. Yo no los quiero, al menos. Por eso resulta tan reconfortante descubrir películas como esta de Luca Guadagnino, que pasan sobre el original en el que se inspiran con un descaro creativo admirable, labrándose su propia personalidad, sin miedos ni constricciones. De la película de Deray, el italiano se apropia el clima malsano, el turbio juego de afectos, rencores y pasiones y la piscina como centro neurálgico de todo ese mal rollo reprimido, pero expande el escenario (un pequeño pueblo costero a orillas del Mediterráneo) y modula el tono y el ritmo para que se inclinen más hacia lo dionisíaco y festivo que hacia la calma chicha psicológica del film con Delon y Schneider. Cegados por el sol es constantemente creativa, tensa e hipnótica, incluso cuando impera esa energía vitalista que irradia el personaje de Ralph Fiennes. Con la sensualidad y el magnetismo como principales rasgos distintivos, Guadagnino ha creado una obra anómala, esquiva e impredecible, capaz de mantener en trance al espectador sin dejar de aparentar una ligereza puntualmente dinamitada por convulsiones de perversión que arrastran la narración hacia el territorio del thriller psicológico más enfermizo. Una pequeña joya que conviene reivindicar.

 

2 — Berberian Sound Studio (Peter Strickland)

Una de las películas más extrañas del año. Cine dentro del cine que se inicia como homenaje al ‹giallo› y pronto muda a reflexión en torno a la naturaleza alienante y caníbal del medio. Inspirándose en una ficticia cinta sobre brujería, la obra despliega su propio hechizo mediante una narrativa inestable, ambigua y perturbadoramente reiterativa, cuyo poder de fascinación se adueña del espectador al mismo ritmo al que se resquebraja la cordura de su protagonista (un operario de sonido magistralmente interpretado por Toby Jones), atrapado progresivamente en esa zona esotérica maldita que supone el estudio del título, en la que realidad y ficción se mezclan y alteran conforme el embrujo (visual y, sobre todo, sonoro) de la pantalla nos tienta y nos invita a cruzar al Otro Lado. Desde Mulholland Drive no veía una película que cuestionara de modo tan atrevido los cimientos que sostienen la tradicional narrativa cinematográfica para reivindicar precisamente eso: la condición netamente diabólica del cine. Una lejana y bastarda descendiente de la mítica Arrebato.

 

1 — Carol (Todd Haynes)

Todd Haynes nunca ha ocultado su fascinación por el melodrama clásico de Hollywood, algo que le llevó directamente a mimetizar la voz de uno de sus máximos referentes, Douglas Sirk, en Lejos del cielo. Pese a su excelente recibimiento crítico, uno intuía que tal estrategia limitaba el verdadero alcance de la película, condenada a brillar casi exclusivamente en su condición de objeto posmoderno destinado a funcionar como sofisticada y cinéfila cámara de ecos. Sin embargo, con la miniserie Mildred Pierce alumbró una vía alternativa y más estimulante desde la que abordar el tejido del melodrama, sustentada no tanto en la suntuosa reproducción formal de modelos añejos como en la reducción de la forma a sus partículas más elocuentes y conmovedoras, algo que en Carol resulta de una evidencia incontestable: sin perder un ápice de elegancia, la película se narra con un lenguaje audiovisual sobrio y preciso que revela hasta qué punto Haynes ha madurado como cineasta. Con una meticulosidad insólita, el autor de Safe consigue esquivar los riesgos del academicismo conjugando niveles parejos de frialdad y emoción en su modélica narrativa, generando una textura extraña, cálida y cerebral al mismo tiempo, que se intoxica de matices melancólicos a lo Edward Hooper o se vuelve volátil y frágil como un espejismo únicamente cuando la historia así lo requiere (el etéreo primer paseo en coche). Haynes hace suyo un material ajeno (un guion de Phillys Nagy sobre un texto de Patricia Highsmith) para seguir hablando de naturalezas reprimidas y constricciones sociales, pero esta vez depurando su lenguaje hasta rozar la perfección. El desenlace, emotivo y valiente, y las extraordinarias interpretaciones de Blanchett y Mara, redondean una obra destinada a perdurar.

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