L’étrangleur (Paul Vecchiali)

Paul Vecchiali es uno de esos cineastas ocultos para el gran público que aún mantiene alrededor de su figura un cierto resplandor de misterio. Sus películas son muy difíciles de visualizar, resultando casi una quimera poder admirar sus primeras obras. De este modo Vecchiali emerge en el imaginario cinéfilo sobre todo a través de referencias de aquellos que han tenido la suerte de conseguir ese vellocino de oro que son sus seminales films, o del mismo modo en virtud de los escasos escritos acerca de su carrera localizados en internet. Algunos de estos textos comparan al cineasta galo con leyendas del cine de arte y ensayo como Alan Resnais o el germano Rainer Werner Fassbinder. Pero, después de haber tenido la suerte de apreciar tres de sus cintas más aclamadas por mediación de un ángel encantador cuyo bello corazón ha guiado mis primeros pasos en el cine de este maestro, creo que sería injusto comparar a Vecchiali con cualquier otro cineasta. Porque Vecchiali encarna ese cine singular alejado de modas y semejanzas que convierte a los integrantes de ese gremio en una especie en extinción señalada por su singularidad y el rechazo a toda señal convencionalmente aceptada. El autor de Femmes, Femmes es un espíritu libre que huye de la popularidad y el aplauso fácil, aspectos que supondrían renunciar a su inquebrantable independencia y espontaneidad. Una paloma al viento que inserta en sus creaciones su gusto personal de un modo radical y honesto y por ello apartado de esa línea que marca el camino del éxito representada por las apariencias y la felonía.

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Para reivindicar a este genio del cine, he apostado por reseñar su tercer largometraje, quizás una de sus obras más accesibles para el gran público, pero igualmente dotada de esa rabia divergente que la califica como un experimento altamente sugestivo. Y es que L’étrangleur se alza como una extraña propuesta de cine de género —subgénero estranguladores psicópatas que tan de moda estuvo en esa época con títulos como El fotógrafo del pánicoEl estrangulador de Boston, El estrangulador de Rillington Place o Frenesí— que partiendo de los dogmas inherentes al mismo, logrará torcerlos hacia un sendero original y poético donde tendrán cabida curiosos ingredientes que tocarán desde guiños surrealistas —de tono muy buñuelesco fundamentalmente por esas insinuaciones fetichistas que contiene el film— emparentados con el teatro del absurdo hasta ciertas reminiscencias al giallo italiano de trincheras constituyendo así una amalgama de alusiones y giros ciertamente cautivadora y diferencial.

En el arranque del film, Vecchiali dará muestras de su ostentoso gusto por la composición escénica —de clara evocación teatral— arrancando con una excelente panorámica que radiografía cada esquina de la habitación donde se sitúa la secuencia de presentación del film mientras una tenue voz nos informará sobre la presencia de un travieso niño llamado Emile que parece esconder su presencia de sus progenitores tras cometer una inocente diablura. Acto seguido, la cámara descubrirá la presencia del pequeño, quien sigilosamente romperá una hucha abrigándose con una llamativa bufanda para escaparse de casa con destino en principio desconocido.

Vecchiali ofrecerá en estos primeros compases de la película todo un recital de dominio de la técnica cinematográfica, narrando mediante imágenes y sin apenas diálogos los avatares que conducirán al nacimiento del trauma que marcará la existencia del protagonista. Así, un plano subjetivo nos convertirá en los ojos del infante en su huida del hogar hasta su arribo a una estación de tren en la que el pequeño, tras deambular sin rumbo entre militares y puestos de venta ambulante sitos en el apeadero, será testigo del estrangulamiento de una bella y apesadumbrada mujer a manos de un extraño quien empleará la bufanda blanca que vestía Emile como mortífera arma de matar.

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Una mesiánica elipsis nos emplazará en la Francia de los setenta, donde están teniendo lugar una serie de asesinatos de mujeres solitarias por estrangulamiento. El Leitmotiv que parece repetirse como patrón criminal consiste en que las víctimas conservaban un perfil atormentado, solitario, infeliz y depresivo, —hecho que convierte su asesinato en una especie de liberación espiritual del suplicio en el que se había convertido su trayecto por este depravado mundo—, así como la ejecución del crimen con una bufanda de lana blanca. El asesino solitario de mujeres —así es como han etiquetado los medios al psicópata que atemoriza la ciudad— se convertirá pues en el principal objetivo del inspector Simon Dangret, un experimentado policía adicto al trabajo, obsesionado por el círculo misterioso y desconcertante que parece encerrar este indescifrable proceso en el que aparentemente no existe un móvil claro que identifique la personalidad del asesino. Para ello, Dangret se hará pasar por un reportero de sucesos como señuelo para atraer hacia su morada al infractor contando igualmente con la inesperada ayuda de una joven que se ofrecerá como cebo para cazar al asesino dada la fascinación que siente la misma por el carácter romántico que presenta el suceso. En paralelo a los asesinatos, surgirá la aparición de un ladrón llamado Chacal quien se aprovechará de los crímenes cometidos por el desconocido estrangulador usurpando las pertenencias de las víctimas, introduciendo así una hipótesis delictiva que provocará si cabe aún más confusión a la investigación policial.

Como si de un Alfred Hitchcock de la nueva ola se tratara, Vecchiali renunciará a cualquier aureola de intriga y misterio alrededor de quien se esconde tras la figura del asesino, exhibiendo en los primeros compases con toda claridad y detalle que el mismo abraza el rostro de un crecido Emile (fantástico Jacques Perrin en un papel muy subliminal hecho a su medida), cuyo trauma vivido en su infancia ha convertido en un ser desplazado de la sociedad. Un anacoreta sin contactos ni conocidos que ha adoptado como objetivo vital acabar con el dolor y la amargura que persigue a esas mujeres sumidas en un estado de angustia incompatible con una existencia feliz y plena.

Y a partir de esta sinopsis que muy bien podría haber dado lugar a una cinta muy convencional vinculada al trillado género de asesinos en serie, Vecchiali supo tejer una cinta peculiar y contradictoria, que pivota fundamentalmente sobre el aspecto psicológico y social dejando de lado pues la marca de cine adscrito al imaginario del thriller o el terror. El estrangulador de Vecchiali no será presentado como un desequilibrado gobernado por la enajenación mental. No. Así, su estampa será la de un ángel exterminador procurador de paz. Los asesinatos filmados por Vecchiali no visten disfraz de pánico o pavor. Al revés. Las víctimas serán fotografiadas con un temperamento sosegado y feliz, cuya aflicción será sajada en un acto de absolución por un asesino que no busca su propio placer con a comisión del crimen, sino que persigue proporcionar ese reposo eterno a unas almas que vagan en pena su insufrible padecimiento existencial.

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En este sentido la concepción visual del film dista de ser catalogada como tenebrosa. Y es que Vecchiali puso la carne en el asador para filmar al más puro estilo de la Nouvelle Vague dando el protagonismo de su película a esas calles de un París luminoso y curioso, donde los viandantes observarán con ojos fisgones la entrometida cámara del francés, el cual dotará al film de un aura de improvisación y por ende unas espléndidas secuencias rodadas en las avenidas y calles de París. Por consiguiente, realidad y ficción se darán la mano con total naturalidad convirtiendo a los moradores de la capital francesa en unos personajes más de la historia ideada por el autor de Zone franche, mediante la inclusión de maravillosos travellings rodados a bordo de un automóvil con objeto de captar la esencia de la ciudad sin trampas ni cartón, así como unos inspirados planos tomados cámara al hombro que irradian la portentosa esencia del cinema verité.

Pero igualmente Vecchiali da lo mejor de sí hilando una partitura dramática donde tienen cabida unas sobresalientes secuencias de cabaret —creo que de ahí vienen muchas de las comparativas de su cine con Fassbinder— combinadas con unos precisos y milimétricos planos situados en los más introspectivos entornos de interior. Es precisamente en estas tomas de inspiración teatral cuando el talento del galo se desborda, situando siempre la cámara en el lugar conveniente para que la escena se desarrolle con naturalidad, permitiendo de este modo el lucimiento de unos actores en estado de gracia que prolongarán su colaboración con Vecchiali a lo largo del tiempo apareciendo de forma indeleble en los títulos de crédito de las siguientes cintas del francés.

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Y otro de los puntos sustanciales del cine de Vecchiali presentes en L’étrangleur es sin duda su fino y estilizado sentido del humor. Para Vecchiali la vida debe ser disfrutada desde esa ironía que permite reírnos de nosotros mismos y de nuestros pequeños tormentos. Sin esa perspectiva desmitificadora de nuestros padecimientos la vida sería un lastre demasiado pesado para ser soportado. De este modo, L’étrangleur contiene esa chispa que convierte a Emile en una especie de samaritano de nobles sentimientos conducido por un estado de eterna infancia que choca contra ese mundo adulto depravado, vicioso y cruel gobernado por el individualismo y la ambición ajena a todo halo de bondad. Un asesino filántropo exterminador de esas angustias y sufrimientos ocasionados por esa clase media y puritana que ha sido aceptada como patrón de comportamiento normal y que realmente ostenta el perfil de un monstruo deformado aniquilador de bondades y alegrías. Esta espléndida metáfora forjada por Vecchiali de contraponer la bondad del asesino con el carácter inmoral y traicionero de esos personajes que encajan con los rasgos que delimitan a los buenos de la película, convierten a la misma en una fábula moral —que no moralizadora— de hondo calado reflexivo. Porque Vecchiali vertió, apoyándose en los dogmas del cine de género, una poderosa denuncia contra el sensacionalismo y el contorno adormecido y decadente preexistente en una sociedad francesa de principios de los setenta narcotizada por la perversión moral y la frivolidad en todos sus sentidos. Una sociedad sin valores, que no dudará en robar a los muertos para su propio provecho o en pisar al vecino para conseguir sus objetivos. Una nación en continuo estado de insatisfacción y desaliento motivado por la asunción como propios de objetivos ajenos e inalcanzables. Sin duda Vecchiali legó con L‘étrangleur un retrato visionario sobre las decadentes sociedades de la Europa Occidental sumidas en su propio vertedero de estiércol construido bajo los designios de la irreflexión, la chabacanería y de esa celebración infinita que nos han hecho creer que debe ser nuestra existencia para que podamos calificar la misma como dichosa y feliz.

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