L’étrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet, Bruno Forzani)

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Cattet y Forzani irrumpieron con fuerza en el panorama cinematográfico mundial con su inesperada y rompedora Amer, sentido homenaje al giallo que, dentro de su virtuoso acabado formal, encerraba una brillante e hipersensorial representación alegórica del despertar sexual y el sentido oculto del deseo. En L’étrange couleur des larmes de ton corps siguen fieles a esta misma obsesión, explorando la conexión entre Eros y Tanathos a través de una intriga criminal con fugas al surrealismo plagada de símbolos (la herida craneal con forma de vagina es uno de los más elocuentes y llamativos) que tiene más que ver, en realidad, con el universo de Carroll (hay aquí algunos apuntes que traen a la memoria a la célebre Alicia cayendo por la madriguera del conejo) o de los cuentos y fábulas infantiles, que con el giallo propiamente dicho, cuya poética, no obstante, canibalizan (como en Amer) para construir, partiendo de su estridente gramática, sus particulares y retorcidas narraciones. Es curioso, por tanto, que el Argento más reconocible aquí sea precisamente el fantástico de Suspiria o Inferno, aunque, paleta cromática (tan deudora de Mario Bava) al margen, los ecos que se cuelan entre las barrocas imágenes de esta película imposible tienen más que ver con Todos los colores de la oscuridad, de Martino, que con otros filmes y autores más reconocidos dentro del género.

Desde la cita textual directa (esa esposa desaparecida llamada Edwige, como Fenech, musa del género y protagonista de la obra de Martino; esas canciones setenteras intercaladas aquí y allá), hasta la narración salpicada de instantes puramente alucinatorios, todo ello remite en cierto modo a este filme que, para ser sinceros, siempre consideré fallido. Más allá de estas pequeñas conexiones, L’étrange couleur… es una cinta genuinamente personal e incatalogable que, adoptando un enfoque aparentemente más narrativo que en Amer, en realidad acaba jugando a lo mismo, esto es, a trastocar realidad y fantasía con la velada intención de plasmar el interior (peligroso, corrupto, indescifrable) de unos personajes en continua búsqueda de su verdadero yo. Si esto suena freudiano no es casualidad. Los gialli de Cattet y Forzani son precisamente tan especiales porque parecen suceder en un espacio determinado dentro de la propia mente y no en el plano de la realidad; son, por tanto, narraciones psicoanalíticas que adoptan la forma de fantasías manieristas pintadas con los colores del subconsciente. Narraciones que sólo existen para alumbrar aquellas zonas ¿vergonzosas? que los personajes han mantenido, voluntaria o involuntariamente, ocultas.

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No parece fortuita la recurrente necesidad de abrir grietas y agujeros (en paredes, en techos o en el propio cuerpo humano, secuestrado, en palabras de uno de los personajes, por una presencia misteriosa que le obliga a testar sus propios límites) para encontrar la solución al enigma propuesto por los italianos. Para hallar la verdad es inevitable crear un trauma, una herida. El deseo sexual —que, en mi opinión, vuelve a ser la idea matriz que gobierna esta obra quizás en exceso críptica— lleva aparejada una pulsión de muerte que empezó a fraguarse en el momento en el que la sexualidad se manifestó, con el rostro cambiante de Laura (nombre que condensa diferentes niveles de placer culpable), en las infancias de los personajes masculinos. L’étrange couleur… es, pues, una obra de autodescubrimiento vestida con los sinuosos ropajes del giallo más esteticista que imaginar se pueda.

Es, no obstante, en este esteticismo exacerbado donde el filme encuentra también su pequeño talón de Aquiles. A diferencia de en Amer, que resultaba enormemente compacta y arrebatadora en su exacta fusión de formalismo desatado y soterrado sentido de la narración, en L’étrange couleur… la estética tan particular y reconocible de sus autores funciona a veces como un lastre demasiado pesado, hasta el punto de casi agotar una retórica visual que antes tendía a maravillar. Incluso llega a recordar, en determinados pasajes, a la poética un tanto recargada de Jeunet (el abuso de planos detalle), lo que, unido a una trama ocasionalmente confusa y pesada, hacen de la visión de esta película una experiencia más irregular de lo que uno cabría esperar, alternando momentos de sublime inventiva cinematográfica (el uso del sonido en el crimen del vecino de arriba, el asesinato múltiple del protagonista a manos de sí mismo, todo lo que sucede al final en la buhardilla) con otros en los que la narración se espesa y la forma, más que enamorar, satura.

En cualquier caso, L’étrange curoule… es cine a contracorriente y repleto de estímulos de todo tipo (no sólo estéticos: también supone un jugoso desafío intelectual) que, con su creatividad fuera de lo común (hay pocos autores con una imaginación cinematográfica tan vasta y sofisticada), no hace más que evidenciar las limitaciones que atenazan la creatividad del resto de directores (tanto dentro como fuera del género de terror). Cattet y Forzani, hábiles y morbosos maestros en el arte de la narración fracturada, sirven aquí otro divertimento denso, bello y lleno de capas que, pese a sus imperfecciones, arroja más cine y más ideas (narrativas, de puesta en escena…) que la inmensa mayoría de películas que se estrenan habitualmente, demostrando que, con ellos, otro cine es posible… y resulta terriblemente apasionante.

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