Las letras (Pablo Chavarría Gutiérrez)

Un hombre se baña en el lago formado por el agua que cae desde una catarata. Una bailarina se arrastra por la tierra, rodando envuelta por la hojarasca de los árboles. Una mosca sobrevuela los cadáveres de varios policías, abatidos sobre el asfalto. Los indígenas miran ante la cámara, directamente a los ojos del espectador. Lejos de allí, un músico golpea los tambores y platos de su batería en mitad del bosque.

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A como inicial del agua. B del baile y el bosque que lo encierra. C por los caídos en la emboscada; C por los ciegos. D para el destierro. La E que vaticina el estruendo de la percusión. Estas podrían ser las primeras letras a las que alude el título del quinto largometraje dirigido por Pablo Chavarría Gutiérrez. También podrían ser otras. En un tiempo que no quedan palabras para explicar la injusticia, la rabia o la desolación ante una cadena de acontecimientos que vulneran la verdad y a las personas que se encuentran en el lugar equivocado, en el momento dictado por los jueces y regidores.

Partiendo del encierro al que fue sometido Alberto Patishtan, un profesor y activista social a lo largo de trece años. Desde el año 2000, fecha en la que se le acusa de haber asesinado a siete agentes de policía. Hasta el 2013, cuando recibe el indulto presidencial, un tratamiento excepcional aunque tardío, para liberarlo de la prisión en la que sufrió su cautiverio. El autor recoge para su obra las fuentes documentales acerca del caso, rueda secuencias en escenarios de los altos de Chiapas, la zona en la que se realizó la emboscada y el apresamiento del falso culpable. Divide el metraje en diferentes segmentos narrativos que discurren paralelos en su presentación, con esa mujer que danza en plena integración con el entorno que la rodea, como un animal que se mimetiza con la tierra, se arropa con las hojas, fluye entre las piedras y corre con determinación para estrellarse con un muro que es incapaz de atravesar. Los interludios de sus coreografías se alternan con las descripciones visuales de una pareja de hermanos, una niña y un niño que persiguen un globo dorado, que se escapa llevado por la corriente del río, unos paseos que consiguen belleza en la persecución del juguete que parece tener vida propia, de la misma forma que inquietud por la pérdida de su tesoro, unida a una desorientación infantil propia de los cuentos de hadas.

El otro bloque sensorial de Las letras se origina por el sonido de la naturaleza, el rumor del agua, el silbido del viento o el propio idioma toztil con el que dialogan los habitantes, las únicas palabras que se escuchan en los setenta y tres minutos del film, en conversaciones que, tal vez no podamos reproducir pero sí comprender por la gestualidad de los nativos. Escenas que no se detienen con esos movimientos de cámara que sobrevuelan como un insecto o un pájaro quizás, seguidos con el sonido que zumba sobre los caminos forestales, la carretera en la que yacen los muertos y ese cementerio lleno de tumbas con las lápidas que recuerdan a sus infantes. Un conjunto que culmina con los solos de batería que resuenan como sinestesias dentro del bosque.

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Después de todas estas sensaciones, esta cinta se llena de mensajes directos al inconsciente sin engañar a la conciencia. Con el virtuoso uso de los rápidos enfoques y desenfoques -forzados e incómodos- durante un breve período de tiempo, pérdidas de foco que nos sitúan en la visión del protagonista, aquejado de ceguera durante su condena. O esa liberación que logra un clímax que sigue a un grupo de chavales, con un travelling de casi nueve minutos, ascendiendo a la cima del monte. Un plano secuencia tan rotundo como extenuante que, de nuevo, nos ayuda a empatizar con el propio cansancio de los niños.

Pablo Chavarría Gutiérrez regala todos los materiales como si formasen las piezas de un puzle que los espectadores podremos componer, sacando el mayor partido posible a los medios de los que dispone. Proponiendo distintas vías para llegar a este canto sobre la culpabilidad, el terror, la niñez, la naturaleza protectora y en contra de la irracionalidad. Lo hace con un dominio de la puesta en escena que cuida todos los elementos del plano, su evolución y gradación en el caso de las panorámicas y desplazamientos de la cámara. Pero maneja la imagen otorgando la misma importancia a la capacidad atmosférica del sonido, las voces y la música. Llega a una obra de ficción con apariencia documental pero hecha con indudable mimo artístico. Un largometraje compuesto con técnica musical y poética visual.

Quizás por la información que recibimos, podamos saber poco acerca de la situación de Chiapas y otras poblaciones indígenas en situación de exclusión de América y otros continentes. Pero una película como esta consigue mantener su eco e impulsa nuestra curiosidad por esas regiones. Y por encima de todo, consigue una experiencia audiovisual muy perdurable.

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