Klaus Härö… a examen

El cine de Klaus Härö reluce dentro del panorama actual como una especie de punto discordante que se sitúa en un reconfortante término medio entre las dos doctrinas enfrentadas respecto a la concepción cinematográfica. Su mirada aúna lo mejor del cine espectáculo, con aroma a las arcaicas superproducciones hollywoodienses que tanto éxito ostentaron en la década de los sesenta, con un sobresaliente sentido intimista que toma prestado ese estilo trascendente y reflexivo propio del cine de la Europa del Este. Sin duda un cocktail complejo que no siempre resulta sabroso en cuanto a resultados, pero que merced a la mano maestra del cineasta finlandés ha logrado destacar en los circuitos internacionales.

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Klaus Härö es un autor. Ello se percibe en virtud de la repetición de ciertos vicios y bondades presentes en cada uno de sus cinco largometrajes estrenados hasta la fecha. Por un lado las películas de Härö presentan una nostálgica voz que evoca a tiempos pretéritos, fundamentalmente localizados en las cenizas forjadas en la II Guerra Mundial y sus secuelas, narrando así con elegancia y distinción unas epopeyas que saben dejar un tierno sabor de boca partiendo de situaciones deprimentes, hecho que implica que su cine recuerde bastante a la prosa de un maestro del cine espectáculo como Steven Spielberg. En este sentido, las propuestas de Härö pueden ser etiquetadas de blanditas o carentes de riesgo desde una perspectiva moral, pues esos finales que albergan esperanza y redención para los protagonistas suelen restar algo de realismo a unas fábulas que narradas con más brío podrían haber caído en el desgarro y la polémica. Pero éstas no son las intenciones buscadas por el autor de The Fencer, sino que las aspiraciones del finés son menos pretenciosas, codiciando simplemente construir una bonita película de entretenimiento capaz de remover conciencias a través del humanismo que desprenden unos guiones escritos con esperanza de éxito.

Por otro, las cintas del autor de Cartas al padre Jacob suelen otorgar el protagonismo a personajes infantiles con una clara percepción onírica del mundo que les rodea, hecho que beneficia el contorno visual de los filmes del finés, los cuales serán pintados con una brocha creadora de atmósferas donde la fantasía toca su mano con esa monstruosa realidad que alumbra desde las tinieblas más oscuras del contexto bélico. Así, este universo infantil será encajado igualmente en rostros adultos, como la Leila de Cartas al padre Jacob, un personaje solitario y apartado de la sociedad incapaz de madurar por sus miedos y complejos. Para Härö solamente desde una óptica no contaminada por las responsabilidades ni los ultrajes vinculados con la madurez se podrá alcanzar la verdad y descifrar de este modo esa respuesta que contiene los misterios que se esconden tras el significado de esta efímera vida que mantiene vigente su llama hasta nuestro encuentro con la muerte.

Finalmente los proyectos tejidos por este autor de sentimiento clásico denotan una sabia inclinación hacia un disfraz visual de influencia pictórica, pero que igualmente toma prestadas referencias cinematográficas, siendo visibles alusiones a encuadres propios de Abbas Kiarostami, David Lean, Andrzej Wajda o Karel Kachyna. Todo este batiburrillo de relaciones convierten a sus obras en unos recomendables retratos que permiten visualizar con un tono moderno y atractivo crónicas que acarician los resortes de la nostalgia y la memoria de ese cine pretérito que raramente se moldea en los últimos tiempos.

Contando con los ingredientes anteriormente mencionados, Adiós, mamá se eleva como una perfecta representante de las virtudes de Klaus Härö, y también, porque no mencionarlo, de algunos de sus defectos. La trama sitúa su escenario en la Finlandia asediada por el Ejército Rojo en los últimos derroteros de la II Guerra Mundial, centrando su atención en la situación de los 70.000 niños huérfanos de guerra fineses que tuvieron que emigrar a la vecina Suecia para ser acogidos por familias suecas mientras siguiera vigente el conflicto.

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La película apuesta por un lenguaje que recuerda al empleado por Steven Spielberg en sus cintas de contenido histórico, siendo narrada a través de un largo flash back que evoca la memoria de un niño sobreviviente de la guerra llamado Eero, que ya convertido en un sesentón recibe una carta anunciando el fallecimiento de su madre de acogida sueca Signe. Atormentado por sus recuerdos, y apartado de una madre biológica a la que acusa de haberle abandonado sin mostrar ningún tipo de interés por su bienestar durante los duros años de la II Guerra Mundial, Eero revivirá a través de una larga conversación mantenida con su progenitora natural Kirsti sus vivencias de juventud, basadas en su obligado abandono de su tierra natal tras el fallecimiento de su padre en el frente y la incapacidad de su madre para poder sustentar a su pequeño.

Este punto de partida permitirá a Klaus Härö desplegar sus poderosas armas narrativas, hilvanando un traje que combina con mucho acierto una historia perfilada con una lectura temporal hetedoroxa, donde la fantasía infantil campará a sus anchas con el terrible sustrato adulto, logrando cincelar de este modo una película rocosa y muy solvente que no huye de impregnar la atmósfera con ese dolor engendrado de las entrañas de una familia de acogida que inicialmente parece más un cementerio viviente que ha acogido al bisoño Eero como un instrumento de trabajo para participar en la pesada labor que requiere el cuidado de la granja y el pastoreo con el ganado que como a un niño que necesita el cariño de una madre ausente.

Eero arribará a una tierra extraña que no parece querer ampararle, siendo castigado con la crueldad de unos niños que se burlan de su procedencia, pero también de una madre adoptiva ausente, la cual parece presentar algún tipo de tormento pasado que la impide mostrar su amor hacia el universo infantil, apelando a la dureza y al control extremo del recién llegado como correa de relación con el infante, pasando la misma sus tardes en el cementerio que emerge en el promontorio de la granja delante de una misteriosa tumba de habitante desconocido. Frente al carácter arisco de Signe, Eero encontrará algo de luz en el camino gracias a la presencia de Hjalmar (Michael Nyqvist), un aventurero y antiguo marinero que decidió abandonar su espíritu nómada cuando conoció y contrajo nupcias con Signe, quien expondrá su compasión y empatía hacia un Eero que adoptará la figura de ese hijo ausente del nicho familiar.

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Sin prisas, pero sin pausa, Klaus Härö irá tejiendo una bonita historia familiar en la que los secretos guardados en el armario y el corazón de los personajes irán brotando para mostrarnos el motivo del tormento interior de Signe, la cual ablandará su corazón a medida que recibe las cartas de Kirsti desde Finlandia. Una Kirsti que lejos de preocuparse por el estado de su hijo, parece más preocupada por su posible huida a Alemania junto a un soldado germano al que acaba de conocer, dudando así elegir entre la felicidad que le proporciona su nuevo amor y por tanto el necesario abandono de Eero u optar por renunciar al mismo en favor de un hijo al que cada vez la unen menos vínculos cariñosos.

Partiendo de la típica historia de abandono familiar tocada en el cine desde otros estilos conceptuales- así la trama recuerda bastante a la del clásico francés Le grand chemin- Klaus Härö supo edificar una película muy sólida y melancólica, que mezcla con mucho acierto la tristeza con la esperanza gracias a unas interpretaciones sobresalientes que expulsan la emoción más soterrada de corazones poco sensibles. Y es que la cinta se beneficia de una de esas actuaciones infantiles que no caen en la cursilería y el fácil recurso del llamamiento a la lágrima, siendo por tanto la presencia de un inspirado Topi Majaniemi una de las bazas con las que cuenta el film. Asimismo parte de la responsabilidad de los excelentes resultados obtenidos recaen en los ojos y la mirada de Maria Lundqvist, quien ofrece una de esas actuaciones memorables como esa amargada Signe que poco a poco irá esculpiendo su rocoso corazón para convertirse en una madre coraje capaz de olvidar sus pecados pasados para mirar al futuro con la esperanza del resurgimiento de su instinto maternal gracias a la presencia de Eero.

Poseedora de una grafía conceptual que aglutina una fotografía muy académica y elegante que explota en toda su plenitud la belleza exterior de los parajes naturales donde tiene lugar la trama, con un montaje que alude al de las superproducciones europeas y hollywoodienses de la época clásica, Adiós, mama sale victoriosa del envite que supone combinar el cine espectáculo elaborado con intenciones comerciales con una soterrada intención instructiva que da voz a esas familias que sufrieron el calvario de tener que abandonar a sus niños, sirviendo igualmente como homenaje a esas estirpes suecas que renunciaron a la comodidad que supone la lejanía de los vientos de guerra para adoptar en sus hogares a esos seres inocentes golpeados por la crudeza de la guerra. Sin duda, un film hermoso y dulce que hará las delicias de los amantes del cine clásico.

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Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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