Ilo Ilo (Anthony Chen)

A río revuelto, ganancia de pescadores, dice el refrán. Y en los últimos tiempos, parece cumplirse, al menos en lo que toca al séptimo arte. Son tiempos de vacas gordas para el cine social, que se aprovecha de la época de crisis mundial, económica y de valores, para seguir produciendo joya tras joya. Cintas como A puerta fría, Las nieves del Kilimanjaro o Profesor Lazhar tocan ya el alma y los corazones de crítica y público.

A este estilo de películas de denuncia y realismo se les une en los últimos tiempos Ilo Ilo, un largometraje proveniente del desconocido cine de Singapur. Anthony Chen realiza su primera película y la verdad es que promete, promete mucho. La acción toma parte en la crisis asiática de 1997, un período en el que se mostrará la vida de una familia de clase media formada por los padres, un hijo consentido y una niñera filipina.

Ilo Ilo

Aunque la acción parece centrarse en el niño, Jiale, actor dispuesto a sumarse a esa larga lista de niños odiados de la gran pantalla, que siempre anda incordiando a todos con sus caprichos sirve para presentar a la auténtica protagonista, la sirvienta filipina (Angeli Bayani). La historia de cómo entra a trabajar para la familia y como a través de sus gestos cotidianos se toma el pulso a la sociedad a través de esa familia está muy logrado, recordándonos mucho a La Nana, ya que igual que en el film chileno, se nos ofrecen pinceladas de la vida familiar mediante las que podremos conocer a los protagonistas, pero siempre desde el punto de vista de la sirvienta, que actúa como hilo conductor.

El objetivo es mostrar como lucha la gente contra el cambio, como en la adversidad se agarran por seguir manteniendo el estilo de vida. Para ello, Chen se muestra quizá parco en imágenes, espartano incluso, pero todas ellas son de una profundidad maravillosa. Especialmente impactante resulta, a mi entender, la escena del castigo público.

El director también tiene entre sus virtudes el conseguir que una historia que podría hacerse lenta, torpe o simple encuentre siempre su punto de complicidad en el espectador gracias a pequeños guiños, que se muestran sobre todo gracias a los personajes de los padres y su doble vertiente personal y profesional. Al convivir con ellos, Bayani revelará al espectador el lado más duro de los mismos (Por ejemplo, cuando la madre tiene que firmar cartas de despido contra su voluntad) y también lo que quieren ocultar al mundo (en el caso del padre, el ser un fumador empedernido)

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También se aprovecha para pasar por encima de otros temas, como la inmigración, pero lo cierto es que Chen no se detiene en ellos. Prefiere ceñirse a su idea y su trama y la verdad es que le sale muy bien. Todo esto se adereza con la gran química en pantalla del cuarteto protagonista, que alcanzan un nivel de interpretación magistral (Incluso el niño) en el que cada gesto, por leve que sea, quiere decir algo.

De este modo, aunque la película sea un drama familiar clásico, tiene tintes que nos recuerdan el neorrealismo, si bien podríamos calificarlo más bien de verismo. La verdad es que aunque le falta algo, un poco de alma o espíritu, como obra para un director novel es sorprendente y nos deja con ganas de seguir a Anthony Chen en un futuro. Solo por eso ya resulta altamente recomendable.

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