Hoy… Espejismos (King Vidor)

King Vidor forma parte por méritos propios de ese reducido grupo de pioneros que podrían ser calificados como los hombres que crearon las películas. Y es que el autor de Duelo al sol fue una figura imprescindible de la floreciente industria cinematográfica estadounidense de la época de oro del cine silente. No sólo fue uno de los autores incontestables que introdujeron la vanguardia que precisaba la narrativa tradicional, posibilitando así un paso definitivo hacia la modernización del cine. Sino que igualmente fue uno de los fundadores del Sindicato de Directores de Hollywood en una época en la que el director era considerado una pieza prescindible en un mercado donde los productores y los actores controlaban todos los resortes alrededor del cine. Su capacidad innata para el liderazgo así como su carácter independiente permitió hacer brotar en una época caracterizada por la producción en masa de productos sin alma de autor, a un cineasta diferente que imprimía siempre su sello personal en todas y cada una de las películas que firmó. De este modo contemplar a día de hoy cintas como El gran desfile, Vida Bohemia o Y el mundo marcha no solo resulta una experiencia inolvidable desde un estricto sentido cinéfilo, sino que asimismo permite visualizar el carácter revolucionario, agitador e innovador de un artista para el que el cine era algo más que un instrumento con el que irradiar entretenimiento a la sociedad estadounidense.

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Hay una serie de puntos presentes en todas las obras mudas que he tenido la suerte de devorar de este maestro que me obsesionan. Por un lado su modernidad. Y es que el montaje, la espectacular y pictórica fotografía de la que hacen gala, la expresividad de los intérpretes y el ritmo trepidante de todas ellas se alejan de ese carácter encorsetado típicamente teatral que desprende una amplia mayoría de las obras producidas en los años veinte. Con las obras de Vidor no pasa eso. Es más, si no conociéramos de antemano su año de producción estoy convencido que todos situaríamos el nacimiento de las mismas en esos años treinta donde el cine silente luchaba contra un imposible tratando de sobrevivir frente a esos micrófonos y ese sonido que estimularon un cambio radical en la concepción narrativa del séptimo arte. Por otro lado me fascina el magnético disfraz visual de estas obras. Huyendo del típico plano-contraplano-plano, Vidor afianzó una puesta en escena profunda y dinámica, dejando pues que la propia historia dibujara el lenguaje que mejor se adaptaba en cada secuencia. Gracias a ello se siente que la historia fluye por sí misma sin que se perciba que existe un equipo detrás del diseño de cada encuadre. Esa naturalidad tan buscada y tan difícil de encontrar por los directores de todas las épocas es innata en Vidor. Finalmente, pero no menos importante, me seduce la osadía del maestro. Porque resulta complicado encontrar argumentos tan frescos, improvisados e iniciáticos como los forjados por este genio del séptimo arte y su equipo. Su propuesta me resulta pionera y por tanto adelantada a su tiempo. Ni siquiera en Chaplin, Buster Keaton o en los maestros del silente soviético hallo esa sensación desenvoltura y descaro que presentan las obras maestras de Vidor. Nada se repite. Todo es nuevo o se transforma. Pocos directores pueden presumir de este punto.

Pese a lo comentado, Vidor aparece hoy como un cineasta olvidado.Y es que si preguntas a cualquier aficionado al cine contemporáneo que te nombre una lista de diez-veinte directores clásicos que considere imprescindibles en sus gustos, estoy convencido que un 99,9% de las respuestas (la excepción siempre debe estar presente en la norma) omitirán el nombre del Rey del cine mudo americano. Incluso contemporáneos al autor de El manantial como Frank Borzage o Henry King gozan en la actualidad de mayor aprecio y popularidad que esta luminaria. Ello no sé muy bien a que obedece. Quizás efecto de las modas que siempre son pasajeras. Quizás porque la etapa sonora de Vidor se caracterice por la irregularidad. Compuesta ésta por films incontestables como La Calle, El pan nuestro de cada día, Stella Dallas, La ciudadela, Paso al noroeste o El manantial así como otras obras populares por haber sido tachadas de fallidas y obsoletas como Duelo al sol, Salomón y la Reina de Saba, Guerra y Paz o Camarada X. Creo que el hecho que las obras más conocidas de Vidor en su etapa sonora sean precisamente las más vilipendiadas haya podido ser la causa de ese cierto rechazo hacia su figura por parte de esa cinefilia mayoritaria que no suele detenerse en la trayectoria de un autor, sino que centra su atención en las perlas más populares, excluidas claro está las mudas —ya que desgraciadamente el cine mudo es un territorio acotado cada vez más a un reducido grupo de amantes del cine—.

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Para homenajear a este maestro hemos decidido reseñar precisamente su última película de su etapa más aclamada, la muda. Y es que Espejismos no solo se destapa como una de las cintas más personales y extrañas del autor de Noche nupcial sino que del mismo modo supone todo un homenaje de Vidor a ese cine silente que cultivó en su juventud y que estaba a punto de extinguirse. Sí, porque Espejismos podría calificarse como una comedia crepuscular que anuncia la muerte de una técnica cinematográfica que salvo ciertas excepciones surgidas de la inquieta mente de Chaplin, jamás volvería a verse en el cine estadounidense. Precisamente esta clara intención derramada por Vidor de homenaje, cierre y despedida a una era, es lo que convierte a la cinta en una obra de inolvidables efectos sentimentales para cualquier cinéfilo amante del cine silente.

En este sentido Vidor orquestó su obra de un modo diferente, huyendo de esa atmósfera vigorosa que desprendían sus poderosos melodramas humanos, para trenzar un vodevil que evoca directamente a esas comedias tan desenfadadas como humanistas dirigidas en su época dorada por Charles Chaplin o por Harold Lloyd. Porque visualizar Espejismos supondrá sobre todo un retorno a ese cine mudo de principios de los años veinte de humor corporal y universo ilustrado crítico con las absurdas situaciones que tenían que sortear los humildes y dignos protagonistas que alzaban su voz y su torpeza contra las impurezas e indignidades presentes en unos malvados que representaban esa parte del establishment puritano estadounidense contrario al progreso de esas clases modestas —si no indigentes— de la sociedad.

Sin embargo Vidor torció en cierto sentido el planteamiento doctrinal de estas comedias, otorgando el protagonismo de la cinta precisamente a la caprichosa y adinerada Peggy Pepper (Marion Davies), una rica hacendada sureña descendiente del General Lee que arribará a Hollywood junto a su insensato y presuntuoso progenitor para cumplir su sueño de convertirse en actriz de empalagosos melodramas. Así la cinta arranca de un modo fascinante, mostrando la llegada de la pueblerina pareja formada por Peggy y su padre en coche a la ciudad de los sueños. Vidor fotografía con un eminente tono documental los principales bulevares y avenidas de Hollywood, así como esos pretéritos y fascinantes estudios que albergan a las estrellas en su interior. Inolvidable emerge así un montaje cortante y frenético que radiografía el carácter aparente y efímero de Hollywood con la presencia por contra inquebrantable de los edificios de la Paramount y de la Metro Goldwyn Mayer. Vidor montó este arranque con mucha ironía, luciendo la frivolidad existente en un mundo artificial construido con cimientos de cartón piedra cuyos cantos de sirena atraía hacia su faz a toda una serie de personajes seducidos por el éxito fácil en detrimento de la eternidad y el esfuerzo. Y es que Peggy y su padre serán perfilados con excelencia por Vidor como esos parásitos repelentes que en virtud de su escaso talento renunciarán al arte para abrazar el aplauso fácil, la popularidad y, por ende, el dinero.

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Espejismos exhibía pues sin tapujos la verdadera esencia e interioridades presentes en el ambicioso mundillo del cine. Esa futilidad que incita que Peggy sea contratada por un productor de cine cómico por el simple hecho de encontrar atractiva su tez. Esa ligereza impuesta por los grandes estudios que persiguen maximizar beneficios a costa de renunciar al arte, produciendo en serie un catálogo de películas sin planificación alguna. Pero Vidor opuso a esta superficialidad aparente un contrapunto que representaba esa ilusión, utopía y anhelos innatos en los pioneros del cine como Chaplin o Keaton, en la estampa de Billy Boone (William Haines), un cómico sin suerte ni éxito que introducirá a Peggy en el mundillo cinematográfico creyendo que ha encontrado la perfecta partenaire para ejecutar esas coreografías donde las tartas de nata imprimían su azucarado sabor en el rostro del malvado de turno. Un cine de aire circense, fresco y desinhibido perpetrado por unos locos amantes del cine que se resisten al éxito comercial. Pero la excentricidad de la insoportable Peggy, que considera la comedia como un trabajo menor, provocará que la sureña y el cómico opten por recorrer caminos opuestos en esa fábrica de sueños y decepciones que siempre ha sido Hollywood. ¿Podrán re-encontrarse en un futuro los enamorados?

A partir de un guión totalmente novedoso para la época, siendo éste uno de los primeros proyectos que centraban la trama dentro de las bambalinas de Hollywood, Vidor fue capaz de coreografiar una comedia de cine mudo total dotada de unos hilarantes números de tono bufonesco muy influenciados por las comedias mudas clásicas. Pero, igualmente, la cinta desprende esa elegancia innata del melodrama compuesto por Vidor, dando pues lugar a una cinta deliciosa que se degusta con sumo placer en la que llama la atención su montaje y ritmo frenético. Puesto que el autor de La pradera sin ley optó por hilar la cinta con una modernidad asombrosa apoyada en una cámara en continuo movimiento no dejando pues cabida para los planos fijos. A los portentosos travellings incluidos en el film hay que sumar su vibrante y ágil puesta en escena que otorgará un dinamismo natural a las escenas más jocosas.

Pero Vidor no hizo descansar su obra exclusivamente en un ejercicio de entretenimiento chocarrero. Sino que Espejismos deriva igualmente en una visión ácida y muy crítica con ese Hollywood gobernado por los grandes estudios que desnuda el talento de sus autores, convirtiendo a los mismos en simples marionetas al servicio de los estándares de éxito comercial. Frente a este obstáculo insalvable, Vidor por contra agasajará a esos profesionales del cine que dejaron sus restos y esperanzas en ese espejismo que irradia la pantalla grande con el fin de hipnotizar el subconsciente de sus moradores.

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Y un punto sin duda fantástico de Espejismos resulta la introducción de una inspiradora y primitiva maniobra de metalenguaje cinematográfico en la que Vidor ironiza sobre el cine y sobre sí mismo. Así, fascinante e inolvidable emerge esa escena en la que la pareja protagonista asiste al estreno de su primera película en un teatro. Las risas de los espectadores que asisten al pase darán a continuación paso a la seriedad que desprende la siguiente proyección: una cinta aventurera dirigida por un tal King Vidor titulada Bardelys el magnífico, que será calificada por el personaje interpretado por William Haines como una de las peores películas realizadas hasta la fecha. Vidor insertó de este modo un guiño simpático e intencionado —en alguna entrevista otorgada al final de su carrera Vidor declaró que únicamente sentía vergüenza de haber dirigido Bardelys el magnífico— auto-defenestrando una película de encargo que cosechó un rotundo éxito comercial.

Igualmente novedosos irrumpen los cameos realizados por diversas estrellas del cine mudo de los años veinte. Algunas de ellas más olvidadas, otras aún recordadas en su plenitud, como el actor fetiche del autor de Pasión bajo la niebla John Gilbert. O la autoreferencial aparición de Charles Chaplin interpretándose a sí mismo a la salida del cine, dando fe de una manera ciertamente entrañable de ese anonimato que le otorgaba el hecho de ir vestido sin bombín ni bastón. O finalmente el cameo realizado por el propio autor de la obra, King Vidor, al final de la misma, para lanzar una proclama en favor del cine concebido como un medio de expresión y entretenimiento que seguirá siempre vivo mientras siga encendida la llama de la ilusión, los delirios y esa cierta ingenuidad inherente a esos hombres que crearon las películas. Esos hombres que como King Vidor, dieron muestra siempre de su inquebrantable honestidad.

Así, Espejismos representa ese último trabajo de Vidor en el medio silente que le hizo grande, cincelado con muy diversos ingredientes que sazonan con acierto unas necesarias gotas de nostalgia y melancolía con unas pizcas de mala leche e ironía. Todo ello para dar lugar a una obra adorable que se observa como la despedida del maestro de la narrativa que mejor se adaptó a su forma de concebir el cine.

Marion Davies-1928-The Cardboard Lover

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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