Hedi, un viento de libertad (Mohamed Ben Attia)

Hedi es un profesional veinteañero bien parecido, comercial del sector de automóviles y comprometido con una bella joven por el acuerdo entre las dos familias. Aunque parezca un anuncio clasificado por palabras, así es la vida del protagonista hasta el momento en que su jefe lo destina a otra región para incrementar las ventas de vehículos en zonas turísticas de Túnez. En un hotel conocerá a la animadora Rym, una chica que le ayudará a ver el mundo con otra visión.

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¡Un brindis por Hedi! Era un personaje conformista, reflexivo, manipulado y desorientado al conocerlo en las primeras secuencias. Sin embargo, al desarrollarse la historia, logrará ser un hombre decidido, dubitativo, algo manipulado aún y en cierto modo, conformista de nuevo. Desde que leemos el título en el cartel podemos saber que la película estará conducida por la presencia constante de su protagonista, mediante los diálogos, la gestualidad, los movimientos, las acciones, las reacciones. Incluso los dibujos que esboza en el papel y sus pensamientos. La cámara no se despega de Hedi a lo largo de sus viajes, descansos, bailes, escarceos amorosos o conversaciones en las que participa más de oyente que como un interlocutor. Es un sujeto pasivo en su existencia, con la promesa de asomar la cabeza por ese cascarón que lo sumerge. Un estado al que no ayudan sus parientes, compañeros de trabajo y otros allegados. Necesita el alejamiento físico, la huída de su entorno, junto al conocimiento de gente nueva para ampliar su círculo de contactos. Personas que lo empujen a plantearse dónde se encuentra y a dónde sería capaz de llegar.

Todo lo que sucede parece real, quizás demasiado. Tal vez es tan verídico lo que se muestra en pantalla, sin efectismo, ninguna música que suscite la emoción o imágenes que enfaticen las escenas. Pero si en la vida cotidiana no nos preocupamos mucho de los pequeños sucesos o calamidades que les pasan a vecinos o conocidos, ¿porqué nos íbamos a preocupar de Hedi? Quizás ese resulte el punto más débil del largometraje, sólido en las interpretaciones del reparto, desde Majd Mastoura en el papel protagonista. O Rym Ben Messaoud como la desencadenante de sus deseos y vitalidad. Un elenco en el que vencen los roles secundarios, encabezados por la madre de Hedi y su hermano mayor, seguramente el personaje que mejor evoluciona durante el metraje, fundamental en una de las secuencias más emotivas.

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Rebatiendo los conocimientos limitados que podemos tener sobre el complejo mundo árabe, prejuicios provenientes de la prensa e informativos audiovisuales, el sistema tunecino que se nos presenta en la cinta, parece propio de un matriarcado frente al machismo que se supone en aquellos países. Desde luego que existe un clasismo similar al sistema de castas hindú. También a las puestas de largo europeas u occidentales para damas. Asistimos al uso extendido del pañuelo como complemento en las cabezas de las mujeres, unido al sometimiento como futuras madres y amas de casa, admitidos por las jóvenes ya en el noviazgo. El mayor aliciente progresista del film es exponer estas verdades para poder cuestionarlas. El más débil es la forma en que desarrolla esta tesis.

Mientras que durante gran parte del largo la cámara se sitúa frontal o en escorzo, sea mediante primeros planos, detalles y otros más amplios para situarnos a la altura de los ojos de Hedi y su mundo. El quiebro se produce más tarde, pasado el ecuador del metraje, colocándonos detrás de él, con una profusión de planos de espaldas, casi desde su cogote. Un punto de vista con el cual parece haber tomado consciencia de sí mismo, sin preocuparle lo que pensemos acerca de sus motivos ni de sus decisiones. Un planteamiento claro, sin confusión narrativa, seguido por un giro hacia la subjetividad y el barullo expositivo.

Quizás la ópera prima de Mohamed Ben Attia tenga el inconveniente de un tono repetitivo que no ayuda a mantener el ritmo del inicio. También un estiramiento del guión que podría haber ganado con la duración de un corto, mediometraje o al menos con una reducción de tiempo. Aunque se intente buscar el origen de estos defectos en los hermanos Dardenne, como coproductores del film junto a sus productores habituales, conviene recordar que el estilo directo que acompaña a sus personajes se debe a sus comienzos como documentalistas. Además que si echamos un vistazo a la filmografía de ellos, podemos encontrar melodramas más convencionales en los que han participado dentro de las labores de producción. El caso del nuevo cineasta tunecino, premiado en Berlín 2016 y otros festivales, es que parece haber seguido al dictado el método de sus mentores, en lugar de partir de su propio aprendizaje.

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